Lo de siempre

El último pedazo estaba en la lata de galletitas Canale, envuelto en papel manteca y después en un repasador a cuadros, arriba del ropero, donde Gwen lo había puesto cuarenta y nueve veces. Rubén Contreras lo sabía sin necesidad de subirse a la silla. Lo que no sabía era cuánto clavo de olor llevaba la torta.

La receta estaba escrita con lápiz en una ficha de cartulina que se había ido poniendo del color del té. Pasas de uva, medio kilo. Nueces, medio kilo, rotas con la mano, nunca picadas. Fruta abrillantada, lo mismo. Azúcar negra, manteca, harina, un chorro generoso de whisky. Y al final, con la letra apurada de alguien que no pensaba morirse: «Especias, lo de siempre».

—Lo de siempre —le dijo Rubén a la cocina vacía—. Qué fácil, Gwen.

Afuera el viento de octubre peinaba los álamos de la chacra y levantaba un polvo fino que se metía por la ventana mal cerrada. El canal que pasaba por el fondo bajaba lleno, marrón, con el agua que esa semana le tocaba de turno. Rubén había abierto la compuerta a las seis de la mañana, como hacía hacía cincuenta años, y después se había quedado mirando el agua entrar a la alfalfa como si esperara que le dijera algo.

Gwen había presentado su torta negra en el Eisteddfod todos los años desde 1981. Nunca ganó. Le daban mención, a veces un segundo puesto, y ella volvía de Trelew en el Falcon con la cinta en la falda y una paciencia que a él lo sacaba de quicio.

—El jurado es de Madryn, Rubén. Le gustan con cacao.

—Y ponele cacao.

—Está prohibido el cacao.

Ella se reía y ponía la pava. Él, hijo de un esquilador de Chiloé que había llegado al valle sin saber decir buenos días en castellano y menos en galés, nunca había entendido del todo esa terquedad de los Jones. Se casaron en la capilla Bethel en octubre de 1976, con los álamos recién brotados, y la madre de Gwen horneó la torta de la boda y le guardó a la pareja una parte en esa misma lata. Cada aniversario cortaban una tajada finita, del ancho de un dedo, y se la comían con té, sentados en el banco del patio. Lo que sobraba volvía al ropero. Cincuenta años, decía la suegra. Si llegan a los cincuenta, se terminan la torta.

Llegaron a cuarenta y nueve. En marzo Gwen se agachó a sacar una bandeja del horno y ya no se levantó sola.

Ahora faltaba una semana para el sábado de las competencias y Rubén había anotado su nombre en la categoría de cocina. Lo había hecho sin pensar, en la secretaría de la Asociación San David, delante de una chica de anteojos que le preguntó dos veces el apellido. Tenía que dejar la torta el lunes, entre las cuatro y media y las seis. No había horneado nunca nada que no fuera pan casero, y el pan le salía como ladrillo.

La primera torta le quedó cruda en el centro. La segunda, quemada abajo, porque se olvidó el baño María. La tercera tenía tanto clavo que le adormeció la lengua y la tiró a las gallinas, que tampoco la quisieron. Por la cocina pasaban los olores de cuarenta y nueve otoños y ninguno era el correcto. La canela estaba. La nuez moscada, rallada con el rallador chiquito de Gwen, estaba. Pero faltaba algo, o sobraba, y él no podía saber qué.

El jueves vino Nélida, la vecina de la chacra de al lado, con un frasco de dulce de cereza y la mirada de quien ya está al tanto de todo.

—Me dijeron que estás haciendo tortas.

—Me dijeron que andás diciendo cosas.

Ella olió el aire, olió la cuarta torta sobre la rejilla, partió una esquina con la uña y la probó con los ojos cerrados.

—Le falta tiempo —dijo—. La torta negra no se come el día que se hace, Rubén. Tiene que estacionarse. Envolvela y dejala tranquila.

—No hay tiempo. El lunes la tengo que llevar.

—Entonces no es la de Gwen. Es la tuya. Tampoco está mal.

Cuando Nélida se fue, Rubén se quedó un rato largo mirando el ropero. Arriba estaba la única prueba que quedaba en el mundo de cómo era lo de siempre. Bastaba con bajar la lata, desenvolver el papel, probar una miga. Una sola. Y entonces sabría.

Acercó la silla. Se subió. Tocó la lata con la punta de los dedos, fría, con la pintura saltada en las esquinas donde Gwen la había agarrado tantas veces. No la bajó.

—Es para el aniversario —dijo, y se bajó de la silla.

Esa noche horneó la quinta. Menos clavo, apenas dos, molidos en el mortero. Un poco más de nuez moscada, porque le pareció que a Gwen le gustaba el olor del rallador en las manos. El whisky lo puso al final, después de apagar el horno, con una cuchara, como ella. La envolvió en papel manteca y en un repasador limpio, y la dejó tres días en la alacena, sin abrirla, como quien deja dormir a un chico.

El lunes manejó hasta Trelew por la ruta, con la torta en el asiento del acompañante y el cinturón de seguridad pasado por encima, porque le dio vergüenza que se golpeara. En la Asociación San David había una fila corta de señoras con fuentes tapadas que lo miraron con curiosidad y algo de ternura. La chica de anteojos le dio un número y le dijo que el jurado no sabía de quién era cada torta.

—Mejor —dijo Rubén.

El sábado no fue. Escuchó por la radio que el primer premio de cocina se lo habían llevado unas pastas de Dolavon, y que en torta negra había ganado una mujer de Rawson. No dijeron nada de un hombre de Gaiman. Rubén apagó la radio y siguió pelando papas.

El aniversario cayó un martes. Rubén puso la pava, sacó dos tazas del aparador, después guardó una. Se subió a la silla y bajó la lata.

El papel manteca crujió como hojas secas. Adentro había un pedazo oscuro, brillante, del ancho de dos dedos, porque Gwen nunca había respetado la regla de cortar finito. Lo partió por la mitad. Lo mordió.

Era dulce y era viejo y era, sobre todo, nuez moscada. Mucha más de la que él había puesto. Casi nada de clavo.

Rubén se rió solo, con la boca llena, en el patio donde el viento empezaba a calmarse. Después fue a la alacena, cortó una tajada de su propia torta, la que le había sobrado al jurado, y la puso al lado, en el mismo plato.

—Para el año que viene —dijo—. Ya sé lo que le falta.

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