A las siete y diez, Lucho Gutiérrez ya había lavado el Corsa por fuera y por dentro, porque esa semana en Trelew nadie subía a un remís sucio. Octubre traía el viento de siempre, el que desacomoda los semáforos, y traía también a los visitantes del Eisteddfod. Los reconocía por los abrigos de buena calidad y por la costumbre de dar las gracias dos veces.
Sobre el tablero, pegado con cinta, tenía un papel con letra de nena: «Jueves 17:45. Salón Cincuentenario. No llegues tarde, papá». Abril tenía nueve años y se había anotado en recitación infantil. Llevaba tres semanas diciendo el mismo poema frente al espejo del baño, y Lucho se lo sabía de memoria sin haber entendido nunca bien de qué trataba.
Entró un llamado a la central. Una señora en el hotel, destino Gaiman, Plaza de los Colonos, antes de las nueve y media.
—Dieciséis kilómetros por la Ruta 25 —dijo Lucho al abrirle la puerta—. Llegamos con tiempo.
La mujer se llamaba Eluned y venía de Gales. Tenía el pelo blanco cortado a la altura de la mandíbula y un español de diccionario, cuidadoso, con las erres demasiado blandas. Apoyó sobre las rodillas una carpeta de plástico transparente.
—Gorsedd —dijo, y señaló hacia adelante—. Hoy. Quiero ver. Mi abuela hablaba de Gaiman. Nunca vino.
—Entonces la llevo directo.
El valle pasaba por la ventanilla en franjas: el amarillo seco de la meseta, después los álamos y los sauces, y los canales con agua quieta entre las chacras. Eluned miraba todo como si estuviera tomando nota. En un puente sobre el río Chubut pidió que frenara un segundo. Lucho frenó. Ella bajó el vidrio, escuchó el agua y lo subió.
—Gracias.
—De nada.
—No. Gracias —repitió ella—. En galés es diolch.
—Diolch —dijo Lucho, mal, y a ella le dio risa.
Llegaron a la plaza a las nueve y cuarto. Ya había gente de pie en círculo, algunos con capas, otros con campera de feria, y un olor a pasto húmedo y a café de termo. Eluned pagó y se quedó con la mano en la manija de la puerta.
—¿Puede esperar? —preguntó—. No sé volver. Mi teléfono no tiene señal. Pago la espera.
Lucho miró el reloj del tablero. Las 9:17. La ceremonia duraría una hora, calculó, hora y media con los discursos. De Gaiman a Trelew eran veinte minutos. Tenía de sobra.
—La espero en la esquina, bajo los sauces.
La ceremonia duró dos horas y diez. Él la miró de lejos, apoyado en el capó, sin entender las palabras pero entendiendo el orden: alguien decía algo en galés, alguien respondía, todos esperaban un poco antes de aplaudir. Cuando Eluned volvió, tenía los ojos rojos y la carpeta apretada contra el pecho.
—Mi abuela —dijo, y no pudo seguir. Lucho abrió la puerta de atrás sin hacer preguntas.
A mitad del camino de vuelta, ella le pidió que pasara por la casa de té. Tenía hambre y prometió que sería rápido. No fue rápido. Una mujer de delantal le sirvió una torta oscura, húmeda, con fruta seca, y Eluned le contó en un español de tres palabras y mucha mímica que la receta era casi la de su abuela. Lucho tomó un café parado junto a la puerta y miró el reloj cada cuatro minutos. A las 14:30 ella quiso ver la vieja estación convertida en museo. A las 16:10 quiso ver un túnel.
A las 16:40, en la ruta de vuelta, el Corsa empezó a tironear hacia la derecha. Lucho tuvo ganas de insultar al universo entero, pero sacó el auto a la banquina, bajó, y encontró la goma delantera sin aire. Eluned bajó también y se quedó mirándolo con el desconcierto de quien no tiene nada para ofrecer.
—Cinco minutos —le dijo Lucho, aunque no estaba seguro.
Fueron ocho. Cambió la rueda con las manos sucias y el viento tirándole el pelo a la cara. Cuando subió, eran las 17:03.
Aceleró. En el semáforo de Gales y Belgrano, ya en Trelew, apretó el volante con las dos manos. Eluned lo miraba de costado.
—¿Su hija? —preguntó de pronto.
Él no le había contado nada. Ella señaló con la barbilla el papel pegado en el tablero, y leyó despacio, trabándose: «No llegues tarde, papá».
—Hoy —dijo Lucho—. A las cinco y cuarenta y cinco.
—Entonces vamos a San David. No al hotel.
—Señora, el hotel le queda…
—Yo camino. Vamos.
Frenó frente al salón a las 17:52. Eluned se bajó primero, rápido para su edad, y ya en la vereda se dio vuelta con la carpeta en la mano.
—Un momento —dijo. Sacó una hoja del interior, escribió algo con lapicera, la arrancó y se la dio—. Para ella. Para después.
Lucho entró corriendo al Cincuentenario. Adentro había sillas de plástico, olor a calefactor y una nena de rulos al fondo, de pie sobre un escalón, esperando su turno con las manos apretadas. Abril lo vio. No hizo nada, ni siquiera sonrió, pero le cambió la cara. Se paró derecha. Lucho se quedó atrás, contra la pared, todavía con grasa en las manos.
La nena anterior terminó. Abril dijo su nombre, dijo el título del poema, y empezó. Lucho entendió esa vez de qué trataba: de una casa a la que alguien vuelve después de mucho tiempo, y de que la luz seguía prendida. Ella lo dijo sin trabarse, mirándolo a él, hasta el último verso.
Después, en la vereda, Abril lo abrazó por la cintura y preguntó dónde había estado. Él le dio la hoja de la señora. Eluned había escrito, con letra inclinada, una sola frase en galés, y debajo la traducción:
«Nos da, Abril. Tu papá manejó todo el día para llegar a oírte.»
La nena la leyó dos veces, la dobló en cuatro y se la guardó en el bolsillo del guardapolvo. Después le tomó la mano manchada de grasa, sin preguntar nada, y caminaron hacia el auto con la goma de auxilio todavía en el baúl.
Leave a Reply