El abono de Aurelio

A las cuatro de la tarde, Delia Bruno ya había planchado dos veces la misma blusa celeste. La tercera la dejó sobre la cama y se sentó a mirar el carnet, plastificado y gastado en las esquinas, con la foto de Aurelio de cuando todavía tenía bigote. Número de socio, categoría, platea alta. Y abajo, en lapicera azul, una fecha: 1974.

—No me mires así —le dijo a la foto—. Voy a ir.

Aurelio había comprado el abono en cuotas, como casi todo en su vida. Se lo vendieron en el club, él firmó con la lengua afuera y lo pagó durante años en una ventanilla del centro. Cada primero de mes salía de la casa de Arroyito con el sobre en el bolsillo de adentro del saco. Delia nunca lo acompañó a la cancha. Los domingos se quedaba en la cocina con la radio, el mate y la ropa para planchar, y escuchaba el partido desde la voz de un relator que gritaba más fuerte que los vecinos. Desde su patio se oía el estadio entero, un mar que subía y bajaba a dos cuadras. Alcanzaba. O eso decía ella.

Aurelio había muerto en marzo. La cuota del abono seguía figurando a su nombre y a ella no se le ocurrió darla de baja. La semana anterior, una chica de la secretaría le explicó con cara de pena que podía transferirlo, o dejarlo caer, o usarlo una última vez antes de que lo anularan.

—¿Usarlo cómo? —preguntó Delia.

—Viniendo, señora. Sentándose.

Se puso la blusa celeste. Se puso el cárdigan, porque corría viento del río. Guardó el carnet en la cartera, junto con un termo chico y dos sándwiches de miga que preparó sin pensar, por costumbre de quien siempre armó la vianda de otro.

Caminó por Cordiviola entre las banderas colgadas de los balcones. Había olor a chorizo en las parrillas de la vereda, a humo de carbón y a cerveza tibia. Un nene pasó corriendo con la camiseta azul y amarilla hasta las rodillas. Delia se fue pegando a la pared, porque la gente caminaba rápido y ella llevaba un paso de domingo, más lento, de quien no tiene apuro por llegar a lo que tarda en venir.

En el molinete, un muchacho de campera amarilla pasó el carnet por el lector. La luz parpadeó en rojo.

—Ese es de un socio fallecido, señora.

—Es mío. Quiero decir, era de mi marido.

El muchacho miró el carnet, la miró a ella, y miró hacia atrás. Una mujer mayor con un handy le hizo un gesto breve con la cabeza. El molinete giró.

Las escaleras eran más largas de lo que Delia imaginaba. Subió agarrada de la baranda, con la cartera apretada contra el pecho, y en cada descanso se detuvo a respirar. Cuando salió al aire libre de la platea alta, el mundo se abrió de golpe: la cancha estaba abajo, de un verde que no existía en ningún televisor, y del otro lado, detrás de las tribunas, el Paraná se extendía ancho y pardo, con una barcaza lenta cruzándolo bajo la luz que se iba.

Encontró la butaca por el número. Estaba al medio de una fila de asientos azules, entre un hombre que pelaba una mandarina y un asiento vacío.

—Perdón —dijo ella.

—Pase, pase. Ese es el de Aurelio —dijo el de la mandarina, y no hizo más preguntas.

Delia se quedó helada. El hombre le sonrió con la boca llena de gajo.

—Dieciocho años que me siento al lado. Siempre me convidaba un caramelo de menta. Yo le traía la mandarina.

Se sentó. El plástico estaba frío. Miró el campo, el cielo, la línea del río, y entendió de qué hablaba su marido cuando volvía a casa con la voz gastada y los ojos brillantes y decía que en la platea se estaba mejor que en misa. No era el fútbol. O no solamente. Era esto: tener la ciudad desplegada a los pies, un lugar propio entre desconocidos que te conocían y el agua pasando indiferente, como si nada de lo que se jugaba abajo tuviera tanta importancia.

Salieron los equipos y el estadio se vino abajo en un rugido que le subió por las piernas. Delia no entendía el offside, ni por qué todos se levantaban a la vez, ni a quién putear. Pero se levantó igual, y cuando hubo un córner y la tribuna entera contuvo el aire, ella también lo contuvo.

En el entretiempo abrió la cartera y sacó los sándwiches. Le ofreció uno al de la mandarina, que aceptó con un respeto casi religioso. Después sacó el termo y sirvió dos tapitas de té.

—Está medio frío —se disculpó.

—Está perfecto, señora.

El otro sándwich lo dejó sobre el asiento vacío, envuelto en su servilleta, sin decir nada. El hombre la miró y tampoco dijo nada. Abajo, los jugadores volvían a la cancha. Un chico gritó desde la fila de atrás.

Cuando terminó el partido, la gente se fue vaciando despacio y Delia se quedó sentada hasta que quedaron las filas desiertas, la cancha apagándose y el río oscureciéndose a lo lejos. Pasó una mujer con una bolsa de residuos recogiendo vasos. Se acercó al asiento de Aurelio y, antes de pasar de largo, vio el sándwich de miga intacto sobre el plástico azul.

—Eso no lo tiro —dijo.

—No —dijo Delia, y lo guardó otra vez en la cartera, como se guarda una cosa que va a hacer falta.

Al llegar a la puerta, sacó el carnet y lo apretó en la mano. El domingo siguiente, pensó, iba a tener que preguntar cómo se pagaba la cuota.

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