Ramona Quiroga bajó del 165 en Hipólito Yrigoyen a las cinco de la tarde del sábado, con el balde de plástico en una mano y la bolsa de cal en la otra. Tenía setenta y un años y la cuerda enrollada en el bolsillo del cárdigan. En treinta años, nunca había llegado tarde a marcar la cancha del Unión Vecinal.
La canchita quedaba al fondo del club, pasando el salón donde los jueves se jugaba al bingo y los viernes se hacían los cumpleaños. Dos arcos de caño pintados de blanco y verde, un alambrado combado en la esquina del córner norte, un pasto que en marzo era un yuyal y en octubre, con suerte, una alfombra gastada. Al otro lado de la tapia pasaba el tren, y cada vez que pasaba los nenes de la sexta dejaban de patear para contar los vagones.
—Ramona, ¿ya se enteró? —le dijo Beto, el canchero, apoyado en la carretilla—. El lunes llegan los de las máquinas.
—Me enteré en la reunión, Beto. Estaba sentada adelante.
—Césped sintético. Con las líneas ya cosidas, dicen. Ni cal ni nada.
—Ya sé.
Beto se rascó la nuca y no dijo más. Ramona dejó el balde en el suelo y empezó por el área chica, como siempre. Clavó el primer palito en el vértice, estiró la cuerda hasta el segundo, la tensó con el pie y la dejó vibrar un instante, como una cuerda de guitarra. Después mezcló la cal con agua en el balde, con un palo de escoba, hasta que quedó cremosa, y la fue volcando con la lata agujereada que había sido de tomates perita. El olor le subió a la cara, ese olor a piedra mojada y a barrio de guardapolvo. La línea quedó blanquísima, derecha como una regla, sobre el verde apagado.
La había aprendido de su marido, Osvaldo, que marcó esa cancha desde 1981 hasta el día en que le falló el corazón en el salón, un jueves, entre dos números del bingo. Ramona agarró el balde el sábado siguiente, sin consultarle a nadie, porque había partido de la quinta y alguien tenía que hacerlo. Y siguió.
Marcó el área grande, el círculo del medio con la cuerda girando desde el punto central, los córners. Cuando terminaba el último, a las siete menos diez, sintió la primera gota en el dorso de la mano.
—No —dijo, mirando el cielo, que venía del lado de Longchamps con un color de moretón.
Cayó en diez minutos. Una lluvia de las que levantan olor a tierra y tapan los ruidos. Ramona se quedó bajo el alero del vestuario con la bolsa vacía entre las rodillas y vio cómo las líneas se iban aflojando, primero blancas, después rosadas de barro, después nada. El agua se llevaba treinta años en una tarde. Mañana, a las diez, jugaba la primera, el último partido en ese pasto, y habían venido a ver a Osvaldo, aunque no lo dijeran, tres generaciones de gente de Burzaco.
Dejó de llover a las nueve y media. Ya era de noche. Desde el salón llegaba la música de un cumpleaños de quince, cumbia y risas. Ramona agarró el balde, vio que en el fondo quedaba cal para media cancha y no tuvo ganas de nada.
—¿Eso es cal? —dijo una voz.
Era un chico de unos doce años, de la séptima, con el buzo del club y las zapatillas embarradas hasta el tobillo. Lo conocía de vista: Thiago, el hijo de la que vendía las empanadas.
—Se fue toda con el agua.
—Yo sé hacer la cuerda —dijo Thiago—. Vi cómo la hace usted.
Ramona lo miró un buen rato.
—Hay que hacerlo con luz.
—Tengo la linterna del celular. Y mi primo tiene otra.
A las diez y cuarto había cuatro chicos en la cancha, con tres linternas en el suelo apuntando de costado, como en un velorio feliz. Ramona les enseñó a clavar el palito en el vértice, a pisar la cuerda, a soltarla de golpe para que dejara su marca fina de agua en el barro. Mezclaron lo que quedaba con el barro, con los dedos, discutiendo, y como no alcanzaba, uno trajo del salón dos paquetes de harina de la cocina, con la excusa de que era para una cosa del colegio. Las líneas salieron más gruesas, algo torcidas, con un blanco turbio de harina y cal. El área chica le quedó a Thiago un dedo corrida.
—Está bien —dijo Ramona—. Así la dejó Osvaldo una vez, en el ochenta y nueve, y ganamos tres a cero.
A las once menos cuarto el círculo del medio estaba cerrado. Ramona se sentó en el banco de suplentes con los pies mojados y le dolían las rodillas de una manera que le resultó casi agradable. Los chicos se fueron tirando bromas. Por el alambrado pasó el último tren, vacío y encendido, y Thiago, desde el córner, dijo en voz alta los vagones: uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Al día siguiente, a las diez, el árbitro entró a la cancha, miró las líneas turbias con las manos en la cintura y levantó una ceja. Después apoyó el botín derecho sobre el borde del área chica, justo encima de esa línea corrida, y la pisó con cuidado, como quien entra a una casa.
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