La nasa número 41

A las seis y diez, con el cielo todavía del color de una chapa vieja, Yamila Aguirre soltó las amarras de la Pilar en el muelle de Ushuaia. Llevaba el termo bajo el brazo y en el bolsillo del grueso un papelito con tres números anotados a lápiz: 54, 51, 2. Eran las coordenadas de memoria de un lugar al que no había vuelto desde el temporal de enero.

Era el 28 de febrero. A la medianoche se cerraba la temporada de centolla y recién se reabría en julio. Cualquier nasa que quedara en el fondo se iba a pasar esos meses pescando sola, sin nadie que la mirara, hasta que la malla se pudriera o la soga se cortara contra una piedra.

—¿Cuarenta y una? —preguntó Tomás, su sobrino, que a los quince años ya sabía hacer un seno de guía con los ojos cerrados.

—Cuarenta y una —dijo ella—. De las cuarenta y cinco, es la única que falta.

No hacía falta explicarle por qué esa. La número 41 llevaba el marbete que le había puesto su padre el último año que salió a pescar, con el número grabado a punzón, medio comido por la sal. Después el viejo se había quedado en tierra, mirando el canal desde la ventana con el calefón prendido y la pava lista, y Yamila se había quedado con la lancha, con las nasas y con la costumbre de contar en voz alta.

Levantaron las primeras treinta sin novedades. La nasa sube chorreando, con las algas colgadas y las arañas de mar pegadas a la malla, y hay que abrirla ahí nomás, sobre la borda. Tomás medía con el calibre: doce centímetros de caparazón o al agua. Una hembra, al agua. Un macho chico, al agua. Los que daban la talla iban al cajón, con las patas atadas, los ojos negros y la mirada ofendida.

—Este da justo —dijo el chico, con el calibre apoyado.

—Justo no es lo mismo que da. Medilo de nuevo.

Dio. Cayó en el cajón con un ruido seco.

Hacia el mediodía el viento se acomodó del oeste y el canal se llenó de borregos. Yamila corrigió el rumbo, dejó la isla Redonda a babor y se puso a buscar con el sondador el escalón donde creía haber calado la 41. Había una boya naranja que no era la suya, otra que sí pero de un vecino, y una tercera hundida, apenas una mancha. Pasó tres veces. A la cuarta, Tomás señaló con el mentón.

—Ahí. Debajo de la gaviota.

Era una botellita de plástico blanca, de las que usaba su padre porque decía que el naranja se lo veían todos. Yamila no dijo nada. Se puso los guantes. Tiró del cabo con las dos manos, y el cabo salió largo, flojo, cargado de barba verde, y después se puso pesado.

La nasa vino abollada de un lado y con la malla rota en una esquina, pero con el marbete en su lugar. Adentro había una centolla enorme. Tomás se agachó, la midió con los ojos y soltó un silbido.

—Tía, esta pasa los quince.

—Dame vuelta.

El chico la dio vuelta. Bajo el abdomen, apretados como un racimo de uvas marrones, estaban los huevos.

Ninguno de los dos habló. Yamila conocía la ley de memoria, pero igual la repasó, como quien repasa un camino: hembras, nunca. Hasta el dos por ciento de incidentales en la bodega, y eso con acta. Ella no tenía ni una en la bodega, ni quería tenerla.

—Era la única que había entrado en cuatro meses —dijo Tomás, bajito—. La única grande.

—Sí.

—Podríamos…

—No.

Lo dijo sin levantar la voz. Después se sacó un guante, apoyó la palma desnuda en el caparazón frío y espinoso, y la dejó ahí un segundo, como se apoya la mano sobre el hombro de alguien que se va. Con cuidado, con las dos manos y con Tomás sosteniendo la nasa en la borda, la bajó al agua. Se hundió hacia la izquierda, de costado, con las patas abiertas, y no volvió a aparecérseles.

Cuando el chico se animó a hablar, ya habían embolsado la nasa rota y enganchado el cabo de nuevo.

—Entonces la cuarenta y una la sacamos para nada.

—La sacamos para que no se quede.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo —dijo Yamila, y puso proa al puerto—. Servime un mate.

Entraron a las seis y media de la tarde con el cajón a la mitad de lo que había soñado y la bodega limpia. En el punto de control los esperaba el inspector, con la tablilla y la campera de la prefectura. Había que hacer la revisión con la carga a bordo, antes de amarrar, y Yamila apagó el motor y esperó con los brazos cruzados, mientras el inspector contaba, medía y anotaba sin mirarla.

—Todo en regla, Aguirre. ¿Cierra la temporada?

—Cierra.

—¿Y la cuarenta y una? Me dijeron que la perdió.

—Está aquí.

Señaló la nasa abollada, con la malla rota, apoyada en la popa. El inspector la miró un rato. Después firmó el parte sin decir una palabra más.

Esa noche Yamila subió con la nasa al hombro por la calle empinada hasta la casa de su padre. Lo encontró en la ventana, con el canal entero delante, ya oscureciendo. Dejó la nasa en el piso, al lado de la silla, con el marbete hacia arriba.

El viejo la miró. Pasó el pulgar por el número hundido en el metal, de punta a punta, como quien lee.

—¿Venía vacía? —preguntó.

—Venía vacía —dijo Yamila.

Y afuera, en el agua negra, la boya blanca de plástico ya no estaba, pero el canal seguía igual.

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