El cuaderno verde del fondo

A las cuatro y cuarenta, con la garúa pegada al parabrisas y el olor a gasoil tibio subiendo desde el motor, Dora Ibarra acomodó el espejo interno por última vez. Era jueves. Le quedaban tres vueltas, y después de la tercera iba a entregar la tarjeta de fichar, el termo y el almohadón que usaba para la espalda desde 1994.

En la mesada de la cabina, al lado del teléfono, había un cuaderno de tapas verdes con el lomo reforzado con cinta aisladora. Lo había encontrado tres semanas atrás, en el último asiento del fondo, entre un caramelo pegado y una tarjeta de la obra social. Lo abrió esa noche en la cabecera de Isidro Casanova, solo para buscar un nombre. No encontró ninguno. Encontró columnas.

«Beto, 3 pan, 2 leche. Debe 1.870.» «Doña Nelly, un queso, pagó la mitad.» «Los de la esquina del hospital, cigarrillos sueltos, anoto el viernes.» Las fechas llegaban hasta el 9 de octubre. Después, nada.

—Alguien fía —le había dicho a Marcelo, el inspector, mostrándoselo.

—Alguien fiaba —dijo Marcelo—. Dejalo en objetos perdidos, Dora. Te vas a jubilar con un cuaderno ajeno en la mano.

Objetos perdidos era un cajón de la oficina de González Catán con un paraguas, tres mochilas y una muleta. Dora no lo dejó. Lo llevó en la cabina, vuelta tras vuelta, y cada vez que subía alguien con aspecto de comerciante (bolsa grande, changuito, delantal debajo del abrigo) le preguntaba en voz alta, sin mirarlo, por el espejo:

—¿Perdió un cuaderno verde?

Nadie. Una señora le contestó que ella había perdido un marido, pero hacía quince años y no volvía.

La primera vuelta de esa mañana fue como todas. Subieron las enfermeras del Paroissien que entraban a las seis, tres albañiles con la mezcla de ayer todavía en las zapatillas, un chico con el uniforme de una pizzería. Por la avenida Rosas, con las luces del Metrobús dibujando en el asfalto mojado dos carriles que no eran para ella, Dora pensó en todo lo que ya no iba a ver desde ese asiento: la rotonda de San Justo a las cinco y media, cuando los puestos de diarios todavía bajan los fardos; el puente sobre las vías en Catán; la cola en la parada frente al hospital, gente que se conoce y no se saluda. Treinta y cuatro años manejando la misma línea, con tres micros distintos, dos sindicatos y una sola costumbre: no arrancar hasta que el último pasajero estuviera sentado.

—Hoy es tu último día, ¿no? —le dijo una de las enfermeras al bajar, con un bolso de tela bordado—. Me dijeron.

—Hoy.

—Qué cosa. —Se quedó con un pie en el escalón—. Vas a extrañar esto.

—Voy a extrañar el café de la panadería de Crovara. Esto —y golpeó el volante con la palma— me lo voy a llevar en las manos un tiempo.

Volvió por la avenida con el cuaderno rebotando en la mesada. En la segunda vuelta, a las siete menos diez, ya con el cielo del color de una taza lavada, subieron dos viejos con bolsas de verdura. La tercera era la de las ocho y cuarto, la de los estudiantes de la universidad, y Dora la empezó con una especie de apuro que no le conocía, como si el reloj de la oficina le hubiera cambiado la velocidad.

En la parada de la estación de Isidro Casanova, justo cuando cerraba las puertas, golpearon el vidrio. Un hombre de unos sesenta, flaco, con campera de gabardina y una gorra de la cooperadora, corría con una mano en alto. Dora abrió.

—Perdoná, perdoná —dijo él, jadeando, y pasó la tarjeta por la máquina. La máquina hizo el sonido corto de saldo insuficiente.

—No, no —dijo el hombre—. Si ayer le cargué. Ayer, no. Antes de ayer.

—Pasá, sentate.

—No puedo, hermana, no tengo.

Dora lo miró por el espejo. Tenía las manos cuarteadas de cargar cajones, y una forma de apretar los labios que le era conocida de alguna parte, aunque no sabía de dónde. Sacó su tarjeta de trabajo, la pasó dos veces, y la máquina dio dos pitidos largos.

—Dora —dijo el hombre, leyendo la credencial—. Gracias, Dora. Se la devuelvo mañana.

—Mañana no estoy.

Él se quedó callado con el cuerpo medio girado hacia el pasillo. Era un hombre que no sabía deber sin explicarse.

—Entonces la semana que viene. Soy Ernesto. Tengo un almacén chiquito atrás del hospital, la gente me compra a cuenta. Mi mujer estuvo internada en octubre, en el Paroissien, y perdí el cuaderno. El cuaderno donde anoto. —Se tocó el bolsillo vacío de la campera, como si todavía pudiera estar ahí—. Tres semanas que ando de memoria. Me deben como cuatro mil pesos entre todos y no me acuerdo ni de la mitad.

Dora no dijo nada. Metió la mano debajo del tablero, sacó el cuaderno de tapas verdes con la cinta aisladora en el lomo y lo sostuvo en alto, a la altura del espejo, de modo que él lo viera.

Ernesto se puso de pie en medio del pasillo, con el micro ya en marcha. Una mujer protestó. Otro le dijo que se sentara, que se iba a caer. Él avanzó agarrado de los pasamanos, como se avanza por un puente en la crecida, hasta quedar junto a la cabina.

—Es ese —dijo—. Es ese, hermana. —Tocó la tapa con dos dedos, sin agarrarlo, igual que se toca una cosa que se creía perdida para siempre.

—Estaba en el fondo —dijo Dora—. Entre un caramelo y una tarjeta de la obra social.

—Del PAMI. De mi mujer.

—Lo estuve llevando conmigo tres semanas. Preguntándole a todo el mundo.

—¿A todo el mundo?

—Todos los días. Hasta hoy.

Ernesto abrió el cuaderno en cualquier página. Leyó un renglón moviendo los labios. Tenía los ojos mojados, pero no lloraba. Dora volvió a mirar la ruta y apretó el acelerador despacio, porque venía la curva del Paroissien, la cola de gente bajo el alero, la mano levantada de alguien que no iba a poder subir porque ella ya no estaba.

—Doña Nelly me debe la mitad de un queso —dijo Ernesto, riéndose bajito, para nadie.

—Cobrale —dijo Dora.

Cuando llegó a la cabecera, a las nueve menos diez, los estudiantes bajaron de a uno. Ernesto bajó último, con el cuaderno apretado contra el pecho y la gorra en la mano. Se quedó en el cordón un segundo, como si esperara que ella dijera algo más, y después levantó la mano igual que se saluda a un micro que se va, aunque el micro estaba quieto.

Dora apagó el motor. Marcelo la esperaba en la puerta de la oficina con una caja de facturas de la panadería de Crovara.

—Tu café —dijo—. ¿Y el cuaderno?

—Ya tiene dueño.

Se sacó el almohadón de la espalda. Lo miró un momento, gastado, con el hueco de treinta años en el medio, y lo dejó sobre el asiento, para el que viniera.

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