A las cinco menos diez, el horno de Zulema Barría hizo un ruido de tos y se apagó. Ella estaba con las manos hundidas en la masa, la cocina de la panadería todavía a oscuras, y supo lo que era antes de levantar la vista: la llama azul había bajado a nada. Esa noche había helado en Ushuaia, el viento del sur se había metido por la calle Maipú, y cuando hace tanto frío la presión del gas se va a pasear.
Probó con el fósforo. Una lengüita temblorosa, dos segundos, y nada.
Sobre la mesa de acero esperaban cuatrocientas medialunas sin hornear, ordenadas en bandejas como soldaditos pálidos. El pedido era del cocinero del barco que zarpaba esa tarde hacia la Antártida, un correntino flaco que se llamaba Gerardo y que le compraba todos los años, la víspera de cada zarpe, el desayuno de la primera mañana en el Drake: «Para que nadie se maree con el estómago vacío, doña».
Zulema miró el reloj de pared. Las medialunas necesitaban una hora de fermento más y veinte minutos de horno. Gerardo pasaba a buscarlas a las once.
Salió al patio con el delantal puesto. Sopló una nube de vapor, la bufanda le tapaba la boca. Del otro lado del tapial, en la casa de al lado, había una luz en la cocina. Don Branko se levantaba siempre a las cinco, desde que se jubiló del frigorífico, para no perder la costumbre ni la radio.
—Branko —gritó—. ¡Branko!
La cara de don Branko Vidal apareció en la ventana, con los anteojos corridos sobre la frente.
—¿Qué pasó?
—Se me fue el gas. Tengo cuatrocientas medialunas para el barco y el horno muerto.
Hubo un silencio largo. Zulema sabía lo que venía, y aun así esperó.
—Hay un horno acá —dijo él por fin.
—Ya sé que hay un horno.
—No lo prendo desde que murió Dora.
—Ya sé.
Era un horno de ladrillo que él mismo había levantado en el fondo, en el setenta y uno, con ladrillos que le trajeron en una lancha desde Puerto Almanza, cuando todavía se podía construir sin pedir permiso a nadie. Dora amasaba pan los sábados. Después Dora se murió y el horno quedó bajo su tejadito de chapa, con la boca tapada con una tabla y una pila de leña de lenga que Branko seguía renovando cada otoño, sin ninguna razón que explicara en voz alta.
—Se va a llenar de humo la cocina —dijo él.
—Entonces cocinamos en el patio.
Don Branko tardó cuatro minutos en salir, con una campera de pescador y una pala de punta cuadrada. Sacó la tabla. Adentro el horno estaba negro, intacto, con un nido de hollín seco en el techo. Armó el fuego con astillas de ñire, que prendían más rápido, y encima fue acomodando los troncos de lenga como quien arma un rompecabezas que se sabe de memoria. El humo subió derecho, con olor a bosque mojado y a casa vieja.
—Dos horas para que tome temperatura —dijo.
—No tengo dos horas.
—Entonces una y media y rezás.
Mientras el horno agarraba calor, Zulema cruzó dieciocho veces el patio con bandejas. Cubrió las medialunas con repasadores, las apoyó sobre cajones de verdura contra la pared de ladrillo, donde el calor ya empezaba a llegar. Don Branko no hablaba. Cada tanto abría la boca del horno, metía la mano a cierta distancia y la sacaba rápido.
—Falta.
A las seis y media se aclaró el cielo por encima del cerro Martial, un gris rosado sobre la nieve que quedaba arriba. Del puerto llegó un bocinazo largo. Zulema pensó en Gerardo y en los cuatrocientos desayunos y en que quizás tendría que llamarlo y decirle que no. Se mordió el labio.
—Ahora —dijo Branko.
Barrió las brasas con la pala hacia un costado. Tiró un puñado de harina sobre el piso del horno y la harina se puso marrón a los tres segundos, ni negra ni blanca.
—Justo —dijo, y era la primera vez que sonreía.
Metieron las bandejas de a seis con la pala larga. Zulema contaba en voz baja. A los doce minutos asomó el olor: manteca, azúcar quemada, el humo de leña metido en cada migaja. Don Branko cerró los ojos un segundo.
—Dora —dijo, nada más.
A las once menos cinco llegó Gerardo en una camioneta blanca con el logo del barco. Zulema había acomodado las cajas en el portón de la panadería, todavía tibias. Él levantó una tapa y se quedó quieto.
—Huelen distinto —dijo.
—Se me rompió el horno. Cociné en uno a leña.
—¿Me las vas a cobrar igual?
—Igual.
Gerardo se rio, pagó, cargó las cajas. Antes de subir a la camioneta miró hacia el patio, donde don Branko seguía parado frente al horno con la pala apoyada en el hombro y el humo todavía subiendo.
—Dígale al señor que el jueves vuelvo —gritó—. Que no apague.
A la tarde, desde la ventana de la panadería, Zulema vio al barco soltar amarras y salir de la bahía despacio, grande y blanco, con la nieve cayendo sobre el canal. Del otro lado del tapial subía una hebra de humo delgada, la misma que se había quedado prendida toda la jornada, y por primera vez en cuatro años nadie la tapó con una tabla.
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