La botella bajo la Movediza

Nino Peretti salió de la casilla con la vianda de su padre en una mano y la botella en la otra. La vianda era una lata de dulce de membrillo reciclada, con tapa de alambre, y adentro iban dos milanesas frías entre pan y un huevo duro. La botella la había lavado tres veces en el aljibe, porque tenía que estar limpia para que se viera bien lo que le pasara.

Era jueves, 29 de febrero, y el calor de las sierras pegaba en la nuca como una mano abierta. Nino tenía once años, y desde el verano pasado estaba en cuenta con un asunto pendiente: poner una botella bajo la Piedra Movediza, esperar a la mañana siguiente y comprobar con sus ojos si la piedra, que todos decían que se mecía, la aplastaba o la dejaba entera.

Los turistas lo hacían. Bajaban del tren desde Buenos Aires con sombreros de paja y paraguas, subían al cerro en jardinera y le ponían una botella al borde, y los chicos del barrio cobraban dos centavos por cuidársela hasta el día siguiente. Nino nunca había cobrado nada porque nunca había tenido una botella propia. Esta se la había dado el almacenero Zubiría a cambio de mandados.

Cruzó el camino de tierra entre las casillas de chapa. En los patios, las mujeres colgaban ropa blanca sobre las piedras para que se secara rápido. Se oía, desde las canteras, el golpe parejo de las cuñas: tac, tac, tac, y un silencio, y otra vez tac, tac, tac. Los picapedreros iban acomodando adoquines en pilas, de a cientos, para el tren de la tarde. Su padre, Remigio, hacía doscientos cincuenta por día y no se quejaba más que de la espalda.

—¡Nino! —le gritó doña Carmela desde la tranquera—. ¿Adónde vas con esa botella?

—A la Movediza.

—Dejate de macanas. Llevale la comida a tu padre y volvé.

—Voy a ir después.

—Vas a ir y te vas a caer, ya vas a ver.

Nino siguió sin contestar. Había aprendido que a los grandes se les contesta lo menos posible.

Su padre estaba sentado a la sombra de un bloque grande, con el pañuelo anudado en la frente y los antebrazos blancos de polvo. Comió sin hablar, mirando para arriba, hacia el cerro, donde la piedra se recortaba contra el cielo como una muela enorme.

—Vos querés subir —dijo.

—Un ratito.

—Hoy están los barrenos de los de arriba. Si te agarra una explosión…

—Paran a las cinco, tata. Lo sé.

Remigio masticó el huevo. Se limpió las manos en los pantalones, una contra otra, despacio.

—Dicen en el pueblo que nosotros la vamos a tirar —dijo—. Con los barrenos. Que de tanto sacudir el cerro, un día se nos viene abajo.

—¿Y es cierto?

—Yo en cuarenta años no toqué esa piedra. Nadie de acá se animaría. —Hizo una pausa—. Se la quiere todo el mundo, hasta los que le sacan el pan a la sierra. Andá, pero antes de las cinco bajás.

Nino salió corriendo. Trepó por el sendero de lajas sueltas, con la botella contra el pecho, y a la mitad del cerro tuvo que parar a respirar con las manos sobre las rodillas. Abajo se veía el pueblo entero: el humo de la fonda, el techo rojo de la estación, el Fuerte que ya no era fuerte. Arriba todavía no se veía nada, pero se sentía la piedra, como se siente a alguien detrás de una puerta.

Llegó a las cinco menos veinte. Por un rato se quedó parado, sin acercarse, mirándola. Doce metros de largo. Más alta que la casilla de Zubiría y la de los Peretti juntas. Nunca había estado tan cerca solo. Tenía una raja fina cerca de la base, y de la raja salía un hilito de hormigas.

Se agachó. Buscó el borde donde la piedra apoyaba en la roca de abajo, en un punto de ochenta centímetros que apenas daba para una mano, y acomodó la botella. La puso de costado, con el cuello hacia afuera, para que pudiera sacarla si la piedra se mecía.

Entonces escuchó, desde algún lugar profundo del cerro, un crujido. No fue fuerte. Fue como cuando alguien se sienta en una silla de mimbre.

Nino levantó la cabeza.

La piedra se movía. No era el vaivén de los turistas, ese de uno que empuja y la siente temblar. Se inclinaba de a poco hacia el vacío con una lentitud casi educada, y las hormigas se iban corriendo por la raja, ordenadas, en fila, como si alguien les hubiera avisado.

—Eh —dijo Nino, bajito.

Se tiró hacia atrás, resbaló en las lajas, rodó hasta una cornisa. Desde ahí vio todo. La piedra pasó del borde, un segundo quieta en el aire, y se fue. Hubo un estruendo que le llegó por los huesos antes que por los oídos. Una nube blanca subió del barranco. Después, durante un rato largo, nada. Solo las cuñas de las canteras, que se habían callado de golpe.

Cuando se animó a asomarse, el pueblo entero salía de las casillas, de la estación, de la fonda. Pasaban unos minutos de las cinco, y lo único que se escuchaba era alguien que gritaba un nombre, y después otro.

Nino bajó con las rodillas sangrando. En la mano apretaba la botella, que había quedado a un metro del borde, entera. Su padre lo esperaba al pie del sendero, lleno de polvo, con la cara de un hombre que ha contado a todos sus hijos y le falta uno. Lo agarró de los hombros y no dijo nada.

—Tata —dijo Nino—. No la aplastó.

Remigio miró la botella y después el cerro, donde ya no había nada recortado contra el cielo. Le sacó la botella de la mano con mucho cuidado y la sostuvo contra la luz de la tarde, como si adentro todavía quedara algo por comprobar.

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