El último coche de Gumersindo

El interno 114 salió de la cabecera de Constitución a las cinco y diez de la mañana, con el vidrio del parabrisas todavía empañado por dentro. Gumersindo Paz lo limpió con la manga del buzo antes de arrancar, como hacía desde hacía treinta y un años, y se quedó un segundo mirando la ciudad que se armaba despacio: los puestos de diarios levantando las persianas, un perro durmiendo sobre una rejilla caliente, el vapor del café que alguien sacaba por la ventana de un bar.

Era un jueves de julio de 2010. El lunes, el coche pasaba a otras manos. Su padre lo había comprado en los años sesenta, cuando la línea todavía era una sociedad de socios componentes, gallegos y asturianos casi todos, cada uno con su unidad y su apellido pintado en la chapa. Gumersindo había heredado el número, la chapa y las deudas. Esa mañana había decidido hacer el recorrido entero, de punta a punta, sin saltearse una parada, por si algún día le preguntaban cómo era.

—Buen día, Gume —dijo la primera pasajera, una mujer con una bolsa de tela llena de panes.

—Buen día, Lidia.

Lidia subía todos los jueves en Avenida Rivadavia y bajaba en Avenida Cabildo, donde cuidaba a una señora ciega. Pagaba siempre con monedas contadas y se sentaba en el segundo asiento de la derecha, el de la ventanilla rota que Gumersindo nunca terminó de arreglar porque a ella le gustaba el aire.

Avenida de Mayo, Callao, las luces de Plaza Italia girando en la calzada circular. El micro se fue llenando de olor a pan, a lluvia vieja y a perfume barato. Un chico con guardapolvo se durmió contra el vidrio. Dos empleados de un banco discutían de fútbol sin levantar la voz. Gumersindo conocía el peso exacto del coche en cada curva, el rezongo de la caja de cambios en la subida de Avenida Santa Fe, el bache de Juramento que había que tomar con la rueda derecha para que el pasaje no se desparramara.

En Avenida Cabildo, Lidia tocó el timbre y se paró con la bolsa contra el pecho. Antes de bajar se quedó un momento junto al asiento del conductor.

—¿Es cierto lo que dicen?

—Es cierto.

—Y yo que pensaba que ibas a morirte en este volante.

Gumersindo se rió, y le salió medio torcido. Lidia le dejó sobre el tablero uno de los panes, todavía tibio, envuelto en un papel de diario. Bajó sin mirar atrás.

Después de General Paz el paisaje se abrió. Los semáforos se espaciaron, las casas bajaron de altura, aparecieron los talleres, las veterinarias, las estaciones de servicio con sus toldos desteñidos. Ya no quedaban pasajeros de pie. En Libertador, pasando Munro, el micro iba casi vacío y Gumersindo vio por el espejo un bulto en el último asiento que no había visto subir.

Era un hombre mayor, de sombrero, con las manos sobre un bastón. Miraba hacia adelante con una atención extraña, como quien repasa algo que sabe de memoria.

—Disculpe, ¿hasta dónde va?

—Hasta donde llegue —contestó el hombre, sin sacar la vista del camino.

Gumersindo no insistió. Conocía esa voz. No la oía desde 1987, pero la conocía: una voz de Orense, rasposa, que decía las cosas con un tono de orden. Tardó dos paradas en entender que no hacía falta darse vuelta para comprobar nada. Dejó el espejo donde estaba, para que su padre pudiera ver el camino, y manejó con más cuidado que nunca.

—Acelerás poco, hijo —dijo la voz, desde atrás, a la altura de San Isidro.

—Es que llevo pasaje, viejo.

—Eso es lo que está bien.

No hablaron mucho más. En Avenida Libertador, el sol subió por encima de los techos y entró por los vidrios laterales, y el polvo que flotaba en el aire se puso dorado. Pasaron frente a las quintas, las casas de ladrillo a la vista, un club de barrio con la cancha vacía. Gumersindo bajó un poco la ventanilla y el aire trajo olor a pasto y a humo de leña. Su padre hacía el mismo gesto con la cabeza que hacía cuando estaba conforme: un cabeceo corto, apenas una inclinación.

En la rotonda de la estación de Tigre el colectivo giró despacio. Del otro lado de los árboles se veía el río, marrón, tranquilo, con una lancha cruzándolo. Gumersindo frenó en la última parada, apagó el motor y escuchó cómo el coche se iba enfriando con su tictac de metal.

Esperó. Después se dio vuelta.

El último asiento estaba vacío. Sobre el vinilo gastado había quedado un hueco tibio, como el de un cuerpo que acaba de levantarse, y en el piso, una gota de agua de lluvia que no era de esa mañana.

Gumersindo bajó, caminó alrededor del coche con la mano apoyada en la chapa, y en el costado, abajo, junto a la rueda trasera, encontró lo que buscaba: el apellido de su padre, Paz, pintado a mano en 1964, apenas visible bajo tantas capas de pintura. Pasó el pulgar por las letras.

Después sacó el pan de Lidia del bolsillo del buzo, lo partió en dos y comió la mitad sentado en el cordón, mirando el río, hasta que llegó la hora de volver a Constitución.

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