El agua de la vertiente salía a veintipico de grados y olía a huevo duro, como siempre, pero esa mañana Nélida Quiroga ni lo notó. Tenía la taza en la mano y la miraba contra la luz que bajaba del Cerro del Inca. Era una taza de loza blanca, con una guarda de florcitas celestes, y ya no era de loza. Hacía once meses que colgaba de un alambre sobre el chorro, debajo del puente de piedra, y el agua la había ido vistiendo de a poco con una costra color ocre, dura, finita, con textura de azúcar quemada.
Una taza petrificada. Así las llamaban los turistas, aunque Nélida sabía que petrificada no era la palabra: la piedra no la reemplazaba, la envolvía. Adentro seguía estando la taza, igual que adentro de ella seguía estando la muchacha que había llegado a Puente del Inca en el cuarenta y nueve, con una valija de cartón y un marido que trabajaba en la vía.
Con esa misma taza le servía el café a Ernesto, en la cocina de la casa de los ferroviarios, el invierno en que él se fue a Mendoza a hacerse un estudio y no volvió. Ahora estaba el hijo, Ricardo, que tenía un taller de heladeras en Godoy Cruz y la llamaba los domingos. Hablaban del tiempo, de la pensión, de la presión de ella. Nunca de nada más.
El último que baja
—Nélida, ¿vos sabés a qué hora pasa hoy? —preguntó Armando, el que atendía la boletería, asomándose por la ventanilla del mostrador de recuerdos.
—A las cuatro y diez. Como siempre.
—Como siempre no. —Armando se sacó la gorra y la dio vuelta entre las manos—. Es el último. Lo dijeron ayer por radio. Después del domingo cierran el ramal. No hay más servicio local.
Nélida no contestó. Sabía que el tren de Mendoza venía flaco de pasajeros desde que habían cerrado lo de Chile. Dos automotores Ganz, azules y plateados, que subían despacio por el valle del Mendoza con cuatro o cinco personas adentro, un andinista, una señora con una canasta. Y sin embargo no había terminado de creérselo hasta ese momento, con la taza todavía húmeda en la mano.
Había querido mandársela a Ricardo para el cumpleaños, en marzo. Después para las fiestas. Siempre se le ocurría un motivo para no hacerlo, porque mandar una taza era como mandar una frase, y ella no sabía cuál era la frase. Pero si ese tren era el último, no iba a haber otra forma. Los micros de la empresa no llevaban encomiendas de tres pesos, y a ella nadie le iba a subir hasta la boca del túnel una cajita con un papel.
Sacó de abajo del mostrador una caja de zapatos, la forró con diario viejo, la llenó de virutas de papel y acomodó la taza adentro. La costra todavía estaba fría. Escribió en el borde de una tarjeta: «Para Ricardo Quiroga, taller Quiroga Refrigeración, Godoy Cruz». Se quedó mirando el lapicero. No agregó nada.
Cuatro y diez
El automotor apareció por la curva del río con su ronquido de siempre, y el viento de la tarde le levantó a Nélida el pañuelo. Había hecho el camino hasta la estación con la caja contra el pecho, como si pesara. Armando la esperaba en el andén.
—El conductor se llama Beltrán —dijo—. Es de los de antes. Se la lleva hasta Mendoza y se la deja al jefe de la estación, que la manda con un cadete. Yo ya hablé.
Beltrán bajó con el saco abotonado hasta arriba, aunque el sol todavía pegaba fuerte. Agarró la caja con las dos manos, la sopesó, la miró a ella.
—¿Es frágil?
—Es una taza.
—Eso es frágil.
—Esa no —dijo Nélida, y se sorprendió de su propia voz—. Esa aguantó once meses abajo del agua. Lo que no sé es si aguanta un viaje.
Beltrán sonrió un poco, sin burla, y subió la caja al compartimento de adelante, donde acomodó el termo y la bolsa del pan. La puso contra el vidrio, de modo que el sol la tocara.
—Si usted quiere agregar algo, hay tiempo. El jefe de Mendoza no se apura. Yo tampoco.
Nélida se quedó parada. Del otro lado de la vía, el río bajaba color café con leche, cargado de arena. Más arriba, los techos de chapa de las casas de los ferroviarios. Más arriba todavía, el puente, con sus manchas amarillas, naranjas, verdes, cuarenta años de agua mineral pintando la misma piedra. Ernesto le había dicho una vez que lo que no se dice se va depositando, capa por capa, hasta que uno no se acuerda de qué había abajo.
Abrió la caja, sacó la tarjeta, la dio vuelta y escribió del otro lado, rápido, antes de arrepentirse, con una letra que se le salió grande: «Pasá a buscar la otra. Hay un gancho vacío».
Era cierto. Sobre el chorro quedaban cuatro alambres con taza y uno sin nada, el que ella había dejado para la próxima, sin saber para quién.
—Listo —dijo.
Beltrán cerró la caja, tocó dos veces la bocina, y el automotor arrancó lento, con ese tironeo que hacía temblar los vidrios. Nélida lo siguió con la vista hasta que dobló después del puente y el ruido se mezcló con el del río.
Volvió despacio al mostrador. Al pasar bajo el arco miró el gancho vacío, y le pareció que el agua, por primera vez en mucho tiempo, caía justo sobre ese lugar.
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