Cuatro minutos de Quinteros

Evaristo Quinteros tenía la lupa metida en el ojo y el reloj abierto sobre el paño verde cuando sonó la campanita de la puerta. Eran las cinco y cuarto de un miércoles de noviembre, y desde la vereda de Pereuilh entraba el ruido de siempre: el chirrido de los frenos en la curva, el parlante de la estación diciendo algo que nadie entendía, el olor a garrapiñada de la esquina.

Una mujer chiquita, con una cartera apretada contra el pecho, esperó a que él levantara la vista.

—¿Usted arregla relojes de bolsillo?

—Arreglo lo que tenga resorte, señora.

Ella abrió la cartera y puso sobre el paño un Ferrocarril Sud de cuerpo plateado, con la tapa rayada y la cadena enredada como un yuyo. Evaristo lo tomó con las dos manos. Pesaba más de lo que parecía.

—Era de mi marido —dijo ella—. Fue guarda del Roca cuarenta años. Me llamo Haydée. Lo necesito andando para mañana a las siete de la tarde. Mi nieto empieza el turno noche y quiero dárselo yo, en el andén.

Evaristo miró el reloj, después el calendario del almacén de ramos generales que colgaba junto a la puerta, después a la mujer. Hizo cuentas. Tenía el taller lleno, la vista cansada y sesenta y ocho años de oficio.

—Mañana a las siete. Venga a buscarlo y se lo doy.

Esa noche, con el negocio cerrado y el ventilador de techo girando despacio, abrió la caja. Adentro todo estaba bien: la máquina limpia, el áncora sin óxido, apenas un aceite viejo que se había vuelto goma. Lo desarmó pieza por pieza sobre un trapo, como le había enseñado su padre en Banfield, y lo fue lavando con bencina en un frasco de mermelada. Armó, aceitó, dio cuerda. El reloj arrancó con un tictac seco y parejo, de buena familia.

Lo puso a la hora con la radio. Después lo dejó en el cajón de las pruebas, que era el cajón donde Evaristo dejaba los relojes a contarse la vida durante la noche.

A la mañana lo sacó y lo comparó. Adelantaba cuatro minutos justos. Ni tres ni cinco: cuatro.

Evaristo se rascó la barba. Un reloj sano no adelanta cuatro minutos clavados. Lo abrió de nuevo, revisó la espiral, el regulador, la raqueta. Estaba toda movida a propósito, con un golpecito de pinza hecho hace muchos años y nunca corregido. Alguien había querido que ese reloj mintiera.

Podía arreglarlo en diez minutos. Corría la raqueta un pelo y el reloj quedaba exacto, como correspondía. Tenía la pinza en la mano cuando se acordó de que un reloj exacto era lo único que sabía entregar.

Se quedó dudando hasta las seis y media. A las siete menos veinte la campanita sonó de nuevo y entró Haydée con un nene de la mano, aunque el nene tenía veintipico y un uniforme azul doblado en el brazo.

—Este es Lucas —dijo ella—. Hoy le toca el 19:10 a Constitución.

—Está andando —dijo Evaristo, y puso el reloj sobre el mostrador—. Pero tengo que decirle algo. Adelanta cuatro minutos. Alguien lo movió a propósito. Si quiere, se lo dejo exacto ahora mismo.

Haydée sonrió con toda la cara, como si hubiera ganado algo.

—Ay, no. No lo toque.

—Señora, un reloj tiene que decir la hora.

—Este dice otra cosa —contestó ella—. Mi marido lo adelantaba cuatro minutos desde que empezó en la línea. Decía que en Temperley, en el trasbordo, siempre hay alguien corriendo por el puente con una bolsa. Que si el tren salía justo, justo, esa persona se quedaba en el andén. Y que si el reloj del guarda decía las siete y cuatro cuando eran las siete en punto, él tenía cuatro minutos para esperar al que venía corriendo sin que nadie pudiera decirle nada. Nunca salió un tren de su coche antes de que llegara el último.

Lucas se rió bajito, mirando el piso.

—Es verdad, abuela, me lo contaste mil veces. Yo pensé que era un cuento.

—Es un cuento —dijo ella—. Y es verdad. Las dos cosas.

Evaristo guardó la pinza en el bolsillo del guardapolvo. Pasó un paño por la tapa, desenredó la cadena con paciencia, la prendió al ojal del uniforme que Lucas se había puesto sin mirar. El reloj quedó colgado sobre el pecho del pibe, haciendo su tictac apurado.

—No le cobro la mano de obra —dijo—. Cobro la bencina.

Salieron los tres a la vereda. Del lado de la estación, una formación diésel largaba su aire contra los durmientes y la gente bajaba en tropel para cambiar de andén. Haydée tomó a su nieto del brazo y cruzaron Pereuilh despacio, ella adelante, él con una mano sobre la cadena.

Evaristo se quedó en la puerta con el trapo en la mano. Vio al muchacho subir las escaleras del puente y, cuatro minutos después de lo que decía el parlante, vio al tren todavía quieto, con las puertas abiertas, esperando a un hombre que venía corriendo con una bolsa de supermercado. El hombre llegó, subió, se dio vuelta para decir gracias y nadie le contestó, pero en la ventanilla del último coche un uniforme azul levantó la mano apenas, como quien mira la hora.

Después el tren se fue, con todos adentro.

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