Hilda Gorosito metió el brazo en la batea hasta el codo y sacó un manojo de plumas que goteaba un agua color uva. Era el tercer lunes de marzo y el galpón de la calle Rocamora, a dos cuadras del corsódromo, olía a jabón blanco, a pegamento y a ese perfume dulzón de pluma mojada que no se parece a nada, salvo a una gallina bajo la lluvia.
—Esas ya no dan más, Hilda —dijo Raúl, que desarmaba espaldares en la mesa de al lado con una pinza de depilar—. Tienen quince años.
—Dieciséis. Las puse yo por primera vez.
—Y están flacas. Mirá.
Tenía razón. Las barbas se le habían ido pelando de tanto teñir, secar y volver a teñir. Pero la regla del taller era clara y la repetía la tesorera cada vez que se hablaba de plata: lo que sirve se guarda, lo que no sirve se descarta, y lo que se descarta no se regala, porque una pluma suelta afuera del galpón es una pluma que alguien va a mostrar como si fuera de ellos.
Hilda llevaba treinta y un años en el taller de vestuario. Había empezado cosiendo lentejuelas de a una, con aguja fina y una lupa colgada del cuello, y de ahí había pasado al teñido, que era el trabajo de nadie: hacía frío en la pileta, las manos terminaban de colores y no había aplausos. Su lugar en el carnaval era un fondo de baldes y ollas enormes, con una radio de AM que a las once siempre pasaba chamamé.
A las cuatro de la tarde se abrió la puerta chica y entró su nieta. Candela, nueve años, con el guardapolvo todavía puesto y la mochila de ruedas arrastrando un ruido de piedritas.
—Abuela, el viernes es el acto de los Pueblos Originarios y la seño dijo que cada uno traiga algo para el disfraz. Yo quiero una pluma.
—¿Una pluma?
—Una de las tuyas. Pero que sea azul.
Hilda se secó las manos en el delantal despacio, como se hace cuando se gana tiempo.
—Candela, esas plumas son de la comparsa.
—Una sola.
—Es que no es mía.
—Pero vos las tenés todo el día.
La nena no discutía: dejaba caer las frases y esperaba. Hilda la conocía de memoria. Le sirvió un vaso de jugo, le puso un paquete de galletitas Express sobre la mesa y se quedó mirando las plumas de la batea, que flotaban como algas cansadas.
Después, cuando Candela se fue a dibujar al fondo con los lápices de Raúl, Hilda hizo algo que no había hecho nunca. Separó del descarte una pluma de avestruz, la más ruinosa de todas, de barba rala y raquis torcido, y la dejó aparte, en una bolsa de nylon. Tampoco se la guardaba, pero tampoco la tiraba.
Esa noche cerraron a las ocho. Raúl se fue en la moto y Hilda se quedó sola con la radio apagada. Encendió la hornalla grande, puso agua a calentar en la olla de aluminio y buscó en el estante de abajo los frascos de anilina que sobraban de la temporada: restos de rojo, de verde manzana, de amarillo huevo, un fondo de turquesa. De azul de verdad quedaba una cucharada, pegada al vidrio como una costra.
La disolvió con vinagre, probó el calor con el dorso del dedo, y metió la pluma. La sacó a los diez minutos. Había quedado de un celeste desparejo, con una veta verdosa a lo largo del raquis, como un pedazo de río visto desde un puente.
—Cualquier cosa —dijo en voz alta, a nadie.
La colgó a secar con una broche de ropa en el alambre del fondo, entre dos espaldares tan grandes que parecían velas, y se fue a su casa a cenar un guiso de fideos recalentado.
A la mañana siguiente Raúl llegó primero. Cuando Hilda abrió la puerta, lo encontró parado frente al alambre, con las manos en la cintura.
—Esto no estaba ayer.
—No.
—Hilda, ese color no lo tiene ninguna comparsa.
—Ya sé.
—Es el del río a las seis de la mañana, cuando todavía no sale el sol.
Hilda no contestó. Descolgó la pluma. Ya estaba seca, liviana, y al darla vuelta contra la luz de la ventana largaba un brillo extraño, de agua quieta.
—Es un descarte —dijo—. La tesorera misma lo anotó en la planilla. Quince años de lavado, no da para otra cosa.
Raúl se rascó la cabeza, miró la puerta chica, miró el reloj de pared que atrasaba cinco minutos, y volvió a su mesa sin decir nada. Tomó la pinza, abrió el espaldar que tenía delante y empezó a contar plumas en voz baja, con una paciencia que parecía hecha a propósito para no ver.
El viernes, Hilda fue al acto con la pluma envuelta en una servilleta de papel. En el patio de la escuela hacía un sol de otoño tibio, olía a pasto cortado y a pochoclo de la cooperadora. Candela salió con una vincha de cartulina y un vestido de morley verde, y la abuela, en la fila de sillas plásticas, le ató la pluma al costado con un hilo de coser, dos puntadas rápidas y un nudo de costurera.
—¿Es de las del carnaval? —preguntó la nena, con la voz bajita.
—Fue.
—¿Y ahora?
Hilda lo pensó. En el patio una maestra pedía silencio con un silbato, y las madres levantaban los celulares.
—Ahora es tuya. Cuidala, que es la única de ese color que existe.
Candela asintió con toda la seriedad de sus nueve años y se fue al escenario. Cuando le tocó el turno, giró en el lugar, y la pluma dibujó en el aire una línea celeste con una veta verde, un río chiquito que le daba la vuelta a la cabeza.
Hilda aplaudió con las manos todavía manchadas de anilina. En el galpón, el lunes, iba a anotar en la planilla una pluma menos. Después, a la hora del mate, pensaría si no convenía guardar los restos de azul en un frasco aparte.
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