La corona boca arriba

El motor tosió dos veces y se murió. Matías Ferrari se quedó sentado en el cajón de las redes, con las manos negras de grasa hasta las muñecas, mirando la lancha como se mira a un perro que no quiere comer.

Eran las diez de la mañana de un domingo de junio, y en el muelle de los pescadores de Ingeniero White hacía un frío húmedo que se metía por las mangas. Detrás de los galpones, los elevadores de granos se veían grises contra un cielo todavía sin definir. La procesión de San Silverio salía a las seis de la tarde. A las cinco, como mucho, había que estar en el agua.

La Rosa del Sur llevaba dos años amarrada. Desde que murió su padre, Matías no la había tocado más que para sacarle el agua de la sentina, una vez por mes, como quien riega la planta de un muerto. Trabajaba en un taller de Bahía Blanca, arreglaba cajas de cambio, y los domingos iba al fútbol de la Liga del Sur con su cuñado. Sabía de motores. Lo que no sabía era cómo mirar este.

—Es el filtro —dijo una voz desde el muelle.

Era Gerardo Pelle, vecino de amarra, setenta y pico, gorra de lana y un termo bajo el brazo. Se agachó con trabajo y miró adentro de la sala de máquinas.

—No es el filtro —dijo Matías.

—Tu viejo siempre decía que era el filtro. Cuando no era el filtro, era el combustible. Y cuando no era el combustible, le pegaba una patada al casco y le pedía perdón a la lancha.

Matías no se rió, pero algo se le aflojó en la cara. Sacó el filtro. Estaba tapado de una borra marrón, espesa, que olía a gasoil viejo. Lo sostuvo en la mano un rato largo.

—Dos años —dijo.

—Dos años y medio, si contás el invierno que estuvo enfermo —corrigió Gerardo, y le sirvió un mate del termo, lavado y tibio—. Tomá.

Cambiaron el filtro con uno que Gerardo tenía en el pañol. Purgaron el circuito. A las doce, el motor arrancó, tosió, tomó aire y se puso a andar con ese ronquido parejo que Matías conocía de memoria sin haberlo oído en tanto tiempo. Se le cerró la garganta. Apagó, para no hacer papelones.

Lo que Matías quería no era navegar. Todo el mundo, a su alrededor, creía que era eso. Quería otra cosa más chica: arrojar la corona de flores. Su padre la había tirado seis años seguidos, hasta que la salud no lo dejó. Es el momento del cortejo en que la lancha de Prefectura que lleva la imagen frena en medio de la ría, las demás se abren en círculo, y alguien suelta la corona al agua. Si cae boca arriba, mirando al cielo, el año va a ser de buena pesca. Si cae para el otro lado, nadie dice nada, pero todos lo ven.

Matías no era pescador. Pero era el hijo de Ferrari, y tenía la lancha, y en la Sociedad no habían dicho que no.

A las cuatro y media, la calle Guillermo Torres estaba llena. Salió la imagen de la parroquia, cargada por hombres de varias generaciones, con la banda delante y los bomberos abriendo paso. Las señoras repartían claveles rojos. Una nena de cinco años llevaba una bandeja con una sola flor, como si fuera una torta. Matías estacionó la camioneta, bajó al muelle y encontró a la Rosa del Sur exactamente donde la había dejado, tranquila y chiquita, con el motor tibio.

A las cinco y diez, un hombre de la Sociedad se asomó al borde del muelle.

—Ferrari, la corona va con Prefectura este año. Cambió el orden. Disculpame, no llegamos a avisarte.

Lo dijo rápido, sin mirarlo, como quien entrega una multa. Matías asintió. Dijo que estaba bien. No estaba bien. Se quedó parado con las manos en los bolsillos mientras el hombre se alejaba, y sintió que los dos años y medio se le sentaban todos juntos en los hombros.

Gerardo lo miró desde su lancha, que era vieja y azul y se llamaba Santa Lucía.

—Venite con nosotros —dijo—. Hace falta uno que lleve el cabo.

No era lo mismo. Matías lo sabía. Aun así soltó amarras y salió detrás, en la Rosa, con el motor cantando parejo y el agua color té golpeando el casco. Se acomodó en la fila de lanchas, entre una de pintura descascarada y otra con una virgen de plástico en la proa. Delante, la imagen de San Silverio subió a la embarcación de Prefectura con ayuda de un guinche, pequeña y tiesa, con su manto, vista de lejos como una figura de torta.

Frenaron en el medio de la ría. Se apagaron los motores uno por uno y se hizo un silencio con gaviotas. Alguien rezó. Del lado de los galpones llegó un olor a pescado y a sal vieja, el mismo de siempre.

Entonces ocurrió algo que nadie había previsto. La corona, que pasaba de mano en mano hasta llegar a la borda, se les cayó a los de Prefectura antes de tiempo. Rebotó contra el casco, tocó el agua de costado y quedó flotando en un lugar raro, entre dos lanchas, justo al lado de la Rosa del Sur. Boca arriba. Los claveles apuntando al cielo, blancos y rojos, como si la hubieran puesto ahí.

Hubo un murmullo largo. Alguien dijo “mirá vos”. Gerardo, desde la Santa Lucía, no dijo nada, pero levantó el mate hacia Matías como se levanta una copa.

Matías estiró el brazo. No la tocó. Se quedó mirándola un momento, con el motor apagado, mientras la corriente la empujaba despacio hacia el costado de la lancha de su padre y la dejaba pegada al casco, golpeando la madera, una vez, otra vez, como alguien que pide permiso para entrar.

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