La boleta decía jueves, 1:30, tres horas, y Hilario Zalazar la había leído tantas veces que ya no hacía falta mirarla. La tenía doblada en cuatro dentro del bolsillo de la camisa, junto a los cigarrillos que no fumaba desde 2014 y que seguía llevando por costumbre.
Salió de la casa a las doce y cuarenta. Había una luna chata sobre la sierra de Uspallata, que a esa hora era apenas una raya más oscura que el cielo, y el aire olía a tierra seca y a ruda. Caminó por la calle de tierra con la pala al hombro y la linterna apagada. Conocía de memoria los pozos del camino, porque durante treinta y un años había recorrido esa zona de Perdriel, en Luján de Cuyo, con una bicicleta primero y con una camioneta después, repartiendo agua y boletas, y diciéndole a cada finquero cuánto le tocaba y cuándo.
Ahora no repartía nada. Lo habían jubilado en marzo, con una cena en el club y un reloj que andaba mal. La tomera nueva se llamaba Luciana, tenía veintiocho años, manejaba una moto y llevaba las boletas en una aplicación del celular. A Hilario eso no le molestaba. Lo que le molestaba era que el parral de su hermana Elvira se vendía.
Era un parral chico, media hectárea de malbec viejo, de pie franco, plantado por el padre de los dos. Elvira había muerto en agosto. Los sobrinos, que vivían en Córdoba, habían firmado con una inmobiliaria que quería lotear. La escritura era el lunes. Y el agua de esa semana, el último turno que la finca tenía asignado antes de que cambiara de dueño, caía en la madrugada del jueves.
—No hace falta que vengas, Hilario —le había dicho Luciana por teléfono—. Yo abro la toma y listo.
—Abrila vos arriba —había contestado él—. La compuerta de la finca la abro yo.
Ella se quedó un rato callada. Después dijo: «A la una y veinte estoy en el sifón. Cuando te llegue el agua, es tuya».
Llegó a la finca y entró por el portón de alambre. Los parrales se alineaban en la oscuridad como un coro que esperaba la señal. Fue hasta el cabezal, donde la hijuela se asomaba de la acequia madre y la compuerta de chapa estaba sujeta con una cadena y un candado oxidado. La linterna le mostró la herrumbre. También le mostró que alguien, quizás los de la inmobiliaria, había cerrado el candado con otra cadena, nueva, brillante, de las que se compran en la ferretería de la ruta.
Hilario se quedó mirando la cadena. Tenía la llave del candado viejo, pero no la del nuevo, y eran la una y veinticinco.
—Qué hijos de puta —dijo, sin mucha fuerza, porque no tenía a nadie a quien dirigirlo.
Se sentó en el borde de la acequia seca. Escuchó. Muy lejos, aguas arriba, había un ruido que todavía no era ruido, un cambio de presión en el aire, como cuando alguien abre una puerta en otra habitación. Luciana había abierto la toma.
Se acordó de su padre enseñándole, a los once años, cómo se abría una compuerta cuando se perdía la llave: no se forcejeaba la cadena, se aflojaba la guía. Se levantó, se arrodilló en el barro seco y metió la punta de la pala debajo del marco de hierro, del lado donde la chapa encajaba en la ranura. Hizo palanca. Una vez, dos veces. El marco crujió y cedió un dedo, y la compuerta se corrió lo suficiente, sin soltar la cadena, para dejar una rendija del ancho de una mano.
Alcanzaba. Sabía que alcanzaba porque el agua, cuando viene, busca.
Llegó a la una y treinta y uno. Primero fue un brillo en el fondo del cauce, después un arrastre de hojas y de palitos, y después el sonido, ese sonido grueso y parejo que él había escuchado miles de veces y que nunca había aprendido a describirle a nadie. Pasó junto a sus botas. Se metió por la rendija, empujó contra la chapa, y la hijuela, que llevaba meses sin una gota, empezó a llenarse desde el fondo, lamiendo las grietas, oscureciendo la tierra.
Hilario agarró la linterna y siguió el agua entre las hileras. Caminaba a su paso, y el agua iba un poco más rápido. Cuando se distanciaron, se detuvo y la dejó ir sola. La oyó entrar en el surco del primer parral y después en el del segundo. Olió la tierra mojada subiendo, ese olor que en Mendoza no se parece a ningún otro porque llega después de una espera larga, y sintió las rodillas flojas.
Se sentó al pie de una cepa, la más vieja, con el tronco retorcido como una soga. Sacó la boleta del bolsillo, la desdobló y la miró a la luz de la luna: jueves, 1:30, tres horas. Después sacó los cigarrillos, eligió uno, y se lo puso en la boca sin encenderlo.
A las dos y media escuchó la moto de Luciana por el callejón. Ella se asomó al portón, vio la compuerta forzada y la cadena nueva intacta, y no dijo nada. Se acercó, se agachó junto a la hijuela y metió una mano en el agua. La dejó ahí un momento.
—Te sobra media hora —dijo—. El turno de abajo no sale hasta las cuatro y no llega nadie.
—Que corra —dijo Hilario.
Se quedaron los dos, uno sentado y la otra en cuclillas, mientras el parral bebía. Al fondo, entre las hojas, el agua seguía avanzando, y la finca entera se oía distinta, como una casa a la que le vuelven a prender la luz.
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