La copla que le faltaba a Remedios

La caja de Remedios colgaba de un clavo, detrás de la puerta, con el parche de cuero de oveja tenso como el día en que lo estiró. Eulalia la descolgó el jueves a las once de la mañana, se la acomodó contra la cadera y la golpeó una sola vez con la baqueta. Sonó seco, hondo, un trueno chico. En el patio, las gallinas se quedaron quietas.

Hacía dos años que nadie la tocaba. Hacía dos años que Remedios no estaba, y con ella se había ido media rueda de Tilcara y una copla que dejó a la mitad.

La había empezado una tarde de febrero, pelando choclos en el patio. «Escuchá esta», le dijo, y cantó dos versos con esa voz finita que subía como el humo de la leña:

Yo vine bajando el cerro
con el talco en la mejilla…

Y ahí se cortó. «Después la sigo», dijo. Siempre decía lo mismo. Nunca la siguió.

Eulalia metió en la bolsa de tela un frasco de talco, un puñado de papel picado, una serpentina medio aplastada y tres ramitas de albahaca que había cortado temprano, cuando todavía tenían el rocío. Cerró la puerta con llave, aunque nadie cerraba con llave, y bajó por la calle de tierra hacia la plaza.

Era Jueves de Comadres, dos días antes del desentierro. Desde las esquinas llegaban voces de mujeres y el tac-tac de otras cajas que se iban afinando solas, como pájaros que se contestan. En la puerta de la panadería, Nélida le puso en la mano una empanada caliente y le dejó un poco de talco en la frente, sin preguntar.

—¿Venís a copletear, Eulalia?

—Vengo a ver.

—Venís con la caja de la Remedios —dijo Nélida, y le miró el brazo—. Entonces venís a copletear.

Eulalia no contestó. Mordió la empanada. Estaba rellena de carne cortada a cuchillo, con un poco de comino y pasas.

En la plaza ya se estaba armando la rueda. Primero fueron cuatro mujeres, después ocho, después tantas que alguien tuvo que correr un banco. Bajaban del cerro con los ponchos al hombro y las mejillas blancas de talco. Se abrazaban, se regalaban ramitas de albahaca, se tiraban papel picado en el pelo. Una nena corría con una serpentina enredada en el tobillo. Olía a albahaca, a chicha dulce y a polvo caliente.

Eulalia se quedó afuera, contra el tronco de un algarrobo. Escuchaba cómo cada una largaba su copla al centro y las demás la devolvían con otra, burlona o tierna, y la rueda crecía y se abría para que entrara la siguiente. Contaban cosas del año: el marido que se perdió una semana con las llamas, la cosecha de papa que vino chica, la hija que se fue a estudiar a Salta y volvió con otro modo de hablar.

Ella tenía la copla de su hermana en la cabeza, y no pasaba de los dos versos.

Probó con «el viento me trajo el nombre». No. Probó con «y el cerro se puso colorado». Tampoco. Cada final que inventaba sonaba a ella, y Remedios no cantaba como ella. Remedios cantaba mirando de costado, con una picardía que a Eulalia siempre le había faltado.

—Eulalia.

Era doña Casimira, que tenía ochenta y tantos y la caja más vieja de la quebrada. Se le había acercado sin hacer ruido.

—Tu hermana me debía una copla —dijo—. Me la prometió el carnaval pasado, antes de enfermarse.

—No la terminó.

—Las coplas no se terminan —dijo Casimira, y se rió con todos los dientes que le quedaban—. Se contestan. ¿O vos pensás que alguna vez alguien cantó una sola?

Eulalia se quedó mirando la rueda. Era cierto: nadie cantaba una copla entera. Uno tiraba la mitad y esperaba que otro la levantara del suelo.

Se acomodó la caja. Respiró el olor a albahaca de su bolsa. Y entró en la rueda sin pedir permiso, entre Nélida y la nena de la serpentina, que se hizo a un lado para dejarle lugar.

Golpeó el parche. Una vez, dos veces, hasta encontrar el paso. Y cantó, con su voz más gruesa, más baja, sin ninguna gracia, los dos versos de su hermana:

Yo vine bajando el cerro
con el talco en la mejilla…

Y se calló. Dejó el hueco abierto, como se deja una puerta.

Pasó un segundo larguísimo. Entonces, desde el otro lado de la rueda, una voz que no conocía, una mujer joven, de esas que bajan de los cerros de más arriba, tiró:

…buscando a quien me prometió
un ramito de albahaca.

La rueda entera se rió y golpeó las cajas. Nélida le puso un puñado de talco en el pelo. Casimira levantó la baqueta, aprobando.

Eulalia sintió que la garganta se le aflojaba. Tenía la caja pegada al cuerpo y el parche le temblaba contra la cadera. Sacó una de las tres ramitas de la bolsa, la más verde, y la cruzó por encima de las cabezas hasta que la mujer del otro lado la atajó.

—De parte de Remedios —dijo, aunque no lo había pensado decir.

Y siguió tocando, con el talco cayéndole sobre los ojos, hasta que el sol se corrió del algarrobo y la sombra de la rueda le llegó a los pies.

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