Dalila Bressan llegó a la costa a las seis y diez, con el termo bajo el brazo y las zapatillas colgadas del cuello, porque la orilla ya no era orilla sino un kilómetro de barro cuarteado que crujía como galleta. Hacía dos inviernos que la laguna se venía retirando. Primero dejó la playa de los turistas, después los pilotes del muelle viejo, y esa semana había dejado al aire lo que nadie en Miramar de Ansenuza había visto desde antes de que ella naciera: las calles.
Tenía dieciséis años y una sola misión, que no le había contado a nadie. Ni a su mamá, que atendía la proveduría de la ruta, ni a su tío Franco, que hacía excursiones en lancha y se había pasado la semana llevando gente a mirar ruinas con cara de funeral de lujo.
Caminó hacia el anfiteatro. Desde lejos parecía un dibujo de arcos de cemento, las butacas en semicírculo mirando un escenario que ya no tenía a nadie enfrente, apenas el horizonte blanco de la sal. Su bisabuela Ernestina se lo había descripto cien veces, sentada en la galería con el mate y la manta de lana: lo inauguraron con bombos y platillos y a los tres meses el agua lo tapó. «Ni tiempo de que se sentara la gente», decía. Después se quedaba callada y miraba el techo.
Ernestina había muerto en abril. Antes de morirse le dio una instrucción que Dalila anotó en el reverso de una factura de luz: Hotel Los Tilos. Esquina de la calle del correo. En el hall hay un piso de mosaicos, y en el medio un ancla azul con una E y una B. Lo puse yo.
La familia había tenido una pensión de cuatro piezas que fue creciendo hasta ser hotel, como casi todo en el pueblo. Llegaron a ser más de cien los hoteles en los años buenos, cuando venían de Buenos Aires y de Santa Fe a quedarse cuarenta días, a embarrarse con el fango de la laguna, a meterse en el agua que un hombre con carro y barril calentaba en una caldera a leña y llevaba de hotel en hotel. Ernestina se había casado con un Bressan, hijo de piamonteses, y había puesto con sus manos los mosaicos del hall. Después vino el agua, entre 1977 y 1985, y se llevó treinta y siete manzanas, las más lindas, las de la costanera.
Dalila no tenía mapa. Tenía la frase «esquina de la calle del correo» y la sospecha de que, si el camino de pavimento que se asomaba del barro era una calle, el correo tenía que estar donde los ladrillos formaban un cuadrado cubierto de costra blanca.
Se le hundió un pie hasta el tobillo. Lo sacó con un ruido de beso mojado. Un flamenco austral, a lo lejos, levantó una pata, la miró con desconfianza de portero y siguió filtrando agua con el pico torcido. El aire olía a sal vieja, a pantano y a algo metálico, como una moneda en la boca.
Encontró primero los zócalos, después un pedazo de baldosa verde, después una pileta de lavar con la canilla todavía puesta. Era sorprendente cuánta casa quedaba cuando se sacaba el techo y los muebles. Caminó entre muros que le llegaban a la cintura, cuartos sin paredes, un umbral de quebracho que el sol había vuelto gris plata. Las suelas le dolían de pisar la sal.
—¿Perdiste algo, nena?
Un hombre mayor con gorra de lana la miraba desde lo que había sido una vereda. Tenía un balde con almejitas de agua dulce y una caña corta. Dalila dudó y después largó todo de golpe.
—Busco un hotel. Los Tilos. Mi bisabuela puso un piso de mosaicos con un ancla.
El hombre se rascó la barba blanca.
—Los Tilos estaba más para allá, pegado al correo. Yo era pibe. Mi viejo hacía los repartos en bicicleta. —Señaló con la caña hacia un montículo de ladrillos rotos—. Pero mirá que cuando bajaron las aguas de la última, volaron todo con explosivos para que no quedara nada flotando. No va a haber mucho.
Dalila dio las gracias y siguió. No quería escuchar «no hay mucho». Lo que ella buscaba no era el hotel entero, era un metro cuadrado de piso.
Llegó al montículo cuando el sol ya estaba alto y le pegaba en la nuca. Se arrodilló. Con las manos empezó a raspar la costra de sal. Debajo había barro gris, y debajo del barro, una línea recta de cemento. Siguió la línea y apareció una esquina. Después el borde de un mosaico: un cuadrado de dibujo geométrico, rojo y crema. Lo limpió con el dedo y con el borde de la manga. Otro. Otro más. Un hall entero se iba abriendo bajo sus manos, dibujo por dibujo, como si el piso hubiera estado esperando que alguien volviera a preguntar.
Tardó una hora en llegar al centro. Ahí el diseño cambiaba. Había una guarda azul, y adentro, apenas cubierto por una película de limo, un ancla con los brazos curvos. Debajo, dos letras de un azul más oscuro, imperfectas, un poco chuecas, hechas por una mujer joven que no era albañil. E y B.
Dalila se sentó en el suelo. No lloró; no sabía si hacía falta. Sacó el termo y cebó un mate, y le tiró el primer chorro a la letra E, como se hace con la tierra.
—Ya llegué, bisabuela —dijo en voz alta, y el flamenco levantó la cabeza.
Sacó el celular y sacó una foto que no iba a mostrarle a nadie por un rato. Después hizo otra cosa. Juntó piedras de los ladrillos rotos y las puso en círculo alrededor del ancla, para que desde lejos se viera que ese piso tenía dueña. Sabía que la laguna iba a volver, que siempre vuelve, que crece despacio, no como el río, y que una tarde cualquiera el ancla iba a quedar otra vez abajo del agua.
Pero ahora ya sabía dónde estaba, y con eso alcanzaba. Se levantó, se sacudió la sal de las rodillas, y caminó de vuelta hacia el pueblo con las zapatillas colgadas del cuello. Detrás, sobre el barro blanco, el ancla azul miraba el cielo con los brazos abiertos.
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