El martes a las cinco de la tarde, Elvira Kaplán tenía la lima entre los dientes y la caja de botones abierta sobre la mesa, como una radio desarmada. El taller era el fondo de un galpón de la calle Murillo, donde antes se guardaban hormas de zapato. Los días de humedad todavía olía a cuero, y ese olor no se iba con nada.
—Es un re —dijo el pibe—. El re del cierre. Suena como si tuviera dos voces peleándose.
Se llamaba Joaquín, tenía dieciséis años, zapatillas gastadas y el bandoneón de su abuelo en un estuche de cartón reforzado con cinta de embalar. Lo había traído en colectivo, con el estuche sobre las rodillas, y lo apoyó en la mesa como se apoya a un bebé dormido.
—¿Para cuándo lo necesitás?
—Mañana. En el Fulgor, la milonga de los miércoles. Los amigos de mi abuelo le hacen un homenaje y me dijeron que toque, aunque sea un tango. Uno. —Se rascó la nuca—. Pero con ese re no puedo. Se nota en todos lados.
Elvira abrió el fuelle con las dos manos y apretó el botón. Salió la nota, y en efecto salió doble: una voz firme y otra apenas por debajo, que temblaba como un vaso en una mesa floja. Había afinado bandoneones durante cuarenta y tres años. Un instrumento así, con sus lengüetas de acero, se toca una vez cada diez años, y se toca despacio, de oído, porque el aparato electrónico te dice dónde está la nota pero no cómo tiene que sonar.
—Dejámelo —dijo—. Volvé a la noche.
—¿A la noche?
—A las nueve. Traé algo de comer, que acá se trabaja con hambre pero no con mucha.
Joaquín se fue. Elvira prendió el velador, sacó la tapa del peine y buscó la lengüeta del re de cierre. Esperaba encontrar una grieta, un resto de cera vieja, una pelusa. Encontró una lengüeta sana, limpia, sin una mancha de óxido.
Eso era raro. Una voz sana que suena mal tiene dueño. Alguien la había tocado.
Acercó la lupa. En la punta de la lengüeta había marcas de lima, finas, prolijas, de mano que sabía lo que hacía. Alguien le había sacado un poquito de acero a propósito, no el suficiente para arruinarla, sino el justo para dejarla caída. Cuarenta años de oficio le dijeron que eso no era un descuido ni una reparación hecha a las apuradas. Era una decisión.
Dio vuelta la placa. En el borde de la madera, con un lápiz que ya casi no marcaba, alguien había escrito cuatro palabras: re de Lidia, no tocar.
Elvira se quedó un rato mirando la letra. Después apagó el velador, se hizo un mate y miró por la ventana cómo se prendían las luces de Scalabrini Ortiz.
A las nueve y diez Joaquín golpeó la persiana con una bolsa de empanadas.
—¿Pudo?
—Sentate. ¿Quién era Lidia?
El pibe se quedó con la bolsa en el aire.
—Mi abuela. Se murió hace seis años, antes que él. —Se sentó—. ¿Por?
Elvira le mostró la lengüeta, la lupa y el lápiz. Joaquín leyó, y la cara se le fue aflojando de a poco.
—Ella cantaba flojo —dijo al final—. Siempre. Planchaba los domingos con la radio puesta y tarareaba, y en una nota se caía. Siempre en la misma. Mi abuelo le decía que era el único re de Villa Crespo que no pedía permiso. —Se rió, y se le quebró la risa en el medio—. No puede ser.
—Yo creo que sí. Le dejó la nota de ella adentro del instrumento. Se la puso donde la tocaba todos los días.
Comieron las empanadas sin hablar. Elvira nunca había tenido que decirle a un cliente que lo que traía roto estaba entero. Casi siempre es al revés.
—Puedo arreglarlo —dijo—. Es una hora de trabajo. Con eso tocás tranquilo mañana y nadie se da cuenta de nada. Le pongo la lengüeta como tiene que estar y listo.
—¿Y si no lo arreglás?
—Entonces suena como suena. Hay gente en el Fulgor que se va a dar cuenta. Los viejos tienen el oído entrenado, y no todos lo van a tomar bien.
Joaquín agarró el bandoneón, lo abrió despacio y apretó el botón. La nota salió doble, temblorosa, y se quedó un momento flotando en el galpón sin hormas.
—Dejalo así —dijo.
Elvira asintió. Cerró la caja, ajustó los tornillos y le pasó un trapo al estuche de cartón.
—No te cobro —dijo—. No hice nada.
El miércoles, a las once menos cuarto, la pista del club estaba llena de parejas que no se miraban. Elvira se había quedado cerca de la barra, con un vaso de agua. Cuando el pibe empezó el tango, flaco, tieso, con los codos pegados al cuerpo, nadie levantó la vista. Pero en el segundo cierre llegó el re, y la nota salió partida en dos, con una voz que caía.
Un hombre mayor, en la mitad de la pista, frenó. No dejó de abrazar a su compañera, pero frenó, con la cabeza levemente inclinada, como quien oye su nombre en la calle. Cerca de la barra, una mujer de pelo blanco empezó a tararear la misma línea, y se cayó exactamente donde se caía el instrumento.
Elvira apoyó el vaso. Joaquín, con los ojos cerrados, abría y cerraba el fuelle, y el re de Lidia volvió a sonar otra vez, otra vez torcido, y entonces la sala entera lo acompañó.
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