A las cinco y diez de la mañana, Ushuaia todavía era una sola mancha azul con luces anaranjadas, y Nélida ya tenía las manos negras hasta las muñecas.
Caminó por el patio de la Estación del Fin del Mundo con el termo bajo el brazo y el aliento adelante, como un perro que la guiaba. A los costados, la escarcha había dejado cada tabla del andén con un borde blanco. La Garratt esperaba en la vía, quieta, con ese olor a aceite tibio y a metal que a Nélida le gustaba más que cualquier perfume. Era la locomotora número 2, la que llevaba el nombre de un ingeniero que ella nunca conoció pero a quien le hablaba cada mañana, bajito, para que el fuego prendiera.
Treinta y un inviernos. Ese era el número que le daba vueltas. El viernes se jubilaba, y Joaquín, su nieto, que tenía nueve años y había nacido en Río Grande, nunca la había visto trabajar. Le había prometido que el miércoles lo traía. Lo había dejado dormido en la camioneta, con la campera de la escuela hecha un bollo debajo de la cabeza, y le había dicho: «Cuando suene, te despertás solo».
Abrió la portezuela de la caldera y miró adentro.
—Bueno, flaca —dijo—. Hoy no me hagas pasar vergüenza.
Armó el fuego como lo hacía siempre: primero lo fino, después lo que aguantara. Lo encendió con un fósforo de cocina, de esos largos, porque los encendedores se le morían de frío en el bolsillo. La llama agarró bien. Nélida se quedó un rato mirándola, con la cara caliente de un lado y helada del otro.
Pero a las seis menos veinte, la aguja del manómetro no se había movido.
Le dio un golpecito al vidrio con la uña. Nada. Revisó el nivel de agua, abrió una llave, cerró otra. Todo en su lugar. Se sentó en el escalón de la cabina y respiró. Afuera empezaba a clarear detrás de los cerros, con ese gris que en el sur se queda un buen rato antes de decidirse.
—¿Qué te pasa? —le preguntó a la máquina.
La máquina no contestó, pero el fuego sí: tenía un color flojo, amarillo pálido, sin ganas. Nélida se agachó, tocó una de las astillas que había sobrado y la partió entre los dedos. Estaba húmeda por dentro. Esa leña la habían dejado afuera dos noches, con la nevisca de la semana, y ella no la había revisado. La confianza, pensó. Treinta y un años de confianza y el último miércoles se la cobraba toda junta.
Se levantó y fue hasta el galpón del fondo. Ahí, detrás de las latas de pintura, guardaba un atado de leña que no era del tren. Lo había juntado ella misma en otoño, en el bosque de lengas cerca del río, y lo había dejado secar arriba del tanque de agua caliente de su casa. Era para el asado del viernes, para la despedida. Lo había atado con alambre y le había escrito con marcador: no tocar.
Lo cargó al hombro. Pesaba menos de lo que esperaba. Lo desató sobre el andén y eligió trozo por trozo, dándolos vuelta, golpeándolos uno contra otro. Sonaban huecos, como puertas.
—Perdoname, viernes —murmuró.
Los metió en la caldera. Esta vez el fuego se levantó con otra voz, un rugido corto y ancho. En diez minutos la aguja empezó a subir, perezosa al principio y después de golpe, como alguien que por fin se acuerda de adónde iba.
Nélida se limpió la frente con el antebrazo y dejó una raya negra. Miró el reloj: seis y cinco. Los guardas ya estaban llegando, con las mochilas y los gorros, saludando de lejos. El primer turno salía a las nueve y media, pero la pitada de prueba se hacía siempre antes, cuando el pueblo todavía dormía y nadie se quejaba.
Fue hasta la camioneta y golpeó el vidrio con los nudillos. Joaquín abrió un ojo.
—¿Ya sonó?
—Casi. Vení.
El chico bajó arrastrando la campera y se frotó la cara con las dos manos. Caminaron juntos por el andén. Él miraba la locomotora de abajo para arriba, con la boca un poco abierta, y Nélida lo dejó mirar. Lo subió a la cabina con una mano en la espalda.
—No toques nada que brille —le dijo—. Y nada que queme. O sea, nada.
—¿Entonces qué hago?
Ella le agarró la mano y se la puso sobre una cadenita fría que colgaba cerca del techo.
—Esto. Cuando yo te diga, tirás despacio. Despacio, ¿eh? Como si fuera la cola de un gato.
Joaquín tragó saliva. Afuera, el gris se había vuelto celeste y en lo alto de los cerros había aparecido una línea de nieve con el primer sol encima. Nélida miró el manómetro, miró a su nieto, miró el humo que empezaba a salir derechito por la chimenea.
—Ahora.
El chico tiró. La pitada salió larga, fina y firme, y rebotó en el valle una vez, dos veces, hasta perderse entre los árboles. Un par de pájaros salieron volando de un techo. En alguna casa lejana se prendió una luz.
Joaquín se quedó con la cadenita en la mano, sin soltarla, y la miró como si hubiera hecho temblar la tierra.
—¿La escuchó todo el mundo?
—Todo el que tenía que escucharla —dijo Nélida.
Y se agachó a revisar el fuego, para que su nieto no le viera la cara.
El viernes hicieron el asado igual, con leña comprada. A Nélida le pareció que tenía el mismo sabor.
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