Tres minutos en el aire

Dalmiro Zárate dejó la bicicleta contra el poste de la parada de la Isla Maciel y le sacudió el polvo de carbón al asiento con la gorra, como si fuera a sentarse alguien importante. Eran las siete y media de la tarde de un martes de invierno, a fines de los cincuenta, y el Riachuelo olía a curtiembre, a aceite de barco y a la sopa de alguna cocina que nadie veía.

Marita, su nieta, tenía siete años y una trenza que la madre le había hecho con tanta fuerza que le tiraba las cejas para arriba. Se agarraba de dos dedos del abuelo y miraba hacia arriba, hacia las vigas negras, hacia las torres que se perdían en la oscuridad.

—¿Esto es lo que te llevaba al trabajo? —preguntó.

—Esto. Treinta y un años. Dos veces por día, de ida y de vuelta.

—¿Y por qué hoy no vamos por el puente nuevo?

—Porque hoy vamos a cruzar por acá. Vos te portás bien y no te soltás de mí.

La barquilla colgaba de los cables, pegada a la orilla, con la luz amarilla de un farol de querosén balanceándose adentro. Ya no iba casi nadie. Dalmiro se acordaba de otras épocas: a las cinco y media de la madrugada, la fila de hombres con el jarro de lata y el pan envuelto en un diario, los de la usina, los del frigorífico, los de las carboneras, empujándose en silencio, trescientos o cuatrocientos esperando su turno, y el barquillero gritando «¡Dos más y cerramos!» cuando ya no entraba ni un alfiler. Se decía que cruzaban diecisiete mil por día. Dalmiro nunca había contado. Contar era cosa de los que no tenían apuro.

Esa noche en la barquilla iban ellos dos, una señora con una bolsa de verdura y un muchacho flaco que miraba el piso. Dalmiro pagó con una moneda que había guardado en el bolsillo del chaleco desde la mañana, y el barquillero, un tipo grandote al que le faltaba un dedo, la miró, la sopesó y se rio.

—Don Zárate. Hace una semana que no lo veo.

—Me jubilé, Teodoro. Ahora soy turista.

—Qué turista va a ser, usted.

El motor arrancó con un temblor que subió por los zapatos. La barquilla se despegó de la orilla sin ruido, así de simple, como si la hubieran soltado, y de golpe no hubo suelo. Marita apretó los dedos. Abajo, el agua era una cosa lisa y negra con manchas de aceite que brillaban como charcos de arcoíris sucio. Un remolcador pasó despacio con una lamparita verde en la proa y la estela le meció el vientre a la barquilla.

—Abuelo —dijo ella, bajito—. Estamos en el aire.

—Estamos en el aire.

—¿Y no se cae?

—Hace cuarenta y seis años que no se cae.

Del otro lado, La Boca se prendía de a poco. Las chapas pintadas de verde y de naranja, los balcones de madera, la torre de una iglesia, el humo flaco de alguna parrilla en la calle Almirante Brown. Dalmiro respiró hondo. Desde ese punto, justo a la mitad, a veinte o treinta metros del agua, lo había visto cada día de su vida laboral: primero a oscuras, después con el sol pegándole en el costado de las casas, después otra vez a oscuras, y nunca le había dicho a nadie que era el mejor momento de su día. Eran tres minutos. Tres minutos en los que no le debía nada a nadie. Ni al capataz, ni a la fábrica, ni a su mujer, que en paz descanse. Eran suyos, flotando.

Por eso había ido a buscar a la nena. Ella no sabía qué era eso, pero algún día iba a saber que existía.

—Mirá —le dijo, y le soltó la mano para levantarla en brazos—. Mirá las luces.

Marita miró. Primero con la boca abierta, y después, despacio, con esa cara que ponen los chicos cuando entienden que algo es grande y que van a tener que cargarlo solos. La señora de la verdura miraba para otro lado, discreta. El muchacho flaco levantó la cabeza por primera vez.

—Es lindo —dijo Marita.

—Es lindo.

La barquilla frenó contra la orilla de La Boca con un golpecito suave, y el barquillero abrió la reja. Bajaron la señora, el muchacho, el abuelo con la nena en brazos. Teodoro se quedó parado junto a la palanca, con el dedo que le faltaba apoyado en el metal.

—¿Vuelven? —preguntó.

—Vamos a volver. Una vuelta más, que a la nena le gustó.

—Se lo cobro igual.

—Faltaba más.

Subieron de nuevo. La barquilla se soltó otra vez y en el medio del río Marita dijo, con la cabeza apoyada en el hombro del abuelo:

—¿Algún día va a volver a andar, cuando ya no ande?

Dalmiro pensó en los hombres de la fila, en la usina, en los diecisiete mil, en el puente nuevo de hormigón que se llevaba a todos con sus camiones y sus apuros. Pensó en los años que pueden pasar sobre un fierro grande que nadie toca.

—Capaz que sí —dijo—. Cuando alguien se acuerde de que hay un lugar para quedarse un rato en el medio.

Marita no preguntó nada más. Abajo, el Riachuelo seguía su camino sin apurarse, y sobre el agua negra la luz amarilla del farol iba y venía, iba y venía, como una cuna.

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