La aguja de Molfetta

A las siete de la mañana el viento del sudoeste ya le había sacado el gorro a dos turistas y a un cartel de la pescadería, y Ítalo Mazzeo, desde el pasillo de la Banquina Chica, decidió lo que había decidido el resto de las lanchas amarillas: hoy no se sale. Entonces sacó la red.

La tendió sobre los adoquines, entre el cajón de hielo y el bolardo, treinta metros de lámpara de cerco para anchoíta, con las boyas de corcho en fila y el plomo dormido en el otro borde. Había un desgarro cerca del copo, grande como una puerta. Ítalo se sentó en un banquito, se calzó la aguja de madera y empezó a tejer.

Tenía setenta y un años, las manos como cabos viejos y una lancha, la Santa Rita, que se entregaba mañana a las diez. La había comprado un muchacho de Necochea que le pagó en dos veces y le prometió no cambiarle el color. Ítalo no había pedido más. Pero quería entregarla con la red remendada, nudo por nudo, porque en el puerto una red rota es como una puerta sin pestillo: no se le deja a nadie.

—¿Eso se hace a mano todavía? —dijo una voz de nena.

Era una chica de unos diez años, con campera de lluvia fucsia y un helado de dulce de leche que el viento le estaba dando vuelta. Detrás, a lo lejos, los padres sacaban fotos de las otarias que se amontonaban sobre la escollera.

—Todavía —dijo Ítalo, sin levantar la vista—. La máquina no sabe dónde duele.

—¿Y vos sabés?

—Tengo que saber. Mirá: esta malla se abrió porque un cabo la enganchó contra el casco. Entonces no la cierro igual que una que se gastó de vieja. Esa se cose derecha. Ésta se cose cruzada.

La nena se agachó. Olía a sal, a nafta y a pescado frío, el olor de todos los días de Ítalo desde los catorce, cuando su padre, que había llegado de Molfetta con un baúl y una mandolina, le puso la primera aguja en la mano. Ítalo le explicó el nudo: el lazo, la vuelta, el ajuste con el pulgar. La nena lo intentó con un pedazo de hilo que él le dio. Le salió un moño.

—Está lindo —dijo ella.

—Está lindo, pero no pesca.

Se rieron los dos. Sopló una ráfaga que hizo sonar las chapas del techo de la pescadería y levantó una nube de escamas secas. Los tres lobos marinos más cercanos levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si alguien los hubiera llamado por el apellido.

—¿Por qué la vendés? —preguntó la nena, y esa pregunta, hecha así, sin vueltas, le pegó a Ítalo en un lugar que no esperaba.

—Porque mis hijos no quieren pescar y yo no quiero morirme arriba de ella.

—Ah.

Siguió tejiendo. A las diez ya tenía la mitad del desgarro cerrado. La nena se había ido a buscar a los padres y había vuelto con una bolsita de conservas y un pedido: quería ver cómo quedaba. Ítalo le dijo que a las dos, que a esa hora el viento aflojaba.

Aflojó. A las dos menos diez, con el sol saliendo de una grieta de nubes, le faltaban cuatro vueltas. La nena estaba sentada en el cajón de hielo con las piernas colgando. Un lobo joven, flaco, se acercó arrastrándose por el muelle hasta quedar a dos metros de la red y se quedó mirando las boyas con la cabeza torcida.

—No toques —dijo Ítalo, bajito.

El animal olió el corcho. Después olió la aguja. Después apoyó el hocico húmedo sobre la malla ya cerrada y se quedó así, tranquilo, un rato largo, como quien comprueba que algo es sólido.

Ítalo hizo el último nudo. Lo ajustó con el pulgar, cortó el hilo con los dientes y pasó la mano abierta por toda la zona, de punta a punta. No quedaba ni una marca.

—Listo —dijo.

—¿Cómo sabés que quedó bien?

Ítalo miró al lobo, que no se había movido. Miró la Santa Rita, amarilla, cabeceando contra los neumáticos del muelle.

—Porque ya nadie la mira como se mira algo roto.

Al otro día, a las diez menos cinco, dejó la red doblada en la proa, tapada con una lona. No dejó nota. Sobre la lona, apoyada contra una boya, puso la aguja de madera de su padre, con el hilo todavía enhebrado, por si el muchacho de Necochea algún día quería saber dónde dolía.

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