El pedal izquierdo del armonio hacía un ruido como de bota en el barro. Elvio Hughes lo apretó otra vez con la mano, desde abajo, tirado de espaldas en el piso de pinotea de la capilla Bethel, con la linterna sujeta entre los dientes. Era jueves, las siete de la tarde, y afuera el viento de Gaiman golpeaba la chapa del techo a dos aguas como si pidiera permiso para entrar.
—¿Todavía no? —preguntó Marta desde la puerta. Traía un termo y dos tazas.
—Todavía no —dijo Elvio, sin sacarse la linterna de la boca, así que salió “tobavía no”.
Tenía sesenta y ocho años y había sido electricista toda la vida. Sabía de cables, de tableros, de empalmes que aguantan treinta inviernos. De fuelles de madera y lengüetas de bronce no sabía nada, pero hacía tres días que le hablaba al armonio como se le habla a un tablero rebelde: con paciencia y con alguna grosería en galés que había aprendido de su abuelo.
El domingo era la Cymanfa Ganu, el canto de himnos en la capilla, con la gente cantando a cuatro voces sin director ni micrófono. Desde que Gladys había muerto, hacía dos años, el armonio había quedado cerrado con una carpeta de crochet encima. Gladys lo tocaba desde los quince. Elvio, que no sabía leer una partitura, se sentaba en el segundo banco y la miraba mover los pies, parejo, un pedal y el otro, como quien camina contra el viento sin avanzar.
—No hace falta que toque nadie —había dicho Marta la semana anterior, en la reunión de la comisión—. Cantamos a capela, como en 2024.
—Hace falta —respondió Elvio, y se sorprendió de la firmeza, porque él nunca hablaba en las reuniones.
Lo que no dijo fue lo que sí tenía en mente. Hacía un mes, limpiando el ropero, había encontrado un cuaderno de tapa verde. Adentro, con la letra redonda de Gladys, había una sola página escrita: la melodía de Calon Lân, nota por nota, con los números de los dedos arriba, y abajo una frase en castellano: “Para Elvio, que dice que no tiene oído. Empezá por la mano derecha.”
Llevaba cuatro semanas practicando en una melodía de plástico que le había comprado a su nieta, con las teclas chiquitas y un volumen que hacía reír a los gatos. Ahora necesitaba el instrumento de verdad.
—Pasame el destornillador chico —dijo desde abajo.
Marta se lo alcanzó y se agachó a mirar. Era la tesorera de la capilla, vivía a dos cuadras, y tenía el hábito de aparecer cuando uno menos quería compañía y más la necesitaba.
—Ahí —dijo ella, señalando con la linterna del celular—. Esa tirita de cuero está despegada.
Elvio la miró. Una tira de cuero fino, del ancho de un dedo, colgaba de la válvula como una lengua cansada. Era eso. Nadie había tocado el fuelle en dos años y el pegamento se había rendido.
—Hay cola de carpintero en el galpón del fondo —dijo Marta.
—Cola de carpintero —repitió Elvio—. Gladys tenía razón: yo me pasaba la vida arreglando lo que fallaba y nunca miré lo que se despegaba.
—Gladys decía muchas cosas.
—Casi todas con razón.
Pegó la tira con una paciencia de relojero, la sostuvo con un broche de ropa y esperó. Mientras tanto Marta sirvió el té del termo, negro, fuerte, con un pedazo de torta negra que había traído envuelta en servilleta. Se sentaron en el primer banco. Por las ventanas entraba la última luz del valle, anaranjada, y el olor a tierra húmeda de las chacras sobre el río Chubut.
—¿Y si te equivocás el domingo? —preguntó ella.
—Me equivoco delante de ciento veinte personas que se equivocan a cuatro voces todos los años.
—Eso es cierto.
—Además, Gladys se equivocaba. Una vez se comió un compás entero y siguió como si nada. Los galeses somos así: si el error lo cantamos todos juntos, ya no es error.
Marta se rió con la boca llena de torta.
A las nueve la cola estaba firme. Elvio se sentó en el taburete, sacó la carpeta de crochet, la dobló con cuidado y la dejó sobre el banco. Abrió el cuaderno verde en el atril. Apoyó los pies en los pedales y empujó, uno, el otro, uno, el otro. El fuelle respiró. No hubo bota en el barro: hubo un suspiro largo, hondo, que llenó la capilla hasta el techo.
Con la mano derecha, el dedo dos sobre el sol, empezó Calon Lân. Se trabó en el cuarto compás. Volvió. Se trabó otra vez, un poco más adelante. Marta no dijo nada; tarareaba bajito, sin letra, sosteniendo la taza con las dos manos.
La tercera vez llegó hasta el final. Era lenta, con los dedos todavía duros de cables, y a la nota más aguda le faltaba aire. Pero era la melodía, entera, en el aire de la capilla, y el viento de afuera pareció bajar un poco para escucharla.
—Ahora la izquierda —dijo Marta.
—Eso es para el sábado.
—Entonces falta poco.
Elvio miró la última línea del cuaderno, la que decía “empezá por la mano derecha”, y pasó el pulgar por encima de la letra, apenas, como se pasa el pulgar por un cable para ver si tiene tensión.
El domingo, cuando la gente entró a la capilla y vio la carpeta de crochet doblada sobre el banco y a Elvio sentado en el taburete, nadie dijo nada. Se acomodaron por voces: las mujeres a un lado, los hombres al otro. Elvio apretó los pedales, dos veces, para que el fuelle se llenara, y en el segundo banco, donde antes se sentaba él, el lugar quedó vacío a propósito.
Tocó la primera nota. Detrás de él, ciento veinte personas inspiraron al mismo tiempo.
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