A las cinco de la tarde del sábado, Casiana Vilte todavía estaba en la mitad de la cuesta, con una mano en la rodilla y la otra aferrada a la bolsa de arpillera. Humahuaca queda a casi tres mil metros, y a los setenta y cuatro el aire se vuelve algo que hay que pedir por favor. Abajo, el pueblo ya sonaba a bombo. Arriba, donde termina la calle de tierra, la comparsa debía de estar juntándose en silencio, como se juntaba siempre, con los instrumentos en la mano y los disfraces bajo el brazo.
—Abuela, esperá —dijo Brian, que tenía diecisiete años y había llegado de Salta el jueves con el celular y una campera que no servía para nada contra el viento—. Te va a dar algo.
—Lo que me va a dar es rabia, si llego tarde.
Siguió subiendo. En la bolsa llevaba coca, un paquete de cigarrillos Particulares, una botella de vino de la bodega de Tilcara y tres serpentinas que había guardado desde el carnaval pasado. Todo eso era para la boca de la Pachamama. Lo que de verdad pesaba era otra cosa, y no estaba en la bolsa: estaba bajo tierra, en el mojón, y hacía un año que Casiana no pensaba en otra cosa.
Cada año, el sábado anterior al Miércoles de Ceniza, la comparsa subía al cerro, desarmaba las piedras del mojón y cavaba hasta que aparecía la olla de barro. Adentro dormía el muñeco de tela, el diablo del año anterior, el pujllay. Y cada año lo levantaba Faustino. Cuarenta y cinco años seguidos. Se arrodillaba, metía los brazos hasta el codo y lo sacaba como se saca a un chico dormido de la cama de otro.
Faustino se había muerto en noviembre. Casiana había cosido el muñeco nuevo en febrero, igual que todos los años, con retazos de pantalón y un trapo rojo para el cuello. Pero cuando la comparsa lo bajó al pozo, el domingo del entierro, ella le había metido adentro, entre la paja, el pañuelo azul de Faustino, el que él se ataba a la frente para cavar. Nadie lo supo. Ni Brian, ni la cuñada, ni el presidente de la comparsa.
Ahora quería levantarlo ella. Eso era todo. No para llorar, que ya había llorado en febrero, sino para tocar el pañuelo antes de que lo tocara otro.
Llegaron arriba con el sol bajo y la luz anaranjada en las quebradas. La gente ya estaba parada alrededor del mojón, callada. Los músicos con las cajas contra el pecho, los disfrazados con las máscaras bajo el brazo, una nena con la cara llena de talco que miraba todo con la boca abierta. Alguien había empezado a sacar las piedras. Dos hombres jóvenes, Maidana y el hijo del presidente, cavaban con pala, el uno con la camisa pegada a la espalda.
Casiana se abrió paso sin pedir permiso. Tenía los labios agrietados y el corazón latiéndole en los oídos.
—Casiana —dijo el presidente, bajito—. Estamos por llegar a la olla.
—Ya sé.
—Dejame que lo saque Maidana, que tiene fuerza.
—No me hace falta fuerza —dijo ella—. Me hace falta que me dejen.
El presidente la miró un rato largo. Después, sin decir nada, hizo un gesto con la barbilla, y los dos jóvenes se apartaron del pozo. La pala de Maidana quedó clavada en la tierra, vibrando un poco.
Casiana se arrodilló. Le dolieron las rodillas, y también otra cosa que no tenía nombre. La tierra olía a lluvia vieja, a piedra mojada, a algo dulce como el maíz fermentado. Metió las manos. Tocó el borde de la olla, fría, áspera, y la inclinó con cuidado. Adentro, la paja se había puesto negra y el muñeco estaba boca arriba, con los brazos abiertos y la cara de trapo oscurecida por un año de tierra.
Lo levantó. Pesaba poco. Siempre había pesado poco, pensó, y sin embargo Faustino lo cargaba como si fuera un santo.
Alrededor, alguien soltó el aire. Brian, a su lado, había bajado el celular sin que nadie se lo pidiera.
Casiana pasó la mano por debajo del cuello del muñeco y buscó. Encontró la paja húmeda, el borde del trapo rojo, y más abajo, doblado en cuatro, algo blando. Lo sacó apenas, lo justo para ver una punta azul, desteñida, con la marca del sudor de un hombre que había cavado ahí mismo cuarenta y cinco veces. Volvió a meterlo. No hacía falta más.
—Ya está —dijo, y se le quebró la voz en el medio, pero siguió—. Ya está. Que empiece.
Entonces todo se movió a la vez. Se hizo la corpachada: la coca, los cigarrillos, el vino volcado en la boca del pozo, las serpentinas largas cayendo sobre la tierra removida. Uno por uno, los de la comparsa pasaron a ofrecer. Alguien prendió un churqui, y el cactus ardió con una llama alta que le dio a las máscaras caras de otra gente. Estalló un petardo. Los gritos subieron por la ladera y rebotaron del otro lado de la quebrada.
Casiana no ofreció nada todavía. Tenía el muñeco contra el pecho y miraba el pozo.
—Abuela —dijo Brian—. ¿Querés que lo lleve yo?
—No. Vos llevá la bolsa.
Bajaron juntos, despacio, detrás de los bombos. Abajo, en la entrada del pueblo, la gente esperaba con talco y harina. Cuando vieron el muñeco en brazos de la vieja Vilte, nadie dijo nada. Las cajas siguieron tocando. Casiana lo levantó con las dos manos por encima de la cabeza, y el trapo rojo se abrió al viento como una lengua.
Alguien le tiró un puñado de talco, y por un momento ella desapareció en una nube blanca, con el diablito entero y el pañuelo azul adentro, entrando al pueblo.
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