El alquitrán todavía humeaba a las siete de la mañana, y Telmo Quiroga ya llevaba una hora sentado arriba de la aplanadora, con el termo entre las rodillas y la mirada puesta en los últimos cuarenta metros de la avenida. Más allá estaba la plaza, con sus guirnaldas de papel colgadas de poste a poste, y las mesas largas que los alemanes habían armado la noche anterior con tablones prestados. Al día siguiente, 12 de octubre, el pueblo iba a inaugurar el asfalto. Esa tarde, a más tardar, la calle tenía que estar lisa.
Telmo era de Los Reartes y hablaba poco. Había manejado la aplanadora desde que llegó a la Villa, en agosto, y en ese tiempo había aprendido que el asfalto, como el pan, se echa a perder si uno lo apura. Tenía que pasar despacio, de ida y de vuelta, con el rodillo pesado haciendo temblar los vidrios de los negocios. Después esperar, y pasar otra vez.
—Don Telmo —lo llamó Herr Brandt desde la vereda. Era el dueño de la panadería de la esquina, un hombre alto, con delantal blanco y las manos coloradas de lavarse con soda—. Hoy a las seis tiene que estar lista. Mi hijo toca con la banda y quiere ensayar caminando.
—A las seis va a estar —dijo Telmo, aunque no estaba seguro.
Brandt asintió y volvió a entrar. Del local salía olor a manteca y a canela, y Telmo se acordó de que no había desayunado más que mate cocido. Arrancó el motor. La aplanadora tosió, largó una humareda azul y empezó a avanzar sobre la tira negra. Las vibraciones le subían por los brazos hasta los dientes.
A mitad de la cuadra, justo frente a la ferretería, lo vio.
Eran huellas. Chiquitas, de pies descalzos, cuatro o cinco, hundidas en el asfalto todavía blando. Iban en diagonal desde la vereda hasta el medio de la calle, y ahí se frenaban, como si el que las hizo hubiera dudado, y después volvían hacia el cordón con pasos más largos, más apurados. Alguien se había metido durante la noche. Alguien que pesaba poco.
Telmo frenó el rodillo y se bajó. Se agachó. El alquitrán conservaba hasta las rayitas de la planta del pie. Se le escapó una risa corta, de nariz, y enseguida se le pasó. Si pasaba la aplanadora, las huellas desaparecían. Si no, la calle quedaba con un defecto justo en el centro del pueblo, a menos de un día de la fiesta.
—No las toque.
La voz venía de atrás. Era una nena de unos ocho años, con el pelo en dos trenzas y un vestido de cuadritos con el ruedo mojado. Tenía los pies lavados, pero se notaba que los había refregado con apuro, porque le quedaban manchas negras entre los dedos.
—Son tuyas —dijo Telmo.
—Mías no —contestó ella, rápido.
—Ah.
La nena miró el suelo. Se frotó un pie contra la pantorrilla.
—Me llamo Ilse —dijo al final—. Mi papá es el de la panadería. Dice que hoy va a pasar la máquina y que no se puede pisar. Pero yo quería saber cómo era. Es la primera calle que hay acá que no levanta polvo.
Telmo sacó el pañuelo, lo mojó con el agua del termo y se lo dio. Ilse se limpió despacio, con la seriedad de quien hace un trámite. Mientras tanto, él miró la calle de tierra que seguía más allá de la plaza, la que todavía no habían asfaltado, con sus huellas de carros y de caballos secas desde el invierno. Pensó en su madre, que había barrido el patio de tierra todos los días de su vida y nunca lo había visto limpio.
—Mirá —dijo—. Yo tengo que pasar la máquina. Pero te propongo algo.
Fue hasta el cajón de herramientas, sacó un balde y una espátula, y volvió. Con cuidado, cortó un cuadrado de asfalto blando alrededor de la huella más nítida, la del pie derecho, la que había quedado más profunda. Lo levantó como si fuera una torta, lo apoyó en una tabla y lo dejó en la sombra de la ferretería.
—Se endurece solo —dijo—. Mañana a la tarde lo tenés. Y la calle queda pareja.
—¿Y el agujero?
—Lo relleno yo.
Ilse lo pensó. Después asintió con la cabeza, una sola vez, y salió corriendo hacia la panadería con los pies negros dejando manchitas sobre la vereda de cemento.
Telmo rellenó el hueco con una pala de mezcla caliente, lo alisó con el revés de la espátula y volvió a subir. Pasó el rodillo. Pasó otra vez. Cuando terminó eran las cinco y cuarto de la tarde y el sol bajaba por los cerros con un color de brasa. La avenida brillaba, entera, de punta a punta, sin una arruga.
A las seis, Brandt salió con el hijo, que cargaba un bombardino casi tan grande como él, y detrás vinieron otros músicos con sus instrumentos. Alguien trajo una guitarra. Dos pibes de apellido criollo, los Ferreyra, se sumaron con un bombo legüero. Caminaron la calle de ida y vuelta, sin tocar en serio, apenas probando cómo sonaba todo sobre la superficie nueva, y en la cuadra de la ferretería nadie pisó el lugar del parche, aunque nadie sabía bien por qué.
Al día siguiente, después del mediodía, entre el olor a cerveza y a strudel y el ruido de las mesas, Telmo pasó por la ferretería. En la tabla había un cuadrado negro, duro como una baldosa, con un pie de nena marcado en el medio. Alguien le había escrito abajo, con tiza, una sola línea: Ilse, 11 de octubre.
Lo dejó donde estaba. Después cruzó la calle, entre la gente que bailaba sobre el asfalto recién inaugurado, y se pidió un jarro. Brandt, desde atrás del mostrador improvisado, se lo llenó hasta arriba y no le cobró.
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