Bernabé Quiroga apoyó la boletera contra el muslo y tiró de la tira con dos dedos, como quien saca un diente flojo. Salió un boleto verde. Lo miró a contraluz, bajo la lamparita del techo, y se lo dejó caer en la mano al pasajero.
—Gracias, jefe.
—Gracias a vos.
Era sábado 30 de abril de 1994. Desde el domingo, por decreto, mandaba la máquina expendedora, y los colectiveros dejaban de cortar, cobrar y dar el vuelto. Bernabé llevaba veintiocho años en la línea 60 y le quedaba un solo viaje de ida, desde Constitución hasta la terminal de Escobar, con el 60 cargado de monedas y de olor a gasoil caliente.
Dora lo esperaba en Escobar. No era costumbre, pero ella había dicho «te espero» y lo había dicho con el mate en la mano, que en esa casa valía más que un juramento.
Tenía su propia cuenta pendiente con los boletos. Cada rollo traía un número de seis cifras, y cada tanto, de casualidad, salía uno capicúa: 417714, 205502. Los pasajeros lo sabían. Había quien se bajaba del colectivo sin pedir el vuelto con tal de quedarse con uno. En veintiocho años Bernabé había cortado once, y los once habían terminado en billeteras ajenas. Dora, que guardaba todo en una lata de galletitas, nunca había recibido ni uno suyo.
Esa tarde, al cambiar el rollo en Constitución, le dio por mirar la primera numeración. 731090. Hizo la cuenta de memoria, con la lengua entre los dientes. El próximo capicúa de ese rollo era 731137. Cuarenta y siete boletos más, y tenía que ser él quien lo cortara.
Cuarenta y siete boletos, un sábado a la noche. En el micro de las ocho y media iban catorce personas. Bernabé cortó catorce y se quedó con treinta y tres por delante. Pasó Cabildo, pasó la General Paz. Subieron dos muchachos con una bolsa de hielo, una señora con un ramo de gladiolos envuelto en el Clarín, un colimba que dormía contra el vidrio desde Liniers. A cada uno le tiró del rollo con una delicadeza que no tenía desde que era pibe. Veintidós. Veintitrés.
—Don, ¿me da uno hasta Maschwitz? —dijo una chica con el uniforme de un supermercado.
—Hasta donde quieras.
La Panamericana era una cinta negra con luces de colores. Después de Boulogne el micro se fue vaciando. El colimba se bajó en un descampado que parecía no tener nada, y Bernabé vio que el contador de la tira marcaba 731124. Faltaban trece boletos. Adelante había una sola persona: la chica del supermercado, que ya tenía el suyo en el bolsillo del guardapolvo.
Frenó en una parada sin gente. Abrió la puerta. Esperó. Entró el aire de la noche con olor a pasto cortado y a humo de parrilla. Nadie subió.
Bernabé miró la boletera. Después miró por el espejo largo, el que habían puesto para controlar quién subía y quién bajaba, y vio a la chica dormida contra la ventanilla, con la cara aplastada.
Cortó un boleto sin pasajero. Salió amarillo y llevaba el 731125. Lo arrugó, lo tiró por la ventanilla. Cortó otro. Otro más. A cada uno le murmuraba algo, un nombre de calle, una sección. Trece boletos para nadie, y el rollo, que le costaba plata a la empresa, volaba por la ruta como confeti de un carnaval chico.
Cuando quedaban dos, se detuvo. Se secó las manos en el pantalón.
—Disculpame, nena —dijo, sin darse vuelta—. ¿Vas a Escobar?
La chica abrió un ojo.
—No, me bajo en Maschwitz.
—Ya pasamos Maschwitz.
—Ay, no.
La hizo sentar adelante. Le preguntó el nombre, que era Rosalía, y le preguntó si tenía a alguien esperándola. Cortó otro boleto, que ya no tenía nadie a quien dárselo, y se lo puso en la mano para que lo guardara. Después tiró de la tira por última vez.
731137.
Lo tuvo un rato entre los dedos, con su verde pálido y su número igual de ida que de vuelta. Después lo dobló en cuatro y se lo guardó en el bolsillo de la camisa, del lado del corazón.
En la terminal de Escobar, Dora estaba sentada en un banco con el termo bajo el brazo y la lata de galletitas en la falda. Bernabé estacionó, bajó, y recién ahí le mostró el boleto. Ella lo desdobló despacio, lo leyó en voz baja y lo miró a él.
—Este lo fabricaste.
—Un poco.
—Catorce boletos tiraste por la ventanilla, ¿no? Se ve en la cara.
—Trece.
Dora abrió la lata. Adentro había once boletos de colores distintos, todos regalados por pasajeros que Bernabé nunca supo quiénes eran, y que ella había ido reuniendo con la paciencia de quien junta estampillas. Puso el nuevo arriba de todos, lo alisó con el pulgar, tapó la lata.
—Es el único que vale —dijo, y le pasó el mate.
A la mañana siguiente, el 60 salió de Escobar con la máquina atornillada al lado del volante, grande, gris, con la boca abierta esperando monedas. Bernabé se sentó, la miró un buen rato y después la puso en marcha.
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