El galpón olía a pegamento y a plumas mojadas, aunque afuera hacía rato que no llovía. Teresa Ayala pasó el dedo por el borde del espaldar, buscó el hilo flojo y lo encontró, como siempre. Eran las once de la noche de un martes de octubre, y desde la calle Rubén Darío llegaba, apagado por la chapa, el ensayo de la batucada. Hacía un mes que empezaban a tocar así, de noche, para ir entrando en calor de cara a enero.
—Mamá, me estoy durmiendo parada —dijo Julieta desde el taburete.
Tenía doce años y los brazos abiertos como un espantapájaros, con el traje sin terminar colgándole de los hombros. Era el primero que le tocaba. Teresa llevaba veintidós años cosiendo trajes para la comparsa y nunca había cosido uno para alguien de su propia sangre.
—Cinco minutos más. Quedate quieta.
Alrededor, en las perchas, colgaban los trajes de los ballets, azules y plateados, cada uno con su número escrito a lápiz en una cinta. Más allá, sobre las mesas largas, las cajas de lentejuelas brillaban solas con la luz del tubo fluorescente. Teresa había calculado una vez cuántas cosía por temporada y dejó de hacer la cuenta, porque le dio un número que le dolía en la espalda.
Lo que no estaba en ninguna lista era el sobre.
Lo tenía en el bolsillo del delantal, un sobre de carta viejo, de esos con borde de rayitas rojas y azules. Adentro había una sola lentejuela, redonda, de un dorado ya medio gastado, con el agujero un poco corrido hacia un costado. Había sido de su madre. En 1989, Aurelia Ayala había desfilado en la pasarela con un traje que se hizo ella misma en la mesa de la cocina, y esa lentejuela se le cayó al bajar del carro. Teresa, que tenía siete años, la levantó del piso. Nunca se la devolvió. Aurelia murió hacía cuatro inviernos y el sobre apareció en un cajón, entre las boletas de la luz.
La idea era simple y no se la había contado a nadie: coserla en el dobladillo de adentro del traje de Julieta, del lado de la piel, donde no se ve. Una lentejuela más entre miles, y por una noche de sábado, pasando bajo los reflectores, iba a estar de nuevo en la pasarela.
El problema era que no había lugar. El traje estaba diseñado hasta el último centímetro. Cada hilera tenía su cuenta, y la jefa de vestuario revisaba con una lupa que parecía de joyero. Una lentejuela de más, dorada entre las plateadas, saltaba a la vista aunque estuviera en el forro.
—¿Qué tenés ahí? —preguntó Julieta, que tenía los ojos más abiertos de lo que Teresa creía.
—Nada. Una cosa de la abuela.
—¿Es la lentejuela?
Teresa se quedó con la aguja en el aire.
—¿Qué lentejuela?
—La que decía la abuela. Me contó. —Julieta se encogió de hombros y el traje le crujió—. Me dijo que si algún día desfilaba yo, me acordara de que la primera noche se pone mucho miedo y que para eso estaba la lentejuela.
—Eso no te lo dijo.
—Sí me lo dijo. Estaba mirando Casados con hijos, pero me lo dijo.
Teresa soltó una risa corta, que le salió medio torcida. Se sentó en el borde de la mesa. Por la ventana alta entraba el redoble lejano de un repique, y ahí, un par de cuadras más allá, estaba el Corsódromo, en lo que había sido la estación del tren, con las gradas vacías y las luces apagadas. En enero iban a estar llenas.
—No hay dónde ponerla —admitió—. El traje está cerrado. Si la cosemos, se nota.
Julieta se bajó del taburete con cuidado, levantó el borde de la falda y miró adentro, como quien mira debajo de una cama.
—Acá —dijo.
Señaló la costura del cinturón, del lado de adentro, justo donde el forro de tela blanca se doblaba sobre sí mismo. Había un hueco, una arruguita de dos milímetros que nadie iba a contar jamás.
—Ahí no cuenta nadie.
—No, ahí no.
Teresa enhebró la aguja con un hilo blanco, que no se iba a ver. Acomodó la lentejuela en el pliegue, con el agujero hacia arriba, y dio la primera puntada con la misma paciencia con que le habría arreglado un botón a un nene dormido. Cuando ya estaba cerrando el nudo, Julieta le apoyó la mano en el hombro y no dijo nada.
Afuera, la batucada cortó de golpe. Se oyó un silbato, una voz que daba una indicación, y enseguida el tambor grave volvió a empezar desde el principio.
—¿Se va a ver? —preguntó Julieta.
—No. Solamente si la luz te pega de abajo.
Llegó el sábado de enero. A las diez de la noche las gradas estaban llenas, y en el fondo de la pasarela, entre los ballets, Julieta esperaba su turno con los puños apretados y las plumas cargadas de humedad. Teresa miraba desde la valla con el corazón tan fuerte que le dolían las costillas. Cuando el carro de adelante giró y la luz barrió el piso, la nena dio el primer paso, y al levantar la pierna para bajar el escalón, un destello dorado, mínimo, le saltó del cinturón.
Fue un segundo, y nadie más lo vio. Teresa sí, y Julieta, que siguió caminando sin mirar atrás.
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