A las nueve y media, cuando por fin aclaró, Edith Soto ya llevaba una hora parada en la pasarela con el termo abrazado contra el pecho. Julio en Ushuaia no amanece: se va corriendo el negro de a poco, primero detrás del Olivia y después sobre el canal, hasta que uno se da cuenta de que ya se ve.
—Abuela, tengo los pies muertos —dijo Camila, que había llegado de Buenos Aires el martes con zapatillas de lona.
—Son los pies de Buenos Aires. Se acostumbran.
—¿Y qué estamos esperando?
Edith no contestó. Miraba la Bahía Encerrada, esa panza de agua baja que queda del lado de adentro de la pasarela, con el pasto seco asomando en las orillas y dos cauquenes muy quietos sobre una mancha gris. Del otro lado, la avenida de la Prefectura. Más allá, el viento ordenando las banderas de los barcos.
Había trabajado treinta y cuatro años en la central de Entel, con los auriculares calzados sobre el rodete y las clavijas entre los dedos. Conectaba Ushuaia con el mundo: Río Grande, Buenos Aires, una vez Estocolmo. Sabía quién llamaba a quién y a qué hora, y nunca se lo contó a nadie. Se jubiló cuando las llamadas empezaron a pasar solas, sin que nadie las tocara, y desde entonces le quedó una costumbre: escuchar antes de hablar.
Hoy escuchaba el hielo.
—Cuando yo tenía tu edad —dijo al fin—, esto se congelaba entero. Había años que sí. El arroyo Buena Esperanza baja del Martial con agua dulce, y el agua dulce se congela antes que la del mar. Mi hermano Raúl venía con los patines que le había mandado mi tío desde Bahía Blanca. Dos tamaños más grandes, con medias de lana de relleno hasta la punta.
—¿Patinaban acá? ¿En el medio de la ciudad?
—Y en la ciudad no había mucho más que hacer. Se juntaban los chicos del barrio, alguien traía un tacho para el fuego en la orilla, las madres hacían chocolate. Yo no patinaba. Miraba. Mi trabajo era cuidar los zapatos.
Camila se rió. Edith también, un poco.
—¿Y por qué ya no se congela?
—Hace muchos años abrieron dos canales en la pasarela para que el agua de la bahía se mezclara con la del mar. Estaba sucia, la pobre. Tenía razón la gente que lo pidió. Ahora está limpia, hay aves de todas las clases, hasta vienen a mirarlas con binoculares. Pero el hielo no volvió.
—Entonces vinimos al pedo.
—Vinimos a mirar.
Se quedaron un rato en silencio, que en Ushuaia nunca es silencio del todo: gaviotas, un camión de volquete en la avenida, la chapa de algún galpón golpeando contra el viento. Edith destapó el termo y sirvió dos tapitas de mate cocido con leche, de ese que se toma con el humo subiéndole a uno a las pestañas.
Fue Camila la que lo vio. Había bajado por los escalones hasta la orilla de la pasarela, donde el agua se juntaba entre piedras y totoras quemadas por el frío, y se agachó con el celular en la mano.
—Abuela. Vení.
Edith bajó despacio, con la mano en el pasamanos oxidado. Entre dos piedras, en un charquito de no más de medio metro, el agua estaba cubierta por una lámina clarísima, fina como un papel de seda mojado. Debajo se veía el barro y una hojita de lenga flotando, quieta, atrapada.
—Es hielo —dijo Camila, como quien descubre algo ilegal.
—Es una nada de hielo.
—¿Lo puedo tocar?
—Es tuyo.
Camila apoyó la yema del dedo y la lámina se hundió con un chasquido seco y breve, un ruido de vidrio chico. Lo repitió con la punta de la zapatilla. Otro crac, más largo, que se corrió como una grieta hasta la otra piedra.
Edith cerró los ojos. Ese sonido lo conocía de memoria. Estaba exactamente donde lo había dejado.
—¿Y vos qué hacías mientras los otros patinaban? —preguntó Camila, soplándose los dedos.
—Cuidaba los zapatos, te dije.
—No, digo cuándo no cuidabas nada. Cuando te tocaba a vos.
Edith la miró. Era una pregunta de nieta, directa, sin vuelta. Nadie se la había hecho en sesenta años.
—Nunca me tocó —admitió—. Me daba miedo que se rompiera.
—¿El hielo?
—Todo.
Camila se quedó pensando con la nariz colorada. Después se sentó en una piedra y empezó a desatarse las zapatillas.
—Camila, qué hacés.
—Me saco las medias. Dame las tuyas.
—Estás loca. Con este frío.
—Son dos segundos. Dale, abuela. Raúl no está para decirme que no.
Edith abrió la boca para retarla y descubrió que no tenía el reto. En su lugar le salió una risa mal calculada, de garganta, que espantó a un cauquén. Se agachó en la orilla, con la rodilla protestando, y se sacó la bota derecha. Después la media gruesa de lana. Tenía el pie blanco y arrugado como un papel guardado en un cajón.
Cuando lo apoyó sobre la lámina, el hielo no se rompió enseguida. Aguantó un segundo entero. Un segundo largo, parejo, en el que Edith sintió debajo del pie la bahía entera sosteniéndola.
Después hizo crac.
—¡Ay, Dios mío! —gritó, y Camila gritó con ella, y las dos se quedaron con los pies en el agua helada, riéndose como no se reían desde hacía años, mientras arriba, en la pasarela, un hombre con binoculares bajaba el aparato para mirarlas.
Volvieron a casa con las medias chorreando en una bolsa y los pies colorados, y Edith puso a calentar agua para una palangana. Mientras el agua hacía ruido en la olla, buscó en el fondo del ropero una caja de zapatos con una cinta atada. Adentro había unos patines viejos de cuero, con la hoja picada de óxido y las medias de lana de Raúl todavía metidas hasta la punta.
Los puso sobre la mesa, al lado del mate.
—Mañana los vamos a limpiar —dijo—. Por si acaso.
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