A las cuatro y media de la mañana el galpón todavía huele a lanolina fría y a gasoil. Rubén Oyarzún ya está en el banco del fondo, bajo la lámpara, con la piedra mojada y una caja de lata llena de cortantes. Afuera sopla el oeste, ese que en noviembre, en las afueras de Gobernador Gregores, no pregunta si uno durmió bien.
Treinta y un años lleva afilando para la comparsa. Peines, cortantes, el mismo orden siempre: primero los del Cacho, que esquila rápido y gasta mucho; después los de los pibes; al final los suyos, que ya no usa pero afila igual, por respeto a la costumbre.
Agarra un cortante nuevo y lo apoya contra el esmeril. Mira la punta del dedo. Tiembla. No mucho, un temblor finito, como el de un hilo de lana con viento. Lo mira un rato largo y lo guarda en el bolsillo de la campera, como quien guarda una boleta que no quiere pagar.
—¿Otra vez despierto antes que la cocinera? —dice una voz desde la puerta.
Es Lautaro, el playero, diecinueve años, el más joven de la comparsa. Es el que junta la lana del piso, el que presenta el vellón en la mesa y el que cuenta las latas de cada esquilador. Trae dos mates y la cara hinchada.
—Alguien tiene que dejar los filos listos —contesta Rubén.
—El Cacho dice que usted afila como los dioses.
—El Cacho dice cualquier cosa si le cebás bien.
Lautaro se ríe y se sienta en un cajón. Mira cómo Rubén gira el peine contra la piedra, cómo lo da vuelta, cómo sopla la limalla invisible. Hace tres temporadas que mira. Rubén lo sabe y no dice nada.
Cuando la luz empieza a entrar por las chapas, llega la comparsa. Son catorce: los esquiladores con sus tijeras eléctricas colgadas de los ganchos del techo, los meseros, el prensero, la cocinera que ya está con el pan. Se arman los cuatro turnos del día, de poco más de dos horas cada uno, y el galpón se llena de zumbido, de balidos y de ese olor tibio, grasoso, que a Rubén le parece el de su propia casa.
A media mañana, el Cacho levanta la mano.
—Rubén, se me embotó el peine.
Rubén se limpia las manos en el pantalón y va. Cambia el peine, trae otro del banco. Cuando se lo alcanza, el Cacho lo mira un segundo más de lo necesario.
—Este corta distinto —dice.
—Es el mismo filo de siempre.
—No. Está más bruto.
Rubén no contesta. El Cacho vuelve a agarrar la oveja, se agacha y sigue. A la tarde, cuando suena el silbato del segundo turno, Rubén se queda solo en el banco y prueba el filo contra la uña del pulgar. Se resbala. Lo hace otra vez. Se resbala otra vez.
Al caer el sol llega Lautaro, con la planilla de las latas.
—¿Usted está bien?
—Estoy viejo.
—No le pregunté eso.
Rubén lo mira. Después abre el bolsillo de la campera y deja el cortante sobre el banco, a la vista, bajo la lámpara.
—Me tiembla la mano. Desde mayo.
—¿Se lo dijo al patrón?
—Se lo digo a vos. Hoy se me fue un filo. Mañana se me va otro y un día un muchacho se corta feo por culpa de un peine que yo dejé mal.
Lautaro no dice nada. Se sienta de nuevo en el cajón. El viento mueve una chapa floja en algún lugar del techo, con un golpe corto y regular.
—Enséñeme —dice al fin.
—Hace tres años que mirás.
—Mirar no es lo mismo.
Rubén se queda quieto un momento largo. Después se levanta del banquito, que es de él y de nadie más, y señala el lugar con la barbilla. Lautaro se sienta. Rubén le pone el peine en la mano y se la cubre con la suya, la que tiembla. Es raro: así, apoyada sobre otra, el temblor casi no se nota.
—Más suave. La piedra hace el trabajo, vos acompañás.
—Me tiembla a mí también.
—Es el frío. O los nervios. Dejá.
Pasan una hora así. Entra la cocinera con un jarro de caldo y no dice nada, lo deja en un rincón y se va. Afuera se apagan las luces del campo, una por una, y queda el galpón con su lámpara y los dos hombres inclinados sobre una piedra mojada.
A las diez de la noche, Lautaro termina un cortante. Lo levanta contra la luz. Rubén lo toma, lo pasa por la uña del pulgar, y esta vez el filo se clava, limpio.
—Sirve —dice.
—¿Nada más?
—Sirve para ser el primero.
A la mañana siguiente, a las cuatro y media, Rubén llega al galpón con el frío metido en los huesos y encuentra la lámpara prendida. Lautaro ya está en el banco, con la piedra mojada y la caja de lata abierta, afilando primero los del Cacho.
Rubén se queda en la puerta. Después se sirve un mate de la pava, se sienta en el cajón y mira cómo el chico gira el peine contra la piedra, con la mano firme y el oeste golpeando las chapas, igual que la primera mañana de su vida.
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