El clavo del puente viejo

A las nueve y diez de la mañana, en la Estación del Fin del Mundo, el aire olía a humo de locomotora y a medialunas recalentadas. Ceferino Mansilla se acomodó la gorra, se tocó el bolsillo del chaleco donde llevaba la perforadora de boletos y contó las cabezas que subían al vagón: treinta y dos, un chico con gorro de pompón que ya lloraba por la ventanilla y una señora que preguntó, en inglés, si el tren iba a llegar a tiempo al fin del mundo.

—Ya estamos en el fin del mundo, señora —le dijo él, en su inglés de veinte años de oído—. Lo que hacemos es ir un poco más adentro.

Tenía sesenta y ocho años y aquella era su última semana. Desde el lunes iba a quedarse en casa, en el barrio de las Reinas Chicas, con la radio de onda corta y los paquetes de yerba que su hija le mandaba desde Río Grande. Nadie le había organizado una despedida. Mejor así. Lo único que quería, y no se lo había dicho a nadie, era llevarse algo del puente viejo.

Lo había visto cientos de veces desde la ventanilla, después de pasar el río Pipo: unos pilotes negros, hundidos en la orilla, y entre ellos, a ras del agua, lo que quedaba de la vía de los presos. El tren de ahora era de trocha más angosta que aquel, se lo había contado su abuelo, que no fue preso ni guardia sino carpintero del pueblo y que, de chico, vendía pan a los vagones cuando pasaban cargados de leña. «Los rieles se quedaban brillando en el barro», decía el viejo. «Y uno les daba un golpe con el taco para ver si sonaban».

El tren arrancó con ese tirón corto que Ceferino sentía en las rodillas antes que en los oídos. Del parlante salió la voz grabada del audioguía, en siete idiomas, hablando del bosque de lengas y de ñires, de las turberas, de los presos que cortaban madera para calefaccionar la ciudad. Él la sabía de memoria. Dos años atrás había pedido que le dejaran agregar una frase, una sola, sobre los chicos que vendían pan en el camino, y le dijeron que iban a verlo. Todavía estaban viendo.

Pasaron la turbera, rojiza y mojada como una alfombra vieja. Pasaron el río. Ceferino pidió permiso al maquinista, Beto, que le debía tres favores, y le dijo en voz baja:

—En la parada de la Macarena me bajo un rato antes que los turistas. Cinco minutos.

—Ceferino, hay protocolo.

—Hay protocolo y hay última semana.

Beto resopló y miró hacia delante, que en su idioma quería decir que sí.

En la Macarena el tren se detuvo con un suspiro de vapor. Mientras el guía explicaba a los pasajeros los escalones hacia la cascada, Ceferino bajó por el costado opuesto, donde no había ni cartel ni barandas. Le crujieron las botas sobre las agujas de lenga mojadas. Cuarenta metros más abajo, entre helechos y barro, estaban los pilotes del puente.

Se agachó con trabajo. Le dolía la cintura y le dolía otra cosa que no tenía nombre de médico. Pasó la mano por la madera: estaba blanda por fuera y dura por dentro, como un hombre de la edad de su abuelo. Entre dos tablones podridos asomaba algo oscuro. Lo tocó. Frío. Lo aflojó con los dedos, uno, dos, tres tirones, hasta que salió de la madera con un chirrido finito: un clavo largo, cuadrado, de cabeza ancha, con la herrumbre hecha costra.

Lo sostuvo en la palma. Pesaba más de lo que parecía.

—¿Qué encontraste?

Se dio vuelta. El chico del gorro de pompón estaba parado entre los helechos, con la nariz colorada, y lo miraba sin miedo. Se había escapado de la madre, o la madre se había distraído con la cascada.

—Un clavo —dijo Ceferino—. De cuando los trenes iban por acá.

—¿Es tuyo?

Ceferino lo pensó. Había bajado convencido de que sí, de que veinte años en ese tren le daban derecho a llevarse un pedazo. Pero el chico lo miraba como si le hubieran mostrado un tesoro de verdad, y el clavo, ahí, en la mano de los dos, no parecía de nadie.

—Era para mi nieto —dijo al final—. Pero me parece que ya tiene muchos juguetes.

Se arrodilló otra vez, aunque la cintura protestó, y lo apoyó en el borde de un pilote, a la vista, con la cabeza hacia arriba.

—Mirá, lo dejamos acá. Cuando vuelvas con tus hijos, si el bosque no se lo llevó, vas a poder decir que lo viste.

—¿Y si se lo lleva?

—Entonces vas a poder decir que lo viste igual.

El chico asintió muy serio, como quien firma un contrato. Desde arriba, se oyó el silbato corto de Beto. Ceferino lo agarró de la mano y subieron los dos por la pendiente, resbalando en las agujas, hasta el costado del vagón, donde la madre ya levantaba los brazos y gritaba un nombre en otro idioma.

El tren siguió hasta la estación del Parque Nacional. En el viaje de vuelta, cuando pasaron otra vez por el río Pipo, Ceferino se paró en la plataforma, aunque no era su obligación, y miró hacia los pilotes negros. Entre dos maderas, sobre la orilla, algo diminuto brillaba con la luz baja del mediodía, y por un segundo no supo si era el clavo o el agua.

Agarró el micrófono del vagón. Beto lo miró por el espejo.

—Damas y caballeros —dijo, con su voz de veinte años de oído—. Antes de que el bosque los distraiga, una cosa que no dice la grabación: acá, en la época de los trenes de leña, había chicos que vendían pan a los vagones. Si miran bien hacia la izquierda, todavía queda un clavo.

Treinta y dos cabezas giraron hacia la ventanilla. Y el bosque, que no tiene apuro, dejó pasar el tren.

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