El buje de don Aurelio

A las seis de la mañana, en El Maitén, el aire todavía huele a fuel oil frío y a leña mojada. Aurelio Nahuelquir se calzó la campera de abrigo, se metió en el bolsillo un calibre que tenía más años que su hija y salió caminando hacia los talleres. Hacía tres años que se había jubilado. Hacía tres años que no entraba sin que alguien le diera permiso.

El portón estaba entornado. Adentro lo esperaba Marcelo, el jefe de taller, con una taza de mate cocido en cada mano.

—Llegaste temprano —dijo Marcelo.

—Las piezas no se hacen solas, che.

Sobre el banco, envuelta en un trapo, estaba la bomba de agua de la locomotora, desarmada como un reloj. Faltaba una sola cosa: el buje de bronce donde gira el eje. El viejo se había gastado hasta quedar flojo, y de repuesto no había nada. Ni en el depósito, ni en Jacobacci, ni en ningún catálogo de este lado del mundo. Las máquinas habían llegado hacía un siglo desde Cassel y desde Filadelfia, y las fábricas que las armaron ya no pensaban en ellas.

—Lo podría hacer el pibe nuevo —dijo Marcelo, sin mucha convicción—. Pero se pone nervioso con el bronce.

—El bronce no se nota nervioso al que lo tornea. Se nota el que no lo escucha.

Marcelo sonrió y señaló el torno del fondo con el mentón. Era el mismo de siempre, con la manivela gastada justo donde Aurelio apoyaba la palma.

Pasó la primera hora midiendo. Con el calibre, con los dedos, otra vez con el calibre. Anotó los números en un papel de estraza que sacó del bolsillo, con una letra apretada que usaba desde los diecisiete años, cuando entró de aprendiz y lo pusieron a barrer virutas durante un invierno entero antes de dejarlo tocar una herramienta. Había aprendido de otro viejo, un tal Cárdenas, que decía que el tornero se hace con las orejas: el filo canta distinto cuando la pasada es buena.

Cuando por fin encendió el torno, el taller entero cambió de ruido. Los muchachos dejaron de hablar. Alguien bajó la radio. El bronce empezó a soltar una viruta fina, dorada, que caía en espirales sobre la bandeja y brillaba bajo el tubo de luz como pelo de un animal pequeño.

—Tenés pulso todavía —murmuró Marcelo, que se había quedado a mirar.

—Tengo pulso. Lo que ya no tengo es la espalda.

Se sentó en un banquito y siguió trabajando así, medio encorvado, con la lengua entre los dientes.

Al mediodía sonó la bocina del tren desde la estación. Era el servicio de los turistas que venían a ver los talleres antes de salir, esos que sacan fotos de las llaves inglesas colgadas y preguntan si es verdad que todo se fabrica a mano. Aurelio no levantó la vista. Escuchó los pasos, las voces en otros idiomas, el clic de las cámaras. Alguien dijo algo en alemán, quizás una broma, quizás una pregunta. Una nena se acercó al torno con los ojos muy abiertos y él, sin parar la máquina, le mostró con el dedo la viruta que caía.

—¿Eso es oro? —preguntó la nena.

—Casi. Es bronce. Pero hoy vale lo mismo.

La nena se fue corriendo a contarle a la madre.

A la tarde llegó el momento más difícil, el que no se enseña: la última pasada. Un quinto de milímetro de más y el buje queda ajustado y la bomba se traba. Un quinto de menos y pierde, y en la primera subida del ramal se calienta todo. Aurelio frenó el torno, limpió la pieza con un trapo, la acercó a la oreja como si fuera a escuchar un caracol. Nada. Era una costumbre, no un método.

La puso en el calibre. Entró justa, con esa resistencia suave que no se puede explicar.

—Listo —dijo.

Nadie aplaudió. En el taller no se aplaude. Marcelo agarró la pieza con dos dedos, la giró bajo la luz, la apoyó sobre el eje con cuidado de joyero.

—Es perfecta.

—Es un buje. Si anda, nadie se va a acordar.

Pero antes de entregársela, Aurelio sacó del bolsillo un punzón chico y, del lado de adentro, donde ni el ojo más curioso iba a llegar una vez armada la bomba, marcó dos letras: A. N. Después de las cuatro décadas que había dado, eso no lo hacía por vanidad. Lo hacía para que la locomotora supiera quién la había dejado andando.

Volvió a casa cuando ya oscurecía. Cebó mate en la cocina, sin prender la luz, con las manos todavía olorosas a aceite. Desde la ventana se veía la loma pelada y, más abajo, el techo de chapa de los talleres.

Semanas después, una mañana de viento, la máquina salió a probar el ramal. Aurelio la oyó antes de verla: el resoplido largo, el golpeteo parejo de los pistones, y debajo de todo eso, casi imposible de distinguir, el giro suave de una bomba de agua que no se quejaba.

Dejó el mate sobre la mesa y escuchó hasta que el sonido se perdió detrás de la curva.

Después se levantó, buscó en el cajón el papel de estraza con las medidas y lo guardó otra vez, doblado en cuatro, por si algún día hacía falta otra pieza.

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