Cornalitos para Bruno

Eusebio Tarantino llegó a la calle Guillermo Torres a las siete y diez, con la bolsa de cornalitos todavía fría contra la panza y el viento del sudoeste empujándole la gorra. Los había comprado a las seis, en la lancha de un pibe que no le quiso cobrar el último kilo. «Para usted, don Eusebio», le dijo, y Eusebio le dejó el billete debajo de un cajón, porque algunas cosas no se regalan: se pagan.

El museo estaba a oscuras, una casa de chapa y madera sobre pilotes, pintada de rojo, de azul, de verde y de amarillo, como las casas cajón de antes. Adelante, en el patio, la lancha vieja dormía apoyada en sus tacos. Eusebio rodeó el edificio hasta la puerta de la cocina, la golpeó dos veces con los nudillos y esperó, como si adentro todavía hubiera alguien que pudiera no abrirle.

Abrió Graciela, con el delantal ya puesto y el pelo atado.

—Llegaste temprano. Pasá, que el aceite recién lo estoy poniendo.

—Vengo a freír yo —dijo Eusebio—. Si no hay problema.

Graciela lo miró un segundo de más. En treinta años de domingos con la cocina abierta al barrio, Eusebio había pelado papas, había lavado ollas y una vez había sostenido un mantel contra el viento. Freír nunca. Pero no preguntó. Le alcanzó un delantal y le señaló el fuego.

Él lavó los cornalitos uno por uno en una palangana, sin apuro. Eran chiquitos, plateados, con el ojo oscuro y la cola abierta como una uña. Los escurrió en un trapo y los pasó por la harina con la mano abierta, sin apretar, igual que lo había visto hacer miles de veces del otro lado de un mostrador, cuando era joven y el puerto olía a grano, a gasoil y a cantina.

La cantina de doña Pina quedaba a dos cuadras. Hoy es un terreno con un tejido y un perro. Pero en el setenta y ocho, cuando Eusebio cargaba bolsas en la bodega de los barcos y Bruno Sciarra las estibaba a su lado, el viernes se cerraba ahí, con vino de damajuana y una fuente de cornalitos que doña Pina traía humeando, tan crocantes que se oían cruzar la sala. Fue en esa mesa, un viernes de julio, donde los dos discutieron por una tarjeta de turno, por una mentira chica y por el orgullo grande. Bruno se levantó, dejó la fuente a medias y no volvió a sentarse frente a él.

Cuarenta y seis años. Se cruzaron en velorios, en la cola del banco, en la vereda del club. Se saludaban con el mentón, cuando se saludaban.

Hasta que el jueves la hija de Bruno, que trabajaba en el archivo del museo, le contó a Graciela, y Graciela le contó a Eusebio, que Bruno venía el domingo. Que estaba enfermo, que ya casi no salía, y que había pedido una sola cosa: comer unos cornalitos como los de doña Pina.

—Hay que hacerlos como ella —había dicho Graciela—. Y nadie sabe cómo.

—Yo sé —dijo Eusebio, y se sorprendió de que le saliera la voz.

Ahora el aceite empezaba a temblar. Eusebio tiró un cornalito de prueba y lo miró bailar. No era todavía. Esperó. Doña Pina no usaba termómetro ni reloj; usaba un pedacito de pan, y cuando el pan se doraba en diez segundos contados en voz baja, soltaba el pescado. Eusebio contó. Uno, dos, tres. Al ocho el pan ya estaba dorado y él ya estaba nervioso.

Echó la primera tanda. El chisporroteo llenó la cocina. Graciela, que cortaba limones en la mesada, levantó la cabeza.

—Eso huele a ella.

—No me hables —pidió Eusebio—. Si me hablás, me paso.

Los sacó cuando el ruido bajó, los puso sobre papel de diario, los salpicó con sal gruesa y se los comió de parado, quemándose la lengua. Estaban bien. Estaban más que bien, pero faltaba algo, y le llevó un minuto entender qué: el ajo. Doña Pina freía un diente aplastado en el aceite antes de todo y lo sacaba cuando se ponía rubio, para dejar solo el perfume. Eusebio se rio solo, con la boca llena. Hacía cuarenta y seis años que se acordaba de la sal, de la harina, del pan de prueba, y se había olvidado del ajo.

A las doce el salón se llenó. Había cazuelas de las colectividades, tortas de las vecinas, una guitarra que afinaban en un rincón y chicos corriendo entre las mesas largas. Bruno llegó último, del brazo de su hija, más flaco de lo que Eusebio lo recordaba, con un saco grande como prestado. Lo sentaron junto a la ventana. Desde la cocina, Eusebio lo vio apoyar las manos en el mantel como quien comprueba que la mesa es de verdad.

Graciela le puso en la mano la fuente.

—Llevásela vos.

—No puedo.

—Podés. Son diez metros.

Fueron los diez metros más largos del puerto. La fuente le quemaba las palmas a través del trapo. Cuando llegó, Bruno levantó los ojos, miró primero los cornalitos y después a él, y no dijo nada. Eusebio dejó la fuente en el centro de la mesa y se quedó parado, con los brazos colgando, sin saber dónde ponerlos.

Bruno tomó uno por la cola, lo mordió y cerró los ojos. Masticó despacio. Afuera, el viento golpeó la chapa y la casa entera hizo ese ruido de barco que hace siempre.

—Le pusiste ajo —dijo al fin, con la voz gastada.

—Me lo acordé tarde.

—Ella también se lo acordaba tarde. Siempre. Después decía que era a propósito.

Corrió la silla de al lado con el pie, apenas, lo que alcanzaba a mover.

Eusebio se sentó. Nadie habló de la tarjeta de turno ni de la mentira chica ni del viernes de julio. Comieron de la misma fuente, con los dedos, mientras la guitarra del rincón empezaba una zamba que nadie bailó, y cuando la fuente quedó vacía, las espinas dibujaban sobre el papel un montoncito plateado que los dos se quedaron mirando como si todavía pudiera moverse.

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