El camión del contratista pasó a las cuatro y diez por el camino de tierra colorada, con los faros prendidos y la caja llena de gente dormida contra las lonas. Teodoro Pawluk lo esperaba hacía una hora, sentado en el cordón de la tranquera, con el mate cebado y la tijera de podar envuelta en un trapo sobre las rodillas. Hacía seis años que no subía a ese camión.
—¿Usted va a cosechar? —preguntó el chofer, bajando el vidrio—. Don Teodoro, tiene sesenta y ocho.
—Sesenta y nueve en agosto. Arrime la escalerita, que no soy de goma.
Atrás, en el banco de madera, iba Luján, su nieta, con una campera de abrigo que le quedaba grande y los ojos hinchados de sueño. Había insistido ella, en realidad. Había dicho en el almuerzo del domingo que el abuelo se pasaba el día mirando el yerbal de Raúl, el hermano muerto, como quien mira una casa donde ya no vive nadie, y que si tanto lo extrañaba que fuera a cortarlo. Nadie se rió. Teodoro siguió masticando.
El yerbal quedaba a veinte minutos, pasando Campo Viera, en un lote que ahora trabajaba un sobrino. Cuando bajaron todavía no había luz, solo ese gris sucio que viene antes. Había escarcha en las hojas de abajo, y el aire olía a tierra mojada y a humo lejano, de algún fogón donde ya habían puesto la pava. Teodoro se arremangó, se calzó los guantes viejos y eligió una planta. No la más cargada. Una del medio de la fila, con las ramas a la altura justa del pecho.
La primera rama le costó. La tijera se le cerraba bien, pero la muñeca tardaba en contestar, como un empleado que llega a un trabajo que dejó. Quebró las hojas con el pulgar, tiró las ramas gruesas al costado y juntó lo fino sobre la ponchada de arpillera extendida en el suelo. Luján lo miraba desde la otra fila, sin decir nada, con la sierra de mano colgada del cinto.
—Vos cortá lo tuyo —le dijo él—. A mí no me cuides.
Con el sol llegó el ruido. Veinte tijeras abriéndose y cerrándose a lo largo del surco, voces en guaraní y en castellano, alguien que silbaba una chamarrita y se cortaba a la mitad. Teodoro no había extrañado nada de eso mientras lo tenía a diario, y ahora lo reconocía entero, como se reconoce una letra de la infancia en un sobre.
A las nueve le ardían los hombros. A las diez dejó de sentirlos, que era peor y mejor. Se sentó un momento sobre un tocón y cebó un mate que ya estaba frío. Luján se acercó con el termo.
—¿Cuánto llevás? —le preguntó.
—No sé. Setenta, ochenta. —Miró la ponchada, que apenas abultaba—. Menos.
—¿Y cuánto querés?
Teodoro tardó en contestar. Le pareció una pregunta tramposa, de esas que hace la gente joven y que obligan a decir en voz alta lo que uno prefería dejar adentro.
—Un raído —dijo al final—. Cien kilos. Atado por las cuatro puntas, como corresponde. Una vez, nada más.
—¿Una vez? Si cosechaste cuarenta años.
—Cosechaba cuarenta años. Pero nunca me quedó tiempo para ver uno solo, entero, mío. Siempre eran los kilos del día, la boleta, la cuenta. Quiero verlo hecho. Después sigo.
Ella no dijo nada. Le sirvió agua caliente y le acomodó el sombrero para que el sol no le diera en la nuca.
Siguió hasta pasado el mediodía. Cuando el contratista tocó la bocina de aviso, Teodoro tenía los guantes empapados, las uñas negras y la espalda hecha una sola idea fija. Juntó las cuatro puntas de la arpillera y las ató con un nudo que le salió solo, de memoria. El bulto quedó duro y verde, con las ramitas asomando como pelo.
Lo cargaron entre él y el sobrino hasta la balanza que habían montado al borde del camino. El pesador, un muchacho flaco con una planilla sujeta por un broche, enganchó el raído y lo dejó subir. Se hizo un silencio corto. La aguja tembló y se quedó.
—Noventa y cuatro —dijo el muchacho.
Teodoro asintió despacio. Estaba por decir algo cuando vio que Luján, a espaldas del pesador, sacaba un puñado de hojas de su propia ponchada y lo metía rápido adentro del raído. Un gesto de chica que hace una trampa chiquita por amor.
—Pesalo de nuevo —dijo él.
—Abuelo…
—Pesalo de nuevo. Y sacale lo que le metió.
El muchacho dudó, miró a Luján, bajó el raído, le sacó el puñado y lo volvió a subir. La aguja tembló otra vez.
—Noventa y siete.
Se oyeron algunas risas, no de burla. Alguien dijo que a su edad eso era una hazaña. Teodoro se quedó mirando el número, el bulto colgado, las hojas que ya empezaban a largar su olor ácido y vegetal, el que antes de pasar por el fuego del secadero parece de pasto recién cortado y no de yerba.
—Me faltan tres —dijo.
—Te faltan tres —repitió Luján, con los ojos brillantes de enojo y de otra cosa.
Él se sacó un guante, le tocó la mejilla con el dorso de la mano, que olía a hoja y a tierra, y señaló el yerbal con el mentón.
—Hasta la zafriña de verano, entonces. Andá acordándote de afilar la sierra.
Subieron al camión con el sol bajo ya del lado del río. Detrás, el raído de noventa y siete kilos viajaba atado en lo alto de la carga, y a cada bache se movía un poco, como algo vivo que todavía no sabe adónde va.
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