La corona de Antonia

A las seis de la mañana, Antonia Cusimano ya había planchado la cinta. Era una cinta de seda azul, angosta, que guardaba desde hacía cuarenta y siete años dentro de un misal, entre la página de San Salvador y la del Padre Nuestro. La alisó con el borde tibio de la plancha, la ató a la corona de flores de papel y se quedó mirando el trabajo sobre la mesada de la cocina, en la casa de la calle Magallanes.

Tenía ochenta y un años y una sola tarea para ese domingo de la fiesta de los pescadores: tirar la corona al agua durante el responso, desde un bote, para su hermano Nino. Nino había salido en un barco costero en 1977 y no había vuelto. Nunca encontraron el casco. Ella llevaba la corona todos los años, pero desde la orilla, parada en la Banquina Chica entre los cajones de pescado, y todos los años la corona se hundía a tres metros del muro, y a ella le quedaba una cosa atragantada.

Este año iba a ser distinto. Se lo había prometido el hijo de Mustafá, el del bote pintado de verde, un chico que de chico había comido en su mesa.

A las ocho bajó a la parroquia de la Sagrada Familia con la corona en una bolsa de tela. Olía a gladiolos, a vela y a humedad de mar. Hacía fresco y las gaviotas peleaban en los techos de chapa. En el atrio, el padre repartía instrucciones con un papel doblado en cuatro.

—Antonia, qué bueno verla —dijo—. Mire, hubo un cambio.

Ella conocía ese tono. Era el tono de quien va a decir una mala noticia y la va a vestir de organización.

—La Prefectura limitó la cantidad de gente en las lanchas —siguió el cura—. Van la imagen de San Salvador, los dos cantores, el que lleva el altavoz y la comisión. Las familias se quedan en la banquina. Es por seguridad, usted entiende.

—Yo entiendo —dijo Antonia.

No era cierto, pero lo dijo igual, porque había aprendido en esa misma calle que ciertas frases se dicen para que el otro pueda irse tranquilo.

Salió al sol. En la banquina ya estaban armando el anfiteatro de cajones, y los chicos probaban el palo enjabonado con un entusiasmo que a ella le dio dolor de espalda de solo mirar. Se sentó en un cajón de cajón de merluza, con la bolsa sobre las rodillas, y se puso a hacer la cuenta: dos horas. Faltaban dos horas para que sonara el responso.

—¿Y esa cara? —dijo una voz detrás.

Era Rosa Bonfiglio, de la casa de enfrente, que no hablaba con ella desde un asunto de una medianera en 1998. Traía un termo y dos mates.

—Nada —dijo Antonia—. Me sacaron del bote.

Rosa se sentó al lado sin pedir permiso. Cebó, probó, cebó de nuevo.

—Mi marido también se perdió —dijo, y miró el agua color té—. Pero el mío en el Mundial del setenta y ocho, del disgusto. Se murió de un infarto en el bar cuando perdimos con Italia.

Antonia soltó una risa corta, fea, que le sacudió el pecho. Rosa se rió también. Se pasaron el mate y no dijeron más durante un rato. Del otro lado del muro, un guinche movía cajas de langostinos.

A las diez y media empezó la misa. Antonia la oyó desde afuera, de pie, con la puerta abierta de par en par, porque adentro no cabía un alfiler. Después salió la procesión con el San Salvador en andas, la banda de bronces desafinando a conciencia, las mujeres de negro con los pañuelos en la cabeza y los hombres de campera con el escudo del club. Bajaron por Magallanes y doblaron hacia el agua. Antonia caminó atrás, entre los últimos.

En la Banquina Chica los botes esperaban atados de proa, pintados de rojo, de celeste, de verde. El bote verde era el de Mustafá. El hijo, Dani, estaba parado en la popa con los brazos cruzados. La vio. Se hizo el distraído, miró hacia el muelle y volvió a mirarla. Ella levantó apenas la bolsa de tela, a la altura del pecho, como quien muestra un documento.

Dani miró a la comisión. Miró al cura, que estaba ocupado con el micrófono. Miró de nuevo a Antonia.

—Doña —dijo, sin gritar—. Venga, que se nos va la marea.

Nadie dijo nada. Antonia bajó por la escalera de hierro, que estaba fría y mojada, con una mano en el pasamanos y la otra apretando la bolsa. Dani la agarró del codo. Sintió el bote moverse debajo de los pies, ese balanceo viejo que su cuerpo recordaba mejor que su cabeza. Se sentó en la tabla de proa.

La flotilla salió despacio, en fila, con el San Salvador adelante. Pasaron la escollera. El agua se puso más oscura y más ancha, y el ruido de la fiesta se fue quedando atrás hasta ser un zumbido, un telón de fondo, como una radio en otra habitación. Sonó el responso por el altavoz, lejano, en la voz del cura: se rezaba por los pescadores que no volvieron.

Antonia sacó la corona. Las flores de papel habían perdido un poco de color con los años, y ella las había repintado la noche anterior con témpera, una por una. Desató la cinta azul, la enrolló una vuelta en el dedo y la dejó caer junto con la corona.

—Nino —dijo, en italiano, porque era el idioma en que le hablaba—. Esta vez llegó.

La corona flotó. No se hundió. Se quedó un rato girando despacio sobre el agua, con la cinta azul estirada detrás como un camino, y el bote verde se alejó de ella sin apuro. Antonia no miró para atrás. Ya no hacía falta.

Cuando volvieron a la banquina, Rosa estaba en el muro con el termo.

—¿Y? —preguntó.

—Flotó —dijo Antonia, y aceptó el mate caliente.

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