El mate de la vertiente

Teodora Videla llegó al puesto a las seis y diez, con el termo bajo el brazo y las manos metidas en las mangas del poncho. A esa hora el cerro Banderita todavía era una sombra con el borde clarito, y el río Las Cuevas bajaba por debajo del puente de piedra con un ruido de chapa. Hacía ocho grados bajo cero. En Puente del Inca, a dos mil setecientos metros, eso en noviembre todavía se considera una mañana decente.

No fue directo al puesto. Cruzó el camino de tierra, saltó el alambrado flojo y bajó hasta la vertiente, donde el agua tibia sale del cerro y se desliza por una escalerita de costra naranja, amarilla, ocre, hasta tirarse en el río. Se agachó y metió el brazo hasta el codo en la canaleta de madera. Estaba ahí. Seguía ahí.

Once meses atrás había dejado debajo del chorrito un mate de calabaza con virola de alpaca, el de Ismael. El agua, que lleva en suspensión todo lo que le sobra a la montaña, se había ido posando capa sobre capa hasta cubrirlo entero con una piel dura de color zanahoria. Así se hacen en el pueblo los zapatitos de bebé, las botellas, los sombreros miniatura que compran los turistas: se dejan bajo la vertiente y se espera. Ella los vendía desde hacía treinta y dos años. Nunca había hecho uno para ella.

Lo sacó con las dos manos y lo apoyó contra la panza. Pesaba el doble. Estaba tibio.

—¿Ya está? —dijo una voz detrás.

Era Rubén, el del puesto de al lado, con un gorro de lana que le tapaba las cejas y una bolsa de facturas.

—Está.

—Mirá vos. Quedó lindo. —Se acercó y lo giró con un dedo—. Te lo compro ahora mismo. Hoy viene un colectivo de Mendoza y a esos les gusta lo que tiene historia.

—No se vende.

—Teodora, todo se vende acá arriba, es lo único que hay.

Ella no contestó. Subió con el mate hasta el puesto, una tabla larga sobre caballetes con un nylon azul de techo, y lo puso en el centro, entre los zapatitos de bebé y una hilera de llaveritos. Se sentó en el banquito, prendió la garrafa y puso el agua a calentar.

Ismael había sido camionero de la ruta 7. Subía con acoplado hasta el paso, bajaba con cosas de Chile, y los inviernos que cerraban la cordillera se quedaba semanas durmiendo en la cabina, al lado del puesto. Así se conocieron: él le pedía agua caliente para el mate y ella le cobraba con una mala cara que a él le parecía lo mejor del viaje. Se casaron en la capilla chica de acá, la de piedra, un febrero de mucho sol. Murió hace un año y medio, en Uspallata, de un infarto, sentado, con la radio puesta. El mate se lo mandó la empresa dentro de una bolsa con los demás objetos de la cabina. Estaba seco y rajado.

Esa primavera Teodora lo había guardado en un cajón. En diciembre lo sacó, lo miró, y sin explicarle nada a nadie lo puso bajo la vertiente. Quería que la montaña le hiciera algo. No sabía qué.

A las nueve llegaron los primeros autos. A las diez y media, el colectivo de Mendoza escupió a cuarenta personas con camperas de colores y celulares en alto. Se fotografiaron frente al puente, con el cerro de fondo, y después recorrieron los puestos. Una chica se llevó dos pares de zapatitos. Un señor mayor preguntó por el mate.

—Es de muestra —dijo Teodora.

—¿Y cuánto saldría uno así?

—No hago iguales.

El hombre se encogió de hombros y compró un llavero.

A las doce, el cielo del lado de Las Cuevas empezó a ponerse del color de la ceniza. Rubén levantó la vista, olió el aire con la nariz arrugada y empezó a plegar el nylon. Esa tarde cerraban el paso por nevada, lo habían dicho por la radio. El colectivo tocó bocina dos veces y los turistas se subieron apurados, y detrás del colectivo fueron yéndose los autos, uno por uno, hasta que quedó solo el viento y un camión chileno estacionado en la banquina, con las balizas puestas.

El conductor bajó con la gorra en la mano. Tenía la cara cuarteada y un termo igual al de ella.

—Señora, ¿me vendería un poco de agua caliente? Se me quedó el gas en Los Andes.

Teodora lo miró un rato largo. Después agarró el mate cubierto de costra, lo secó con el borde del poncho, lo llenó de yerba hasta arriba y le hundió la bombilla. La yerba se hinchó. El agua entró y salió sin filtrarse por ningún lado: la piel naranja lo había sellado como un cántaro nuevo.

—Tome —dijo—. Pero con cuidado, que ese tiene dueño.

El chileno agarró el mate con las dos manos, tomó, y se quedó callado un instante, mirando el cerro que empezaba a taparse.

—Está tibio por fuera —dijo.

—Sí —dijo Teodora—. Eso hace.

Y le cebó el segundo, mientras empezaban a caer los primeros copos, finitos, sobre la capilla y sobre el puente y sobre la mesa vacía.

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