La escalera del muelle tenía siete escalones y el agua estaba dos metros más abajo del último. Nilda Barrios los contó otra vez, como si en la noche alguien hubiera podido agregar uno, y después se sentó a esperar que le hirviera el agua para el mate.
Hacía semanas que la lancha de Aldo dormía de costado en el arroyo, con la quilla en el barro y una gallina arriba, que había decidido que era un gallinero. Desde el Charigüé, el canal de verdad, el que usan los barcos grandes, se veía a lo lejos como un hilo de agua marrón. Entre ese hilo y la casa de Nilda había arena, camalotes secos y ese olor dulzón a pescado que se quedó al sol.
El domingo cumplía ochenta años su hermana Estela, en Rosario, en un departamento de calle Entre Ríos con vista a un patio de aire y luz. Iba a haber un pastel de dulce de leche, de esos que se hunden en el medio. Nilda no se había perdido un cumpleaños de Estela en setenta años, ni cuando el río se llevó el galpón en la creciente del 2014, ni cuando se rompió la muñeca.
—No hay lancha que pase, Nilda —le había dicho Aldo por teléfono, con la voz de quien pide perdón por el clima—. Si hay una que se anima, te cobra un riñón y igual se clava.
—Yo no te pedí lancha —contestó ella—. Te pregunté cuánto hay hasta el canal.
—A pie, no sé. Un par de kilómetros. Dos y medio.
Nilda cortó. Se quedó mirando la pava, el tarro de yerba, el almanaque de la cooperativa con la fecha marcada en rojo.
Su madre, Juana, le había contado muchas veces cómo era antes. Antes de que dragaran el arroyo, allá por los años noventa, cuando el agua se retiraba, los isleños dejaban el bote en la punta y se iban caminando por el lecho a hacer los mandados: la libreta, el kilo de azúcar, el remedio. «El arroyo se camina, nena», decía. «Sólo hay que saber dónde pisar.»
Saber dónde pisar. Nilda lo pensó mientras ataba el paquete: la camisa buena, el pastel de pasas que había hecho el viernes, una botella de agua, el rosario de su madre por las dudas. Se puso las botas de goma, aunque no hacía falta, y el sombrero de paja del finado Ernesto, que le quedaba grande y por eso le tapaba bien el sol.
Salió a las seis y media, cuando la neblina todavía se enredaba en los sauces. Bajó por el muelle, contó los siete escalones y puso el pie en el fondo del arroyo como quien entra a una iglesia ajena.
El barro estaba firme donde se había secado y blando donde guardaba un charquito. Aprendió rápido: lo claro aguanta, lo oscuro se traga. Pasó junto a un fogón de lata que nadie sabía de quién era, junto a una heladera vieja que seguramente se había caído de alguna lancha, junto a una hilera de almejas abiertas, secas, como pequeñas manos. A las ocho le dolían las rodillas. A las nueve se le terminó la yerba del bolsillo y se acordó de que había dejado el termo en la mesa.
—Qué tonta —dijo en voz alta, y un benteveo le contestó desde un sauce.
Un poco más adelante, algo brillaba en el barro. Se agachó con trabajo. Era una pesa de plomo para red, de las que hacían los pescadores con un molde de lata. Tenía una marca, una E tosca. Ernesto. No podía ser, había tantas, pero por un rato la sostuvo en la palma como si pesara más que el plomo. Se la guardó en el bolsillo del delantal.
Al mediodía se sentó sobre una raíz y comió un pedazo del pastel de pasas, que le salió medio seco, y bebió la mitad del agua. Desde ahí, por primera vez, vio bien el canal: el río de verdad, ancho y quieto, con el Ciudad de Rosario varado a un costado como un perro dormido. Y, más allá, la ciudad: los silos, las torres, la costanera, todo tan cerca que parecía dibujado.
—¿Se perdió, doña? —gritó alguien.
Era un pibe en una canoa de aluminio, parado en un hilo de agua con una pértiga, de esos que aprenden el río con los pies y no con la cabeza.
—Voy a Rosario. Mi hermana cumple ochenta.
—Y yo la llevo —dijo el chico, sin pensar—. Por acá hay un pasito, si no le molesta empujar.
Empujaron los dos. Nilda con las botas hundidas hasta el tobillo, el pibe con el agua a las rodillas, la canoa raspando la arena con un ruido de papel de lija. Cuando por fin flotó, ella subió con una pierna, después con la otra, y se acomodó en el banquito con el paquete sobre las faldas.
El canal tenía otra clase de silencio: no el de la isla, lleno de bichos, sino uno ancho, de agua grande. Cruzaron sin hablar. Sólo se oía la pértiga y, cada tanto, un sábalo que saltaba cerca.
En el muelle de la costanera, un hombre de gorra le dio la mano para bajar. Nilda se sacudió el barro del delantal, se acomodó el sombrero de Ernesto y sacó del bolsillo la pesa de plomo.
—Tomá —le dijo al pibe—. Para tu red.
—No, doña, es suya.
—Ya cumplió. Me trajo hasta acá.
Subió la barranca despacio, contando los escalones de cemento de a uno, hasta que dejó de contarlos. Arriba, entre los árboles, alguien le gritó el nombre, y Estela, con un vestido violeta y los brazos abiertos, la esperaba en el cordón como si hubieran quedado en eso desde siempre.
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