Aviso para el puesto del Portugués

A las seis y diez, con el cerro Muñoz todavía blanco de granizo y la estufa a gas silbando en un rincón, Elvira Gramajo acomodó el micrófono a la altura de la boca. A los sesenta y ocho años la voz se le afinaba sola con el frío. La cabina era un cuarto de tres por cuatro arriba de una casa de repuestos, frente a la plaza de Tafí del Valle, con cartón de huevera pegado en las paredes y un cartel escrito a mano: «Silencio, estamos al aire».

Del otro lado del vidrio, Joaquín, diecinueve años, pasante, le hacía señas con tres dedos: tres minutos para el tema. Tenía el celular apoyado contra la consola y el termo de mate entre las rodillas.

—Tía, llamó la Marisel —dijo cuando se corrió el auricular—. Desde la maternidad, en Tucumán. Nació la nena. Tres kilos cien. Las dos están bien.

Elvira dejó el mate sobre el estante. Marisel Quipildor era la hija de Nicanor, y Nicanor vivía en un puesto de arriba, más allá de donde la ruta 325 deja de ser ruta y se vuelve huella, en la Quebrada del Portugués. Allá no entraba una barra de señal ni por favor. Entraba la radio. Todas las mañanas, a las seis y media, Nicanor prendía el transistor, que le colgaba del cinturón con un cuero de oveja, y escuchaba el tiempo, los precios del queso y los avisos.

—Se lo mando por WhatsApp a la vecina de más abajo —dijo Joaquín—. Ella le sube el recado.

—Le sube el recado dentro de dos días, cuando baje a la feria.

—Y bueno. Pero hoy tenemos programación hasta las ocho. Y después, en diciembre, todo automático. Ya sabés lo que dijeron. —Se encogió de hombros, incómodo—. No va a haber nadie para leer avisos.

Lo sabía. Treinta y un años de avisos. Había leído que internaron a don Ramón, que el camión de garrafas llegaba el martes, que a la señora de Los Cuartos le dejaron un sobre en el correo. Una vez dio el aviso de un casamiento y a la tarde el novio, que lo había escuchado a caballo, entró a la cabina con el sombrero en la mano para pedirle que repitiera la fecha. Después aparecieron los celulares, y los avisos se fueron achicando hasta quedar en uno por semana, dos como mucho. Esa mañana tenía este, el único que importaba.

—Dame la tanda de las seis y media —dijo.

—Tía, el programa dice…

—Dámela, Joaquín.

Escribió en el reverso de una factura de luz, con letra grande, porque a esa hora todavía no se ponía los lentes. Tachó dos veces. Un aviso no es una noticia, pensó. Es alguien que le habla a otro por encima de un cerro, y tiene que sonar como si el otro estuviera sentado enfrente, con las manos calientes alrededor de una taza.

Se prendió la luz roja. Joaquín levantó el pulgar.

—Buenos días, valle —dijo Elvira, y sintió que los hombros le bajaban dos centímetros—. Son las seis y treinta y dos en Tafí. Tenemos cuatro grados, viento del oeste y el Muñoz con su sombrero blanco, para el que quiera mirarlo. Ahora, un aviso. Aviso para Nicanor Quipildor, del puesto de arriba de la Quebrada del Portugués.

Hizo una pausa. Del otro lado del vidrio, Joaquín dejó de tocar la consola.

—Nicanor, le habla Elvira. Nació su nieta. Nació esta madrugada en Tucumán, pesó tres kilos cien, y las dos están bien. Marisel pregunta por usted. Si puede, baje. Ensille, tome el primer colectivo que encuentre en la plaza, haga lo que tenga que hacer, pero baje. La nena todavía no tiene nombre. Repito, para Nicanor Quipildor: nació su nieta, tres kilos cien, las dos están bien.

Lo repitió una tercera vez, más despacio, y después puso la cumbia que venía en la lista, sin acordarse de cuál era.

Hasta las ocho leyó los precios y el pronóstico, y atendió la llamada de una señora que pedía una zamba para su marido. Joaquín no dijo más nada del programa. A las ocho en punto, Elvira bajó por la escalera angosta con el termo, se paró en la vereda y miró hacia el cerro. Había salido el sol de montaña, ese que calienta la cara y deja fríos los pies. Pensó que era una tontería esperar. Nadie baja de la Quebrada del Portugués en hhora y media. Pensó que no importaba.

Se sentó en el banco de la plaza, debajo del algarrobo pelado, y cebó un mate. Pasaron una camioneta con garrafas, dos chicos con guardapolvo, una vecina con un pan en la mano. Al rato, por la calle de tierra que viene del lado del puente, apareció un caballo bayo, muy despacio, con un hombre petiso arriba, de poncho colorado y sombrero gacho. Tenía la cara cuarteada por el viento y el transistor todavía colgado del cinturón, cantando bajito.

Se detuvo frente al banco. Se sacó el sombrero.

—Doña Elvira —dijo—. Escuché el aviso.

—Lo leí tres veces.

—Lo escuché las tres. —Tragó saliva, y al hablar se le quebró el final de la frase—. Salí a las siete. ¿Me lo puede leer otra vez? Para tenerlo bien.

Elvira se paró. No tenía micrófono ni luz roja, solo la plaza, el frío en los tobillos y un hombre que había bajado una montaña para oír su voz en persona.

—Nicanor —dijo, con la misma voz de las seis y treinta y dos—. Nació su nieta. Tres kilos cien. Las dos están bien.

El hombre cerró los ojos. Después estiró la mano y apagó el transistor, y por primera vez en treinta años el valle se quedó sin radio en su cintura, pero con ella enfrente.

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