Un pan de sal para Maimará

Nicasio Colque llegó a la salina antes de que saliera el sol, cuando la costra todavía crujía como vidrio fino bajo las zapatillas. Era octubre, época seca, y a 3450 metros el aire entraba en el pecho con filo. Atrás, la sierra de Chañi se ponía rosada de a poco. Adelante no había nada: una llanura blanca que hacía doler los ojos aun con la luz baja.

Traía un hacha de mango gastado, una bolsa de coca y una botellita de alcohol de caña. No traía apuro. Tenía sesenta y ocho años y un solo pan de sal para cortar.

—Abuelo, ¿seguro que no querés la pala? —gritó Brian desde la camioneta, con la puerta abierta y el mate en la mano.

—La pala es para la sal que se vende —contestó Nicasio sin darse vuelta—. Esta no se vende.

Eligió un lugar lejos de las piletas de la cooperativa, donde la costra era pareja y la sal blanca de verdad, no gris. Se arrodilló. Esparció unas gotas de alcohol sobre la superficie y dejó caer unas hojas de coca, porque así le había enseñado su padre: primero se le pide permiso al salar, después se le saca algo. Murmuró el nombre de su padre, el de su abuelo y el de la salina, todo en el mismo aliento.

Levantó el hacha y golpeó.

El primer golpe no hizo nada. El segundo abrió una línea fina. A la tercera la sal se partió con un sonido seco, limpio, que le recorrió los brazos hasta los hombros. Hacía veinte años que no cortaba un pan a mano. Después de la ruta 52 vinieron los camiones y los compradores de sal para ganado, y los panes se vendieron por tonelada, cortados con máquina. Hasta 2005, más o menos, la familia todavía había cambiado sal por maíz y harina, como hicieron los abuelos con sus tropas de burros. Después se terminó. No hubo una decisión. Un año nadie vino, y al siguiente nadie fue.

Cortó el segundo lado, el tercero. Le sudaba la espalda dentro de la campera aunque la temperatura apenas pasaba los cinco grados. Brian bajó de la camioneta y se paró cerca, sin ayudar, porque había aprendido que ayudar a Nicasio en ciertas cosas era una forma de ofenderlo.

—¿Y esto para qué es, al final? —preguntó el chico, que tenía veintidós años y estudiaba para técnico en la capital de la provincia—. Me dijiste que íbamos a Maimará, nada más.

Nicasio apoyó el hacha. Se limpió las manos en el pantalón.

—En Maimará vive un tal Abdón Tolaba. Su padre y el mío cambiaban todos los años. Mi viejo bajaba con la sal y volvía con maíz, con papas, con unos duraznos secos que dejaban la casa oliendo a fruta una semana. —Hizo una pausa—. Abdón me llamó el mes pasado. Está viejo. Dice que tiene una bolsa de choclo guardada para mí desde hace veinte años. Una bolsa por un pan, como siempre. Yo le dije que sí. Después me quedé pensando que no tenía el pan.

Brian miró el bloque a medio desprender, blanco, con las aristas todavía sin pulir.

—Podías comprar sal en cualquier almacén de Purmamarca.

—Podía. Pero Abdón no quiere sal. Quiere esta.

Volvió a levantar el hacha. El último corte fue el más difícil, el que desprendía el pan de la costra por debajo, y Nicasio lo hizo con las dos manos y todo el peso del cuerpo. La sal cedió. El pan salió entero, del tamaño de un ladrillo grande, pesado como un chico dormido. Nicasio lo alzó contra la luz. Adentro tenía una veta fina, casi transparente, que parecía agua detenida.

—Mirá eso —dijo.

Brian se agachó a mirar y no dijo nada.

Lo envolvieron en un poncho viejo y lo acostaron en el asiento de atrás, atado con el cinturón de seguridad, como un pasajero. Subieron por la ruta 52 hasta la Cuesta de Lipán, donde el camino se enrosca contra la montaña y el motor se queja. Nicasio fue mirando las curvas con la mano apoyada sobre el poncho. En la apacheta de arriba pidió que pararan. Dejó una piedra más sobre el montón, un poco de coca y un hilo de lana roja que sacó del bolsillo, y volvió a subir sin hablar.

Bajaron a Purmamarca, y después a Maimará, con los cerros de colores cayendo a los costados. Eran las once cuando llegaron a una casa de adobe con una higuera en el patio. En la puerta esperaba un hombre flaco, encorvado, con un sombrero que le quedaba grande. Tenía la bolsa de choclo ya apoyada contra la pared.

Abdón no dijo hola. Se acercó a la camioneta, abrió la puerta de atrás y desató el cinturón. Levantó el poncho, lo abrió con cuidado, y se quedó un rato mirando el pan. Después se lo llevó a la nariz y respiró hondo, como quien reconoce un olor de la infancia.

—Es de allá arriba —dijo por fin—. Se nota.

—Se nota —dijo Nicasio.

Se dieron la mano, y la mano de Abdón temblaba un poco. Brian cargó la bolsa de choclo en el baúl. Pesaba menos de lo que esperaba.

A la tarde, de vuelta en la salina, Nicasio le pidió a su nieto que se detuviera antes de llegar a la casa. Bajó solo. Caminó unos metros por la costra, hasta donde había quedado el hueco rectangular del pan, ya sin la sombra del hacha. Se agachó y apoyó la palma en el borde.

La sal empezaba a juntarse otra vez en el fondo, una película blanca, casi invisible, que brillaba apenas con el sol bajo.

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