La última hilera

Rogelio Tapia sintió el cambio de olor antes de ver las nubes. Venía del lado de Animaná, un aire mojado que se metía por la nariz y le avisaba lo que las articulaciones ya sabían desde el almuerzo. Era el 19 de febrero, las tres y diez de la tarde, y en la finca de Tolombón todavía quedaba una hilera de torrontés sin cortar.

Una sola. La última de la parra vieja, la que plantó su padre cuando Cafayate tenía más burros que camionetas y el vino se vendía en damajuanas. Las cuadrillas ya habían levantado el resto del cuartel. Los cajones apilados esperaban en el acoplado, y el tractor, un Zanello más viejo que el capataz, rezongaba al ralentí bajo un algarrobo.

—Rogelio, cortá por hoy —dijo Mauricio, el encargado, con el handy colgado del cinturón—. Ahí viene la piedra. El pronóstico dice granizo fuerte desde las cuatro.

—Me faltan cuarenta metros.

—Cuarenta metros que mañana también van a estar.

—Mañana van a estar en el piso.

Mauricio miró el cielo al oeste, donde las sierras ya se habían puesto de un gris de plomo, y miró después al viejo, que tenía las tijeras de podar en la mano y la camisa pegada a la espalda. Se rascó la nuca.

—Tenés media hora. Me llevo a la cuadrilla porque no puedo arriesgar gente. Si querés, quedate, pero solo.

—Solo no. Dejame a Lautaro.

Lautaro tenía doce años y estaba sentado en el estribo del tractor, pasando el pulgar por la pantalla de un celular sin señal. Era el nieto de Rogelio, y había bajado de Salta capital para pasar las vacaciones en el campo, cosa que hasta entonces le había parecido un castigo. Levantó la cabeza al oír su nombre.

—¿Yo qué hago?

—Agarrá un cajón vacío y seguime. Vas a juntar lo que yo te vaya tirando. Y no pisés los racimos, que cada uno es un trago.

Entraron a la hilera. Los pámpanos estaban tan altos que cerraban un túnel verde, y adentro hacía un calor quieto, con olor a hoja y a tierra seca. Los racimos de torrontés colgaban pálidos, casi amarillos, con esa piel fina que se pone dorada del lado del sol. Rogelio cortaba rápido, con un movimiento corto de muñeca que Lautaro no lograba seguir con los ojos. Tac. El racimo caía en el cajón. Tac. Otro.

—Abuelo, ¿por qué esta hilera? —dijo el chico, jadeando—. Las otras ya están.

—Porque esta es la que me enseñó a cortar mi viejo. Acá me dijo que el racimo se corta con el pecíolo largo, que no se arranca. Me pegó un coscorrón porque arranqué.

—¿Te pegó?

—Y, eran otros tiempos. Pero no arranqué nunca más.

El viento llegó de golpe. Las hojas se dieron vuelta mostrando el lado claro, y el túnel se llenó de un rumor de papel. Después cayó la temperatura, como si alguien hubiera abierto una heladera. Lautaro se estremeció.

—Abuelo.

—Ya sé.

—Abuelo, mirá el cielo.

Rogelio no miró. Siguió cortando. Dos cajones llenos, tres. Faltaban veinte metros. Se oyó a lo lejos el primer trueno, seco, sin eco, como un tablón que se parte contra el piso, y a los pocos segundos cayeron las primeras gotas, gordas, espaciadas, calientes. Una le golpeó la gorra con un sonido de moneda.

—Dejá ese cajón y ayudame con este —dijo el viejo.

—¡Pero ya está lloviendo!

—Todavía no es piedra.

Cortaron en silencio, agachados, empapándose de a poco. El chico entendió la técnica sin que nadie se la explicara: pecíolo largo, sin tirar, un tac limpio. Se le metieron las gotas por el cuello y se dio cuenta de que ya no le importaba. Tenía las manos pegajosas de jugo y la boca llena del dulzor que le había quedado en los dedos al llevárselos sin querer.

Entonces empezó el ruido. Fue un tamborileo seco sobre las hojas, un golpeteo de garbanzos arrojados desde arriba. Una piedra del tamaño de una arveja le rebotó a Lautaro en el hombro. Otra pegó en el cajón y saltó.

—¡Abuelo, es piedra!

—Último racimo. Dame el cajón. ¡Corré!

Rogelio cortó el que tenía enfrente, uno enorme, doblado sobre sí mismo, y lo puso arriba de todo. Levantó el cajón con un gruñido, se lo echó contra el pecho, y Lautaro agarró el otro. Salieron de la hilera casi al trote, con la granizada golpeando el acoplado como si lo martillaran, y treparon al tractor entre risas y maldiciones, con la chapa rugiendo arriba de sus cabezas. El Zanello arrancó al segundo intento. Rogelio lo mandó cuesta abajo por el callejón, sin limpiaparabrisas y con el chico gritando de pura felicidad.

Quince minutos después pasó. Así pasa el granizo en los Valles: furioso y corto, y atrás queda un cielo lavado que da lástima de lo limpio. Estacionaron frente a la bodega. Mauricio los esperaba bajo el alero, con los brazos cruzados y la cara más blanda de lo que quería.

—Sos un irresponsable —le dijo a Rogelio.

—Sí.

—¿Cuánto trajiste?

—Diez cajones. Y esa hilera ya no existe, así que no se pierde nada.

Salieron los tres a mirar. Desde la puerta se veía la parra vieja, o lo que quedaba: los pámpanos desgarrados, el suelo cubierto de hielo blanco y de hojas rotas, y colgando todavía, acá y allá, racimos que el granizo había reventado. Ni uno entero.

Lautaro se quedó callado un rato largo, mirando.

—Si no cortábamos —dijo al final— se perdía todo.

—Se perdía —dijo Rogelio.

—¿Y ahora qué hacemos con esto?

El viejo tomó del cajón de arriba el racimo grande, el último, el que había cortado con el pecíolo largo. Desprendió una uva, la miró a contraluz, y se la puso al chico en la palma abierta.

—Probá.

Lautaro la masticó despacio. Le pareció que adentro había flores, y un poco de piedra, y algo que no sabía nombrar.

—Esto —dijo Rogelio— es lo que va a tener el vino el año que viene. Acordate de cómo sabe.

Afuera, en la hilera vacía, el hielo empezó a derretirse con un ruido finito, como una lluvia que se acuerda de sí misma.

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