El acordeón de la siesta

Teófilo Maidana tenía la lengüeta número catorce sobre la yema del dedo, una laminita de acero que no medía más que una uña, cuando la chica entró al taller con la caja del acordeón apretada contra la panza y los ojos hinchados.

—¿Usted es el que arregla fuelles? —preguntó—. Me dijeron en la peatonal que usted. Toco a las diez y cuarto en el anfiteatro. Son las siete.

Teófilo dejó la lengüeta en el platillo. Afuera el calor de enero pesaba cuarenta grados sobre el techo de chapa, y el ventilador no hacía más que mover el aire de un lado a otro, como quien cambia de lugar los muebles. En la pared colgaba la foto de Estela con el vestido celeste, sacada hacía treinta años en una fiesta de Mburucuyá. Hacía cuatro años que el taller no tocaba otra cosa que reparaciones.

—Dejame ver.

Ella apoyó la caja sobre el banco. Era un acordeón de botones, de dos hileras, de los diatónicos de siempre, con la caja de madera descascarada en las esquinas. Teófilo abrió el fuelle con las dos manos y escuchó el aire. Se le escapaba por la esquina izquierda, un silbido finito, de pajarito.

—Se te rajó el cuero del fuelle. ¿Cómo se llama, nena?

—Brenda. Brenda Cardozo. Es de mi abuelo, pero lo uso yo.

—Brenda, esto no se arregla en tres horas. Hay que despegar, cortar cuero nuevo, esperar que el pegamento tome. Dos días.

Brenda no lloró. Se quedó mirando el reloj de pared, que atrasaba, y después las manos de él, grandes, con las uñas cortas y manchadas de cera de abejas. Teófilo había pasado cuarenta años pegándole cera a las lengüetas para afinarlas, y la cera le había quedado en las huellas como una letra vieja.

—Me anotaron para las diez y cuarto porque se bajó un conjunto de Goya —dijo ella—. Si no toco, no vuelvo a tener otra. Tengo diecinueve años y es mi primera vez en el escenario grande.

—Pedile uno prestado a alguien del festival.

—Pedí. Todos tienen los suyos y no los sueltan. Un acordeón no se presta, usted sabe.

Teófilo lo sabía. Se pasó la mano por la barba y miró hacia la cortina del fondo, donde había un armario con la puerta trabada por la humedad. Adentro, envuelto en una frazada, dormía el acordeón de Estela. No de ella: de él. Pero ella lo había bautizado Ñandé, que en guaraní quiere decir «nuestro», y desde que se murió nadie lo había abierto.

—Esperá acá —dijo.

Le costó la puerta del armario. Sacó el bulto, lo puso sobre el banco y desató la frazada. El olor a madera encerrada y a aceite de máquina de coser le subió a la cara y por un segundo no pudo hablar. Después apretó los botones de la hilera de adentro, uno por uno, y salió un sonido empañado, de gente que carraspea antes de cantar.

—Está desafinado —dijo Brenda, con respeto.

—Tiene cuatro años de siesta. Dame hasta las nueve.

Trabajó con el dedo en las lengüetas, raspando acero con una lima finita, agregando cera, probando el aire con la boca para no gastar el fuelle. Brenda se sentó en un cajón y le fue alcanzando las herramientas, y a las ocho y media le preguntó por qué no tocaba él.

—Toqué hasta que la Estela se enfermó. Después, cuando tocaba, la oía a ella cantando la segunda voz, y me quedaba en la mitad del tema.

—¿Y ahora?

—Ahora afino. Es parecido, pero no te hace falta la voz de nadie.

A las nueve menos cinco cerró el fuelle. Se lo puso a Brenda en las rodillas y le señaló los correajes, que había aflojado dos agujeros.

—Es más pesado que el tuyo. Aguantalo con la espalda, no con los hombros.

Brenda tocó un compás de «Kilómetro 11». Se detuvo, miró a Teófilo, siguió. El taller se llenó de ese sonido que tiene el chamamé cuando el aire se mueve pegado a la tierra, a ras del piso, y el ventilador pareció girar al compás. Él cerró los ojos. Le dolían las rodillas y se acordó del vestido celeste.

—Andá —dijo—. Y no te olvides de respirar en el segundo tiempo. Los buenos acordeoneros respiran donde la gente cree que están tocando.

Ella se fue corriendo, con la caja a cuestas. Teófilo se quedó solo, con las lengüetas desparramadas sobre el paño y el silencio de siempre. Duró cinco minutos. Después cerró la persiana a medias, agarró la silla de mimbre y el mate, y caminó hasta la costanera con la lentitud de las siestas.

Entró por una de las puertas laterales del anfiteatro cuando ya estaban anunciando a Brenda. Se quedó parado atrás de todo, entre las parejas que bailaban abrazadas, mejilla con mejilla, y los vendedores de chipá con las canastas al hombro. Desde ahí el escenario era un cuadrado de luz del tamaño de una estampita.

Ella salió sola, con el acordeón de Estela colgado del cuerpo, y esperó a que se hiciera silencio. Respiró en el segundo tiempo. Teófilo lo notó, y le temblaron los labios.

Sonó «Ñandé» por primera vez en cuatro años delante de miles de personas. Sonó mejor de lo que él se acordaba, con un poco más de aire, con la gravedad de las lengüetas nuevas que todavía no sabían quién era el dueño. La gente fue dejando de hablar y las parejas siguieron bailando sin mirarse, como si el tema las llevara de la cintura.

En la mitad del tema, justo donde él siempre se quedaba, entró la segunda voz. No era la de Estela. Era la de un guitarrista flaco que acompañaba a Brenda desde el costado, y cantaba desafinado y feliz.

Teófilo se apretó la boca con el dorso de la mano. Había una palabra vieja que le subía por el pecho y que no usaba desde el entierro, un grito largo, entre alegría y duelo, que en la música del Litoral tiene nombre propio. Se dio cuenta de que no la iba a poder guardar.

Abrió la boca y largó el sapukay.

Nadie se dio vuelta. Se mezcló con los otros gritos de la noche, con el ruido de los vasos y con la humedad del río que subía por las gradas, y sólo una pareja de viejos, a su lado, lo miró y asintió despacio, como se asiente a un vecino de toda la vida.

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