A las seis y diez, cuando el sol todavía no pasaba el filo de la Paleta del Pintor, Genoveva Mamaní ya tenía el barro listo. Lo había pisado la tarde anterior con greda del rastrojo y paja de trigo, y lo había dejado dormir toda la noche bajo una arpillera, a un costado del canal, pegado a las vías del Belgrano. Ahora levantó la tela y subió un olor a tierra mojada y a pan viejo.
Era fines de noviembre en Maimará. En la Quebrada las lluvias empiezan en diciembre, casi siempre de tarde, y a veces se adelantan. Genoveva tenía sesenta y dos años, una adobera de madera de dos moldes que había sido de su padre y un pedido de trescientos adobes para la cocina de doña Nicasia Cruz, a quien se le había abierto una grieta en la pared sur con el último temblor. Trescientos en un día. Después hacían falta tres o cuatro de sol, parados de canto, para que secaran. Si la nube llegaba antes de las tres, el barro se volvía sopa.
—¿Y el chico? —preguntó a nadie, y el chico apareció.
Brian Colque tenía diecinueve años y una campera de repartidor con el logo de una aplicación. Lo mandaba su tío, que le debía un favor a Genoveva. Había bajado del colectivo de las cinco y media en la banquina de la ruta 9 con cara de que le hubieran vendido otra cosa.
—Mi tío me dijo que era hasta el mediodía.
—Tu tío dice muchas cosas. Agarrá la pala.
Trabajaron sin hablar. Ella mojaba el molde en el canal para que el barro no se pegara, lo llenaba de un golpe, lo apretaba con la palma, pasaba la regla por encima y daba vuelta la adobera sobre la tierra limpia con un movimiento corto de muñeca. Salían dos ladrillos pardos, húmedos, de esquinas vivas. Brian acarreaba el barro en la carretilla y lo volcaba a su lado. Al principio derramaba la mitad. A las ocho había aprendido a no cargar de más.
A las nueve eran ciento diez. Brian miró el reloj del celular.
—Vamos atrasados.
—Vamos como se puede.
—Yo hacía veinte entregas por tarde con la moto, ¿sabe? Veinte. Y cada una tenía un número, tantos minutos. Acá no hay número.
—Hay número. —Genoveva señaló con el mentón el cielo del este, azul y limpio, sin una mancha—. Trescientos. Y también hay nube, aunque no se vea.
Cerca de las diez el viento cambió y subió del sur con olor a polvo. Genoveva se quedó un segundo con el molde en el aire, mirando la sierra de Alfarcito, que seguía rojiza, violeta y ocre, sin una sombra encima. Después siguió, pero más rápido. Brian, sin que nadie se lo pidiera, empezó a traer el barro corriendo.
Al mediodía comieron parados, pan con queso de cabra, mirando la hilera que ya llegaba hasta el poste de la luz. Cuando faltaban cien, a Brian le temblaban los brazos. Se sentó en el borde del canal con las manos abiertas, el barro seco cuarteándose en las palmas, y entonces vio algo.
—Todos tienen un pozo —dijo, y señaló un adobe junto a su zapatilla. En una esquina había una marca redonda, hundida, del tamaño de una moneda. Había otra igual en el siguiente, y en el siguiente, a lo largo de toda la fila.
—Es el pulgar. Mi papá lo hacía, yo lo hago.
—¿Para qué?
—Para saber cuáles son míos cuando se mezclan con los de otro. —Se encogió de hombros—. Y si una pared se raja, se sabe a quién llamar para arreglarla.
Brian no contestó. Se lavó las manos en el canal, volvió y llenó el molde él solo. Le salió torcido. Genoveva lo desarmó con la punta del pie y le dijo que otra vez. El segundo salió mejor. El tercero tenía las esquinas casi vivas.
A las dos y diez faltaban doce. El oeste se cerró de golpe, sin aviso: una torre gris apoyada sobre las cumbres, con la base negra y el borde alumbrado. Un trueno largo bajó por el valle y rebotó en la Paleta. El aire se enfrió de un tirón y las moscas desaparecieron.
—Tapo yo —dijo Genoveva, y corrió con el rollo de nylon hacia el extremo de la hilera, con las rodillas protestándole.
Brian hizo los doce en lo que ella tardó en cubrir los primeros ciento cincuenta. Los hizo sin mirar el reloj. Cada uno, al darlo vuelta, recibía en la esquina el pulgar, un golpe seco y redondo, hasta que los dos moldes quedaron vacíos y el último par se asentó en la tierra, brillante, pegajoso, descubierto.
Las primeras gotas cayeron gordas y espaciadas, y sonaron sobre el nylon como puñados de arroz. Genoveva todavía estaba agachada a veinte metros, sujetando el plástico con piedras, y no iba a llegar. Brian se sacó la campera con el logo de la aplicación, la abrió sobre los dos últimos adobes y se quedó de rodillas encima, sosteniéndola por las mangas contra el viento, mientras el valle entero empezaba a oler a lluvia.
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