El número que no quiso Gastón

Noemí Benítez enhebró la aguja a la tercera, con la luz de la ventana entrándole de costado y el olor a ropa mojada subiendo desde el patio. Abajo, alguien golpeaba una chapa para acomodarla. En la Isla Maciel siempre había alguien golpeando algo.

Sobre la mesa de fórmica, entre el mate y la lata de botones, estaba la camiseta. Era vieja, de algodón grueso, lavada tantas veces que el escudo parecía dibujado con agua. En la espalda faltaba el número. Hacía veintidós años que faltaba. Se lo había arrancado ella misma, el día del velorio de Aníbal, sin saber bien por qué, y lo había guardado en un sobre de la farmacia.

El sobre estaba ahora al lado de la taza. Adentro, un nueve de tela blanca, con los bordes deshilachados.

Esa tarde iban a venir los chicos de la séptima división del club. Nada más que para que ella les arreglara los dobladillos de los pantalones, porque la comisión no tenía plata para un sastre. Pero uno de ellos, Gastón, el nieto de la Cuca, la había parado en la puerta de la cancha el domingo.

—Doña Noemí, ¿es verdad que usted tiene la camiseta del Aníbal?

—Tengo la camiseta. El nueve no, el nueve lo tengo guardado.

—Yo juego de nueve —dijo el pibe, y se rascó la nuca—. Bueno, juego de lo que me pongan. Pero me gustaría.

Ella no contestó. Dijo que lo iba a pensar, que pasara el jueves.

Ahora era jueves. A las cinco y diez sonaron los pasos en la escalera de madera, esos pasos de zapatillas que rebotan, y Gastón entró con la bolsa del club colgada del hombro, saludando a la pared antes que a ella.

—Sentate.

—Vine por lo del pantalón, nomás.

—Vos viniste por lo otro. Sentate.

Le acercó la camiseta. El chico la tomó con las dos manos, como se agarra algo que puede romperse, y la dio vuelta. Pasó el dedo por la tela lisa de la espalda, donde el número había dejado un rectángulo apenas más claro.

—Pesa —dijo.

—Es algodón de antes. Ahora todo es poliéster y sudás como en una olla.

Noemí sacó el nueve del sobre y lo apoyó sobre la mesa, alisándolo con la palma. Se quedó mirándolo un rato. Del patio subió el ruido de una pelota contra un portón, tac, tac, tac, y la voz de una madre gritando que bajaran el volumen.

—Tu abuelo era un nueve de los que no corren —dijo, sin levantar los ojos—. Mi marido, digo. Se plantaba en el área y esperaba. Los defensores se cansaban de marcarlo. Un día me dijo: Noemí, el secreto es que la pelota termina viniendo sola.

—¿Y venía?

—Casi siempre. Cuando no venía, se volvía caminando por la calle del frigorífico, con las canilleras en la mano, y yo le calentaba la sopa igual.

Gastón sonrió, y después dejó de sonreír.

—Doña Noemí, yo no sé si soy de esos.

—¿De cuáles?

—De los que esperan. Yo corro todo el partido. Me tiran un pase largo y salgo como loco. El profe dice que soy más un cinco que otra cosa, pero no sé, me gusta llegar.

Ella aprobó con un movimiento corto de cabeza, como quien confirma un precio. Agarró la aguja otra vez.

—¿Y el cinco?

—Lo tiene el Mauro, pero se va a mudar a Sarandí en diciembre.

—Entonces en diciembre vas a necesitar un cinco.

Se miraron. En la pared, el reloj de cocina con forma de tetera marcó las cinco y veinte, con ese zumbido finito que ya nadie escuchaba.

—No quiero que se enoje usted —dijo el chico.

—Yo no me enojo. Me ocupo.

Se levantó con la mano en la cintura, fue hasta el aparador y abrió el cajón de abajo, el de las cosas sin nombre. Revolvió entre carreteles, cintas métricas y un dedal sin fondo. Volvió con otro sobre, más chico, que no había tocado nunca.

—Lo hice en el noventa y ocho —dijo, y le pasó el sobre—. Para el hijo de una vecina que jugaba de cinco. El pibe se fue a trabajar al sur y nunca vino a buscarlo.

Gastón abrió el sobre. Un cinco blanco, algo amarillento, con las puntadas parejas, apretadas, de quien cose sin mirar.

—Es de los que esperan —dijo ella—. Pero de los que esperan corriendo.

El pibe soltó una risa que le salió por la nariz.

—¿Y el nueve?

—El nueve queda en la camiseta de tu abuelo. Digo, de mi marido. En la mía. Se la pongo y la cuelgo atrás de la puerta, donde estaba antes de todo esto.

Cosió. Gastón la miró coser, y cuando ella terminó el primer lado del nueve, le preguntó si podía quedarse un rato a mirar. Noemí dijo que sí, que cerrara la ventana porque venía viento. Afuera, entre los techos de chapa, se veía el hierro anaranjado del puente, con sus remaches grandes como puños, y más allá el brillo gris del Riachuelo que no iba a ningún lado.

A las seis menos cuarto el nueve estaba firme en la espalda de la camiseta vieja. Ella cortó el hilo con los dientes, como siempre, aunque la hija le hubiera dicho mil veces que no.

Colgó la camiseta de un clavo, detrás de la puerta. Después tomó el cinco amarillento, le pasó un poco de agua con una esponja para quitarle el olor a cajón, y lo puso a secar sobre el respaldo de la silla.

—El sábado te lo coso —dijo—. Traeme la camiseta nueva, la que te dieron.

Gastón juntó la bolsa y se la colgó otra vez. En la puerta se detuvo y miró la camiseta del clavo, el nueve recién cosido, con el rectángulo claro detrás que ahora, por fin, tenía algo adentro.

—Chau, doña Noemí.

—Chau, Gastón. Corré, pero fijate adónde.

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