Marcelina Colque se despertó a las cuatro y media porque el aire había cambiado de sabor. No era frío todavía. Era ese filo seco que a fines de abril, en Cachi, se mete por la rendija de la puerta de adobe y le avisa a la gente de campo lo que el pronóstico de la radio no se anima a decir.
Se puso el poncho encima del camisón, calzó las ojotas con medias de lana y salió al patio. Arriba, las estrellas estaban demasiado nítidas. Contra el cielo, el Nevado de Cachi era apenas un diente más oscuro que el resto.
Fue hasta la cancha de secado con la linterna entre los dientes. Ahí estaban, tendidos sobre la malla que ella misma había atado a las estacas, a veinte centímetros del piso de piedra, los pimientos del tercer secado: los chiquitos, los últimos que dio la planta, los que quedan menos picantes y dejan menos polvo en la molienda. Once días de sol llevaban. Les faltaban cuatro, tal vez cinco, hasta que se desarmaran entre los dedos como papel quemado.
Se agachó y agarró un puñado. Estaba húmedo de rocío y frío como un pescado. Si helaba esa noche, y ella sentía en las rodillas que iba a helar, la escarcha se los comía. Cinco kilos de fresco para hacer uno de seco, le había explicado su marido, que en paz descanse, cuando ella era una piba recién casada: cada kilo que se perdía era una semana de trabajo.
Midió con los ojos la cancha. Treinta pasos de largo, doce de ancho. Tenía dos lonas de plástico en el galpón. Con una no alcanzaba, y la otra estaba rota en una punta.
—Marcelina.
Se dio vuelta con el corazón en la boca. En la tranquera, con una frazada sobre los hombros y la gorra de lana hasta las cejas, estaba Nolasco Burgos. Hacía siete años que no se hablaban. Todo por el turno del agua: un sábado de la sequía, él había abierto la compuerta de la acequia veinte minutos antes de la hora y le había dejado la hilera de pimientos de abajo con sed. Lo demás lo habían hecho los años y el orgullo.
—¿Qué hacés acá a esta hora? —dijo ella.
—Lo mismo que vos, supongo. Vi la luz de la linterna. Va a helar.
—Ya sé que va a helar.
Nolasco se quedó parado, con las manos metidas en las mangas. Miró la cancha, miró las lonas enrolladas junto a la pared del galpón.
—Yo tengo tres lonas buenas. De las gruesas, de las del año pasado. Y a mi sobrino lo mando a buscar a la Tere, que tiene otra.
—No necesito nada.
—No te lo estoy ofreciendo. Te lo estoy diciendo.
Hubo un silencio largo, con el ladrido de un perro lejano y el rumor finito del agua en la acequia de la calle. Marcelina apretó el puñado de pimientos hasta que le dolió la palma.
—Traelas —dijo.
Mientras él se iba, ella arrastró la lona rota hasta el borde de la malla. Con la aguja grande y el hilo encerado del canasto de coser le remendó la punta, a oscuras, con las manos ya entumecidas. A las cinco y media volvió Nolasco, empujando una carretilla con tres lonas dobladas, y detrás vino el sobrino, un flaco de diecisiete años que bostezaba con la boca abierta, cargando otra más. Después llegó la Tere con la suya, y detrás de la Tere, sin que nadie lo hubiera llamado, un vecino de más arriba que ella no conocía bien.
Se pusieron en fila a los cuatro costados de la malla. Nadie hablaba. Marcelina desenrolló la primera lona y la tiraron entre todos sobre los pimientos, con cuidado de que no rozara la fruta, levantando los bordes sobre las estacas para que quedara un colchón de aire. Después la segunda, solapada con la primera. Después la tercera. Para clavar los bordes usaron las piedras de canto rodado que había juntado ella en el río hacía treinta años, para cercar el almácigo.
Fue Nolasco el que se quedó con la última esquina, la que daba al cerro, donde el viento entraba más fuerte. Se arrodilló y acomodó la piedra con las dos manos, a la antigua, y cuando se levantó le crujieron las dos rodillas al mismo tiempo.
—Todavía te acordás de hacerlo bien —dijo Marcelina.
—Y vos todavía tenés la acequia sucia en la entrada —contestó él, y casi sonrió.
A las seis ya clareaba. Entre los cerros se abrió una rendija color durazno y las lonas parecían un lago de nailon azul, quieto sobre el piso de piedra. La Tere se fue a su casa a hacer el pan. El sobrino se sentó contra el muro, con la cabeza gacha, a dormir de pie. Marcelina entró a la cocina, prendió el fuego, puso la pavita y sacó cuatro tazas del estante.
Tomaron mate cocido con pan de ayer, parados en el patio, mirando la cancha. El vecino de más arriba dijo que él se acordaba de una helada así en tiempos de su padre, y que se había perdido todo. Nolasco dijo que no, que había sido en otro año. Discutieron un rato, cada uno con su fecha. Marcelina no los escuchó: tenía los ojos en la esquina del cerro, donde la luz del sol empezaba a bajar por la ladera y a tocar el borde de las lonas.
Esa noche, a las nueve, la escarcha cayó sobre el valle como una mano de cal. A la mañana siguiente las hojas de los álamos estaban duras y blancas, el agua de la acequia tenía una costra fina, y sobre las lonas había una capa de cristalitos que brillaban con el primer sol. Marcelina levantó una punta con cuidado. Abajo, tibios, secos, todavía rojos, estaban los pimientos.
Agarró uno y lo apretó entre el pulgar y el índice. Se deshizo sin ruido, y una nube finita de polvo colorado se le quedó pegada en los dedos y en el puño del poncho.
Se lo llevó a la nariz. Olía a tarde, a sol, a la cocina de su casa cuando había gente. Del otro lado de la tapia, alguien estaba abriendo la compuerta de la acequia, justo a la hora que correspondía.
Leave a Reply