Damascos para Hortensia

El pedido de Hortensia Aquino se lo sabía de memoria, sin anotarlo: dos kilos de pan, yerba, una garrafa de diez, jabón en barra, aceite, un paquete de velas por si se cortaba la luz. Y al final, siempre, con la misma voz de quien pregunta la hora:

—Y si hay damascos, traeme.

Rubén Cabral llevaba treinta y un años contestando «No hubo, Hortensia», y ella asentía como si hubiera esperado esa respuesta y la respuesta le sirviera.

Ese jueves de diciembre era el último. La Nelly, la lancha almacén que había sido de su padre, estaba vendida a un muchacho de San Fernando que iba a transformarla en paseo para turistas. Rubén lo había firmado en octubre y no se lo había contado a casi nadie. Los jueves eran suyos: los otros cuatro barcos almacén del Delta cubrían el resto de la semana, cada uno su día, y la gente sabía que el jueves era el de la Nelly por el bocinazo corto y el de la heladera de cinco cuerpos pintada de verde.

A las cinco y media de la mañana, en el Mercado de Frutos de Tigre, un cajón de damascos le pareció una mala broma. Estaban amontonados entre los duraznos, chicos, con la piel pecosa y el olor dulce de lo que ya se está pasando. Los dueños de los puestos lo conocían.

—¿Vos con fruta? —le dijo uno—. ¿Desde cuándo?

—Desde hoy. Pesame dos kilos.

Los acomodó en una caja de pescado forrada con diario, arriba de la bolsa de yerba, lejos del sol. Después cargó hielo, carne, verdura, el gas, y salió por el Sarmiento con el motor refunfuñando y el cielo bajo y del color del cemento. A la altura de la escuela, el agua del río ya venía más alta de lo normal, empujada desde el Río de la Plata, y le lamía las maderas de los muelles. Rubén conocía esa señal. En el Delta, la sudestada no avisa con viento: avisa con el nivel.

Hizo las paradas rápido. Los Moreno, que le pagaron con transferencia, cosa que él todavía miraba con desconfianza. La señora del recreo, que le pidió una bolsa de carbón y le preguntó por qué tanta prisa. El chico de la pileta de lona que quiso una gaseosa de litro y medio y le salió con tres. En cada muelle repetía la misma frase para sí: «Hoy es el último», y en cada muelle nadie lo sabía, y él no lo decía.

Entró al arroyo Caraguatá pasadas las doce. El agua había subido una cuarta más y arrastraba ramas, una botella, un tronco de sauce. La casa de Hortensia estaba en lo alto de sus pilotes, con la escalera de madera y el muelle largo, y al lado el ciruelo que daba sombra hasta la ventana. Rubén amarró dos veces, porque la corriente tironeaba.

Hortensia lo esperaba parada en el extremo del muelle, con el piloto amarillo y las botas de goma. Tenía ochenta y un años y una cara que parecía haberse secado al sol sin arrugarse del todo.

—Estás tarde —dijo.

—Viene la sudestada. Ando contra reloj.

—Ya lo vi. Dame la garrafa.

Rubén le pasó la garrafa, el pan, la yerba. Ella los iba apilando en un carrito con ruedas de bicicleta. Cuando terminó, se quedó esperando, con las manos en los bolsillos del piloto, la pregunta de siempre sin hacerla todavía.

Rubén se agachó, destapó la caja de pescado y sacó el diario.

—Hubo —dijo.

Hortensia no se movió. Miró los damascos, después a él, después otra vez la caja.

—Eran dos kilos —dijo—. ¿Cuánto es?

—Nada.

—Cuánto, Rubén.

—Nada, Hortensia. Hoy es el último jueves. Vendí la lancha.

Ella se quedó callada un rato largo, mirando el agua que pasaba por debajo del muelle, café con leche, cargada. Un camalote chocó contra el último pilote y siguió.

—Mi marido me los trajo la primera vez que fuimos a Tigre juntos, en el cuarenta y nueve de la vida de cada uno, digamos —dijo al fin, con una mueca—. No me los traía por amor. Me los traía porque no tenía plata para otra cosa y eran baratos. Yo me los comí en la lancha, con carozo y todo, y me dio un dolor de panza terrible, y al otro día me preguntó si quería más.

—Entonces los querías para comerlos.

—No. —Agarró uno, lo giró entre los dedos, lo olió—. Los quería para que alguien los buscara. Un año, otro. Vos no te hacías drama, decías que no había y listo. Pero cada jueves me preguntabas, aunque sea de reojo, y yo sabía que ibas a pensarlo hasta la semana que viene. Eso me alcanzaba.

Rubén no supo qué contestar. Le dolían las rodillas de agacharse y el agua ya había tapado el primer escalón del muelle de Hortensia.

—Tenés que irte —dijo ella—. Se te va a llenar el arroyo de palos.

—Sí.

—Llevate esto.

Le tendió un damasco, uno solo, pequeño, de piel pecosa. Rubén lo agarró. Ella lo miró de arriba abajo, con la lentitud de siempre.

—El jueves que viene no vengas —dijo—. Pero pasá, si pasás.

Soltó las amarras con un movimiento seco. La Nelly se fue corriéndose de la orilla, y él se quedó parado en la popa con el motor en punto muerto, mirando cómo la mujer se alejaba por el muelle con el carrito detrás, hasta la escalera de madera, hasta la puerta.

Ya en el Sarmiento, con la lluvia empezando, se comió el damasco. Estaba tibio, a punto de pasarse, y tenía el gusto de algo que se pidió durante mucho tiempo.

Después hizo sonar la bocina dos veces, corto, y nadie la escuchó.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *