A las cuatro y media de la mañana, con el aire del puerto oliendo a gasoil, a sal y a cajón mojado, Nicola Barone bajó por la calle 12 de Octubre con el termo bajo el brazo y una bolsa de nylon en la otra mano. Tenía setenta y ocho años y las rodillas de quien pasó cincuenta arriba de una lancha. Atrás quedaban las casas bajas del barrio, con las persianas cerradas y las luces de las cocinas recién prendidas.
En la banquina, las lanchas amarillas esperaban amarradas de a pares, golpeándose despacito contra los neumáticos viejos. Una de ellas, la tercera, tenía el casco recién lijado y un cartel de cartón pegado con cinta en la borda: SE VENDE.
—Nonno, ¿qué hacés acá? —Matías estaba parado en cubierta con un balde de carnada y la cara dura de los que no durmieron—. Te dije que no vinieras.
—Vine a ver el motor.
—El motor está bien. Lo cambié hace dos años.
—Por eso. Quiero ver cómo suena un motor que yo no elegí.
Matías lo miró un rato largo. Después le tendió la mano y lo ayudó a bajar, y Nicola sintió debajo de la suela la madera blanda y conocida, el temblor de una cubierta que respira. Se sentó en el cajón de proa. Nadie le había dicho que el cuerpo se acordaba así.
—Vendés a fin de mes —dijo.
—Vendo a fin de mes. Nono, no hay pescado. Salgo diez millas y vuelvo con tres cajones de caballa y la nafta me cuesta más que lo que traigo. Lo hablamos veinte veces.
—Lo hablamos veinte veces —repitió Nicola, y destapó el termo—. Salí. Yo no te pido que no vendas. Te pido que salgas, y yo me quedo callado en la proa.
—¿Callado vos?
—Callado.
Matías soltó las amarras. El motor arrancó con una tos grave y se acomodó, y la lancha se separó de la banquina con ese movimiento torpe de las cosas pesadas que de golpe flotan. Pasaron frente a la escollera. Sobre las piedras, los lobos marinos se amontonaban como bolsas oscuras, y uno levantó la cabeza y soltó un bufido largo, de viejo que se queja del frío. Nicola lo saludó con el pocillo.
Afuera, la ciudad se fue apagando en un collar de luces chicas. El cielo todavía no era cielo. Era una raya gris que se abría de a poco sobre el agua, y Nicola, que durante años había dicho que el mar de la mañana no se mira, se hace, se quedó mirándolo como si le tocara por primera vez.
—Tu padre no quiso seguir —dijo, sin darse vuelta—. Yo no se lo reproché. Vos tampoco sos un traidor.
—No dije nada.
—Lo pensás fuerte. Se te oye desde acá.
Matías largó una risa corta por la nariz. Navegaron un rato sin hablar. Cuando llegaron al lugar donde el fondo cambia de color, Matías apagó la marcha y la lancha quedó cabeceando, mansa. Armaron las líneas juntos, sin discutir quién ataba qué. Nicola preparó el anzuelo con una carnada que no le pesaba en las manos, y la tiró por la borda con ese giro de muñeca que nunca le enseñó nadie y que había heredado de su propio padre, allá en Molfetta, cuando tenía nueve años y el único mar era el de los otros.
Esperaron. El agua lamía el casco con un ruido de lengua. Salió el sol detrás de una nube baja y todo el casco se puso amarillo, un amarillo que no era de pintura sino de luz, y Nicola entendió por qué los turistas sacaban tantas fotos desde la banquina sin saber nada de lo que costaba sostener ese color.
—Picó —dijo Matías.
—Es mío.
—Nono, es mío, estoy más cerca.
—Es mío. Yo estaba esperando.
Recogieron la línea entre los dos, mano sobre mano, y subió una caballa flaca, brillante, que se sacudió una vez sobre la madera y quedó quieta. Nicola la miró. Era del tamaño de su antebrazo.
—Una —dijo—. Mirá vos. Una sola.
—Pasa que ahora es todo así.
—Pasa que siempre fue así. Lo que cambia es cuántas personas sobreviven a eso.
No dijeron más. Matías dejó la caña sobre la borda y se quedó mirando el horizonte con los ojos apretados. Después se sentó al lado de su abuelo, en el cajón de proa, y le sacó el pocillo de la mano para servirse café.
—No sé si quiero venderla —dijo al fin, bajito, como quien tantea una pared de noche.
—Yo no te lo pedí.
—Ya sé que no.
—Hacé lo que tengas que hacer. Pero fijate que cuando la vendas, que no sea por miedo. Que sea porque ya sabés lo que te gusta y no es esto.
Matías no contestó. Se puso de pie, caminó hasta la cabina y volvió con el cartel de cartón que había arrancado de la borda antes de salir, sin que nadie lo viera. Lo miró un momento, lo dobló en cuatro, se lo guardó en el bolsillo del buzo.
De vuelta, los dos de pie junto al timón, la lancha entró por la boca del puerto con el sol ya alto, el motor sonando redondo, los lobos marinos acomodándose en las piedras. En la banquina, alguien lavaba cajones con una manguera y el agua corría gris hacia la rejilla. Nicola llevaba la caballa en la bolsa de nylon, una sola, y la sostenía con el cuidado con que se sostienen las cosas que valen más de lo que pesan.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Matías.
—Esta noche la hago a la parrilla, con limón. Y vos venís a comerla.
La lancha rozó los neumáticos de la banquina y Matías saltó con la amarra. Nicola se quedó un segundo más arriba, con una mano en la borda amarilla, escuchando cómo el agua se acomodaba debajo del casco, y dijo en voz baja una palabra del dialecto que ya casi nadie en el barrio sabía decir. Nadie la oyó. El mar sí, que siguió moviéndose contra la madera, como hace siempre con lo que le es propio.
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