El asiento de la ventanilla

Nicasio Epulef llegó a la estación de Esquel a las nueve y cuarto, una hora y media antes de la salida, con el sobre de los pasajes en el bolsillo de adentro del saco, el que usaba para los casamientos.

—Llegue una hora antes, abuelo, para el check in —le había dicho la chica de la boletería, y él había asentido como si no supiera que en esa estación se había hecho hombre.

Treinta y ocho años en los talleres. Había limado bielas, cambiado tubos de caldera, aprendido de oído cuándo una Baldwin estaba cansada y cuándo estaba haciéndose la cansada. Había viajado en el tren cientos de veces, siempre en la cabina o debajo, o en el último vagón con una llave inglesa envuelta en un trapo. Nunca sentado en un asiento de pasajero, mirando por la ventanilla como un cristiano.

Berta se lo pedía todos los inviernos. «Un día sacamos los dos pasajes, Nicasio, y vamos hasta Nahuelpan como la gente. Yo llevo el termo.» Él contestaba que tenía trabajo, después que tenía las rodillas, después que para qué, si conocía cada tornillo. En julio, a Berta se le cerraron los pulmones en una semana. En octubre, Nicasio fue a la boletería y compró dos.

Recorrió el Paseo Ferroviario con las manos atrás. Las fotos en blanco y negro, los faroles, la campana. Una nena de unos diez años se paró a su lado frente a una vitrina con una llave de paso.

—¿Eso para qué sirve?

—Para dejar pasar el vapor justo cuando hace falta. Ni antes ni después.

—¿Y cómo se sabe cuándo?

—Se escucha —dijo Nicasio, y se arrepintió, porque la nena se quedó mirándolo con una seriedad que lo incomodó.

A las diez y media se abrieron las puertas del andén. La formación esperaba con su humo finito subiendo recto en el aire frío de la mañana. Los coches eran los de siempre, con el techo curvo, la madera lustrada por tantas manos, las ventanillas chicas. Nicasio subió despacio, contó los escalones por costumbre y encontró el asiento que decía su pasaje: coche tres, ventanilla, mirando hacia adelante. Se sentó. Puso el termo de Berta en el lugar de al lado, con las dos manos, como se acomoda a una persona.

Adentro olía a madera tibia y a café recién hecho del coche cafetería. En el medio del pasillo, la salamandra ya estaba prendida, redonda y negra, con ese tic tic del metal que se calienta. Nicasio se quedó escuchándola. Él había armado salamandras como esa, había aprendido a reconocer el tic parejo de la que tira bien.

La nena de la vitrina se sentó dos asientos más atrás, con la madre y un hermano chico. Un hombre pasó con una guitarra y se paró a afinarla en la plataforma.

La locomotora silbó. Nicasio sintió el tirón en la espalda, antes del movimiento, y levantó la cabeza por reflejo, como si alguien lo hubiera llamado por el apellido. Algo no sonaba bien. Una vibración fina, de la tercera rueda motriz, un golpecito que no estaba en su cabeza de hacía veinte años. «Es el contrapeso», pensó. «Hay que verlo.» Estuvo a punto de pararse.

Se quedó donde estaba. Miró el termo, miró la ventanilla.

—Es el contrapeso, ¿no? —dijo la nena, que había aparecido en el pasillo, agarrada del respaldo—. Mi mamá dice que no es nada, pero usted puso la misma cara que cuando escuchó lo de la llave.

—Qué oído tenés vos.

—Soy de acá. ¿Usted lo arregla?

—No. Hoy no. Hoy voy de pasajero.

La nena lo pensó con mucha atención y se sentó enfrente, sin pedir permiso. Afuera pasaban las chacras, un alambrado con un caballo parado, los álamos que ya soltaban las hojas. El tren tomaba las curvas con una paciencia de otro siglo, y en una de ellas Nicasio vio, por la ventana de enfrente, la cola de la formación doblando detrás de la máquina como un renglón torcido.

—¿Cuántas curvas tiene? —preguntó la nena.

—Hasta Nahuelpan, cuarenta y nueve. Hasta Jacobacci, más de seiscientas.

—¿Usted las contó?

—Mi señora las contaba. Yo trabajaba.

No supo por qué lo dijo. La nena no preguntó más. Sacó del bolsillo una galletita, la partió al medio y le dejó la mitad sobre la rodilla, y él la comió despacio mirando el campo.

En Nahuelpan bajaron todos. Había una feria de artesanías con puestos bajo las lonas, mantas tejidas, cuchillos, mate de calabaza, y una mujer mapuche sirviendo tortas fritas en una chapa. Nicasio no compró nada. Se quedó mirando cómo la locomotora hacía las maniobras para dar la vuelta, el maquinista parado en el estribo, el fogonero con la mano en la palanca. Reconoció la forma de apoyar el pie. La misma que le había enseñado a otros, hacía mucho.

A la vuelta, en el tramo largo, la gente fue yendo hacia las ventanillas del lado izquierdo, porque se acercaba la curva donde el tren dibuja casi un huevo sobre la estepa y todos quieren la foto de la formación entera. Hubo un revuelo de celulares y de risas. El hombre de la guitarra empezó a tocar algo despacio.

Nicasio no se movió. Tenía el termo en el asiento de al lado y una ventanilla chica con vidrio un poco ondulado, de esos que deforman el paisaje y lo vuelven más suave. El golpecito de la rueda seguía, parejo, y por primera vez no le dolió oírlo. Era un ruido que alguien más iba a arreglar.

Abrió el termo y se sirvió un poco de mate cocido en la tapa. La salamandra hacía tic, tic, tic, y el tren iba doblando de a poco hacia Esquel, con una mujer sentada a su lado que nadie más podía ver, mirando también por la ventanilla, contando las curvas.

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