El último número del cuaderno

A las once y diez de la noche, Dora Albornoz se sacó los anteojos, los limpió con la punta del delantal y volvió a ponérselos. Desde la garita de la balanza se veía todo el camino de acceso al ingenio, una cinta de luces amarillas con la caña quemada de las últimas semanas todavía flotando en el aire como polvo de carbón. Treinta y cuatro zafras en ese cuarto de chapa y vidrio, en las afueras de Aguilares. Esa era la treinta y cinco, y esa noche se terminaba.

Sobre la mesa, al lado del termo y de la pantalla donde se leían las patentes, tenía el cuaderno de tapa dura. Lo había empezado en 1990 con una birome azul y desde entonces tenía una sola regla: en la última hoja de cada zafra anotaba el peso del último camión. Nada más. Ni la fecha ni el nombre del chofer. Solo el número, subrayado dos veces.

—Doña Dora, ¿cierra hoy o cierra mañana? —preguntó Beto, el muchacho del laboratorio, asomando la cabeza por la ventanilla con un tubo de ensayo en la mano.

—Cierra cuando pasa el último, Beto.

—Dicen que quedan tres camiones en el cerco de Los Sarmientos.

—Dicen. Yo cuento los que llegan.

Llegaron dos. Pesó el primero con la mano ya sin ganas, tara y bruto, la resta en la pantalla, la planilla con el sello. El segundo traía un acoplado con un neumático pelado que ella señaló con el lápiz, sin decir nada, para que lo viera el taller el año que viene. A la medianoche menos cuarto, el ingenio seguía respirando con ese ruido grave de las calderas alimentadas con bagazo, y el único camión que faltaba no aparecía.

Dora se sirvió un poco de té del termo y no lo tomó. Pensó en el año en que el último camión lo trajo Cirilo Medina, un cañero chico, de los que tenían menos de veinte hectáreas, con un Mercedes de los años setenta que se anunciaba desde Bella Vista por el escape. Había llegado a las cuatro de la madrugada, con la caña pelada a mano y atada en lingas, y se había quedado parado al lado de la balanza mirando el número hasta que ella le dijo que sí, que estaba bien, que eso era lo que pesaba. Ella había anotado ese número en el cuaderno y él nunca lo supo.

A las doce y diez se cortó la luz.

No fue la luz de todo el ingenio, que tiene su propia generación, sino la del cuarto: la pantalla se puso negra, el ventilador dejó de girar y la celda de carga de la plataforma perdió comunicación con la computadora. Dora se quedó quieta. Después se oyó el escape.

Era un camión nuevo, de los largos, con acoplado de cuarenta toneladas. Frenó antes de la plataforma y el chofer bajó con la ventanilla sin terminar de cerrar. Un chico de veintipocos, flaco, con la cara tapada de ceniza y los ojos muy abiertos.

—Señora, no me anda el sistema, me dicen que pase igual.

—Acá no anda nada. —Dora salió de la garita con el cuaderno bajo el brazo—. ¿De dónde venís?

—De Los Sarmientos. Soy Facundo. Medina. Mi abuelo es Cirilo, mi viejo vendió el Mercedes cuando yo era chiquito. Esta es la última caña del campo. La cortamos entre todos.

Dora lo miró un rato largo. Tenía los mismos hombros, y la manera de quedarse parado sin saber dónde poner las manos.

—Esperame acá —dijo.

Cruzó el patio hasta el galpón del fondo, donde nadie guardaba nada importante hacía años, y volvió con una linterna y la llave de una puerta más chica. Adentro, debajo de una lona, estaba la balanza vieja, la de las pesas de bronce y la barra graduada, que había quedado para cuando fallara todo lo demás. Nunca había fallado todo lo demás. Ella la había limpiado con aceite cada primavera, por costumbre.

Entre los dos descorrieron la lona. Dora ajustó las pesas con el pulgar y el índice, dedo por dedo, mientras Facundo sostenía la linterna con las dos manos para que no le temblara. Pesaron el camión vacío primero, dando una vuelta de más por el patio para apoyarlo recto, y después cargado, con el motor apagado y el chofer afuera, con el sombrero en la mano, como si estuviera en misa.

La barra tardó en asentarse. Dora la miró hasta que quedó quieta, entornó los ojos y leyó el número en voz alta. Hizo la resta en el borde de la planilla con el lápiz, despacio, porque no quería equivocarse.

—Treinta y dos mil setecientos cuarenta kilos —dijo.

—¿Es bueno?

—Es lo que pesa.

Selló la planilla y se la dio. Después se sentó en un cajón, abrió el cuaderno sobre la rodilla y escribió el número con la birome azul, la misma marca de siempre, y lo subrayó dos veces.

—¿Qué es eso? —preguntó Facundo, estirando el cuello.

—Una cuenta. —Dora cerró el cuaderno—. Andá, descargá, que mañana empiezan a lavar la fábrica.

El chico subió al camión. Antes de arrancar bajó la ventanilla.

—Mi abuelo me dijo que si el último camión pasaba por la balanza de una señora con anteojos, había que decirle gracias.

—Decímelo mañana, que hoy ando mala de oído.

Se fue despacio hacia la playa de descarga. Dora lo siguió con la linterna hasta que las luces del acoplado se perdieron detrás de las chapas. A la una menos veinte, los volcadores terminaron de vaciar, y el ruido de las calderas empezó a bajar de a poco, un escalón por vez, como alguien que se acuesta después de un día largo. Se apagaron las luces de la chimenea. Por primera vez desde mayo se oyeron los grillos.

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