El camión llegó a la calle Iriarte un martes de lluvia fina, con el motor tosiendo y el guardabarros izquierdo atado con alambre. Norma Quiroga lo vio desde la puerta del taller, con el mate en la mano y el pincel de pelo largo detrás de la oreja, y supo antes de que se bajara el hijo que era un Mercedes 1114 de los años setenta y que alguien se estaba despidiendo.
—Era de mi viejo —dijo Joaquín, y se quedó mirando el charco—. Remigio Paz. Capaz que se acuerda.
Norma no se acordaba. Hacía treinta y pico de años que pintaba filetes en Barracas, en persianas de almacenes, en carteles de pinturerías, en cuatro o cinco colectivos que ya no corrían y en una cantidad de camiones que no podía contar. Se acordaba de las manos, a veces. De la cara del cliente, nunca.
—Lo vendo el sábado —siguió Joaquín—. Un coleccionista de Cañuelas. Quiere el camión como estaba, pero prolijo. Y el filete de la puerta está medio comido. ¿Se puede?
—Se puede —dijo Norma—. Dejámelo hasta el viernes.
Esa tarde lo metió en el fondo, donde el techo de chapa hacía sonar la lluvia como un tambor flojo. Prendió el calentador, cebó otro mate y empezó a mirar. La puerta del acompañante tenía una guirnalda de hojas de acanto que alguna vez habían sido verdes, dos rosas ya casi color té, una cinta ondulada de punta a punta y, adentro de la cinta, una frase en letras amarillas con sombra roja:
QUIEN CAMINA CON PASIENCIA, LLEGA.
Norma frunció la nariz. Había algo mal en esa frase, pero la pintura estaba tan gastada que tardó en saber qué. Se acercó con la linterna. Ahí estaba: pasiencia, con ese. Una letra de más, en medio de un trabajo por lo demás impecable: las volutas parejas, los remates en gota, la sombra siempre cayendo hacia abajo y a la derecha, como le habían enseñado.
Esa mano la conocía. No era la de un colega. Era la suya, de joven.
Se sentó en un banquito y dejó que el mate se enfriara. Le llegó de golpe, como cuando se abre una puerta que estuvo trabada: 1991, el taller de don Aníbal en la calle Suárez, ella con diecinueve años y un pulso que todavía no era de fiar. Un camionero grandote, con la camisa abierta hasta el segundo botón, que le había dicho: «Vos pintame lo que quieras, nena, pero que diga algo de aguantar». Y don Aníbal, desde el fondo, sin levantar la vista de su banco: «Dale vos, Norma. Yo miro».
Había pintado la frase en un solo día, con la lengua entre los dientes. Y cuando terminó, el camionero se había puesto los anteojos, había leído despacio, moviendo los labios, y había dicho: «Linda letra».
No dijo nada más. Pagó, saludó a don Aníbal con dos dedos y se fue. Nadie le avisó a Norma del error. Se enteró recién semanas después, cuando don Aníbal, sin mirarla, le dejó sobre el banco un diccionario abierto en la página de la p.
—¿Y el camión? —había preguntado ella, con las orejas ardiendo.
—Ya se fue. Dicen que el hombre ni se dio cuenta.
Pero se había dado cuenta. Ahora lo sabía. Treinta y cuatro años manejando con esa ese a la vista, cada vez que abría la puerta, cada vez que se la cerraba a un inspector, a un cargador, a un hijo. Y nunca volvió a pedirle que la corrigiera.
El miércoles Norma empezó por limpiar. Con algodón y solvente fue sacando la mugre de la ruta, el humo, las capas de lluvia. Debajo reaparecieron los colores como si estuvieran esperando: el amarillo cromo, el bermellón, un verde botella que ya casi no se consigue. Rehizo las hojas una por una. Repasó las rosas con carmín y un toque de blanco. Alargó la cinta donde se había descascarado. Hizo todo con el cuidado de quien arregla un reloj ajeno.
El jueves llegó a la frase. Cargó el pincel de amarillo y lo dejó flotando sobre la palabra, sin apoyarlo.
Le habría llevado diez minutos tapar la ese con fondo y rehacer la c. El coleccionista de Cañuelas iba a quedar contento. Joaquín, que seguramente nunca había reparado en el error, también. Nadie iba a extrañar una letra.
Norma bajó el pincel. Lo dejó en el vaso con aguarrás. Se hizo un mate, esta vez bien caliente, y lo tomó mirando la puerta.
El viernes a la tarde apareció Joaquín con un paquete de facturas, como si hubiera que festejar algo. Caminó alrededor del camión con las manos en los bolsillos. Se paró frente a la puerta y no dijo nada durante un rato largo.
—Está igual —dijo al fin—. Pero está nuevo.
—Así tiene que quedar —dijo Norma—. Fijate en la cinta.
Joaquín se agachó, leyó moviendo los labios, igual que su padre, y se le frunció la frente.
—Ahí falta algo. O sobra.
—Sobra una letra. La puse yo en 1991. Tu viejo la vio, y la dejó.
—¿Y por qué?
—No sé. Nunca se lo pregunté. —Norma se limpió las manos en el delantal—. Puedo corregirla ahora, en una hora. El coleccionista va a querer eso, supongo. Vos decidís.
Joaquín se quedó callado. Después soltó una risa corta, de las que se escapan solas.
—Mi viejo decía que el que pinta sin errores no pintó nunca nada —dijo—. Me lo repetía cada vez que me mandaba a buscar una llave en la caja de herramientas y volvía con otra. —Se pasó la mano por la nuca—. Dejala. Si el tipo se queja, se lo explico.
El sábado a la mañana vino el coleccionista con un acoplado y dos muchachos. Miró el camión de cerca, pasó la yema del dedo por la guirnalda, y en la puerta se detuvo. Norma lo vio inclinarse, leer, levantar las cejas. Se preparó para el reclamo.
—¿Esto es de época? —preguntó el hombre.
—De 1991 —dijo Norma.
—Qué bien conservado. —Y sacó el celular para sacarle una foto a la cinta, con la ese y todo.
Cuando el camión salió a la calle, enganchado al acoplado, Norma se quedó parada en la vereda con el pincel todavía detrás de la oreja. La lluvia había parado. La puerta pasó frente a ella, amarilla y roja sobre el fondo gris de Barracas, y alcanzó a leer, una vez más, la frase entera, con su letra de más, yéndose despacio por Iriarte rumbo a la autopista.
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