La pluma que sabe dónde va

Ofelia Dorrego pegó la pluma número cuarenta y uno de la fila con una gota de adhesivo del tamaño de una lenteja, la sostuvo contando hasta diez y la soltó. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de diciembre, en el galpón del club, y afuera el sol de Gualeguaychú pegaba contra la chapa como si quisiera entrar.

Tenía setenta y cuatro años y llevaba cuarenta emplumando. En la mesa larga había tocados desparramados, cajas de lentejuelas ordenadas por color y un termo con el mate lavado. Del fondo llegaba el ensayo de la batucada, que hacía temblar el vaso de agua de la mesa a cada golpe de repique.

—Abuela, el pegamento ese huele a pera podrida —dijo Tomás desde la puerta, con la mochila colgando de un solo hombro.

—Es acetato. Cerrá la puerta, que entra el calor.

Tomás tenía doce años y ninguna intención de pasar la tarde ahí, pero su madre trabajaba hasta las ocho y en la casa no había nadie. Se sentó en un banquito, sacó el celular y lo guardó enseguida, porque Ofelia lo miró sin decir nada, que era peor que un reto.

Sobre la mesa estaba el tocado de la reina: una corona de casi un metro, armada sobre un alambre que había torcido un soldador del barrio, con plumas teñidas de un rojo que cambiaba a naranja según desde dónde se lo mirara. Faltaba la última hilera, la del borde de abajo. Cuarenta plumas más. Esa hilera tenía que estar lista antes de las diez de la noche, cuando pasaba el camión a buscarlo todo para el ensayo general en el corsódromo.

—Faltan seis horas —calculó Tomás.

—Faltan cinco y media. Y yo hago cuatro plumas por hora cuando no me tiembla la mano.

Se miraron la mano. Ofelia la apoyó sobre la mesa y la dejó quieta un momento, como si le pidiera algo. Los dedos se le habían ido cerrando de a poco en los últimos inviernos. No dolía tanto como cansaba: a la tercera pluma se le aflojaba el pulso, y una pluma mal puesta se notaba desde la tribuna, bajo las luces, con el viento del río moviendo todo.

—Cuarenta por cuatro son diez horas —dijo Tomás.

—Gracias por la cuenta.

Pasó la hora. La batucada paró, volvió, paró otra vez. Entró Rubén, el director de la comparsa, con una carpeta y la cara de quien no durmió, miró el tocado, miró a Ofelia y dijo solamente:

—¿Llegamos?

—Llegamos.

Cuando Rubén se fue, Tomás se puso de pie.

—Mentiste.

—Un poco.

—¿Y entonces?

Ofelia no contestó. Tomó una pluma, le recortó la base con las tijeras finitas y la dejó sobre el paño. Después otra. Después otra. Sin mirarlo, empujó el banquito con el pie hasta ponerlo al lado de la silla.

—Sentate. Lavate las manos con jabón, que la grasa mata el pegamento. Y no respires encima.

Al principio las plumas se le pegaban a los dedos, al guardapolvo, al pelo. La primera quedó chueca y tuvo que despegarla con una gota de solvente. La segunda quedó torcida para el otro lado. Ofelia le sostenía la muñeca con dos dedos, apenas, como se agarra un pajarito.

—No empujes. Apoyá. La pluma sabe dónde va.

—Eso es una frase de póster.

—Es una frase de cuarenta años.

A las siete, Tomás hizo tres seguidas sin que ella le corrigiera nada. A las ocho comió un sándwich de miga con la mano izquierda y siguió con la derecha. A las nueve le dolía el cuello, y Ofelia le trajo un almohadón de la oficina sin decir una palabra. En algún momento ella dejó de supervisar y se puso a acomodar lentejuelas en cajitas, y en algún otro momento él empezó a tararear el repique sin darse cuenta.

A las nueve y cuarenta, faltaba una.

—Esta la ponés vos —dijo Ofelia.

—Abuela, vos tenés que poner la última. Siempre la pone el que empluma, me lo contó mamá.

—Siempre la pone el que empluma —dijo ella—. Y vos emplumaste.

Tomás la miró un rato largo. Después agarró la pluma, le recortó la base, midió el pegamento con el ojo, la apoyó contra el alambre y contó hasta diez moviendo los labios. No empujó. La soltó.

La pluma quedó recta, roja de un lado y naranja del otro, según desde dónde se mirara.

Afuera sonó la bocina del camión. Rubén entró con dos muchachos, levantaron el tocado entre los tres con un cuidado que no usaban ni para sus hijos, y se lo llevaron por el medio del galpón. Tomás se quedó mirando la puerta.

—¿Lo van a ver desde ahí?

—Desde la tribuna del fondo, que es la más barata —dijo Ofelia—. Pero se ve.

Juntó las tijeras, tapó el frasco de acetato y barrió con la mano las puntas cortadas de plumas que habían quedado sobre la mesa. Una, la más chica, se le había prendido del guardapolvo. La despegó con dos dedos y se la guardó en el bolsillo.

—¿Y esa?

—Es tuya —dijo, y se la puso en la oreja, como un lápiz de carpintero—. Mañana a las cuatro. Traé el almohadón.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *