Cabeceo para la abuela

El 140 las dejó en Lugones a las once y diez, y la abuela bajó los escalones de a uno, con la cartera apretada contra el pecho como si llevara los documentos de la casa. En realidad llevaba los zapatos. Los de baile, color crema, con la tira finita en el empeine, los que no se ponía desde antes de la pandemia. Los de calle los había dejado alineados en el pasillo, para que el lunes los encontrara al volver.

—Lunes a las siete me internan —dijo Delia, sin que nadie le preguntara—. Cadera de titanio. Dicen que después uno baila mejor. Mentira. Después uno camina mejor, que no es lo mismo.

—Ya sé, abuela.

Brenda tenía diecisiete años, unas zapatillas negras de lona y una idea que no le había contado a nadie. Venía a Villa Urquiza todos los sábados de su vida, primero dormida en el cochecito, después sentada bajo la mesa con un paquete de maníes, y nunca, ni una vez, había visto a su abuela bailar con otra persona que no fuera un señor de saco.

Adentro olía a café recalentado y a perfume de farmacia. El Club Sunderland era lo que era: una cancha de básquet con las líneas blancas todavía marcadas en el piso, los tableros arriba en las puntas, mesas con manteles de papel y sillas de plástico alrededor de la pista. Norma, la de la cantina, saludó a Delia con el mentón, desde atrás de la barra, sin dejar de cortar sándwiches de miga.

Se sentaron en la mesa de siempre, la cuarta desde el tablero del fondo. Delia se cambió los zapatos agachada, con una mueca corta que quiso disimular tosiendo.

La primera tanda fue de Di Sarli. Cuatro tangos, cortina, y la pista se llenó de trajes oscuros caminando contra el sentido del reloj, sin apuro, con ese paso largo y a tierra que en el barrio llaman por su nombre y en el resto del mundo copian. Delia miraba con las manos juntas sobre el regazo. Enfrente, don Evaristo, setenta y tantos, de moño, levantó apenas el mentón en su dirección.

La abuela bajó los ojos hacia el mantel. Ese era el código: si no querés bailar, no mirás. Nadie se ofende, nadie pregunta. Evaristo cabeceó a otra mesa y se llevó a una señora de rojo.

—Abuela —dijo Brenda.

—Hm.

—¿Por qué le dijiste que no?

—Porque no tengo cadera. Tengo una cosa que me avisa cada tres pasos.

Brenda esperó a que terminara la segunda tanda. Había ensayado durante tres semanas en la cocina, con el celular apoyado contra el azucarero, con la abuela en la pieza durmiendo la siesta. Aprendió el abrazo de los dos lados, el de seguir y el de llevar, porque en la academia del club de la otra cuadra nadie le había preguntado qué lugar quería, y ella lo había elegido sola. No era el que se esperaba. En la milonga tradicional, ya lo sabía, eso se miraba. Se miraba mucho.

Sonó la cortina. Un fragmento de otra música, de otro siglo, para que las parejas se despidan y se limpie el oído. Brenda se paró.

—Brenda, sentate.

—Vení.

—No hagas lío. Acá no.

—No es un lío. Es un cabeceo.

Y lo hizo. Levantó el mentón, despacio, con los ojos fijos en los de su abuela, como había visto hacer mil veces desde abajo de la mesa. Un movimiento mínimo, casi una pregunta sin palabras. Le temblaba la rodilla izquierda.

Delia no bajó los ojos. Durante cuatro compases no hizo nada. Alrededor, la pista se vaciaba, la gente volvía a las mesas, alguien apartaba una silla. Una señora de la mesa de al lado se dio vuelta. Evaristo, desde lejos, levantó la ceja.

—Mirá que yo llevo —dijo Brenda, bajito—. Si no te gusta, me decís y nos sentamos.

—Cuando yo bailaba con tu abuelo —dijo Delia— él también decía que sabía llevar.

—¿Y sabía?

—Qué va a saber. Pisaba como un caballo. —Una sonrisa le torció la boca sin permiso—. Me casé igual.

Apoyó las dos manos en la mesa y se paró. La cadera le avisó, pero esta vez ella le contestó con un gesto de la cara, de “ya sé, ya sé, aguantá un rato”. Dejó el bastón apoyado contra la silla, donde nadie lo iba a pisar.

Empezó la segunda tanda de la noche, Troilo, y la primera nota del bandoneón cayó sobre la cancha como una puerta que se abre de a poco. Brenda levantó el brazo izquierdo. Delia puso la palma adentro de la suya, seca y tibia, y el otro brazo detrás de su espalda, bien arriba, a la altura exacta donde había estado la mano de un hombre durante sesenta años.

—Despacito —dijo la abuela.

Caminaron. Primero un paso, después otro, sobre la línea blanca del área, que Brenda usó sin querer de guía. La abuela cerró los ojos. No había nada que mirar. Alrededor, el salón fingió no verlas, que es la forma más educada que tiene una milonga de prestar atención.

En el tercer tango, cuando ya iban a la par, Delia dijo en su oído, sin abrir los ojos:

—Tenés que bajar el hombro.

—¿Este?

—El otro. Así. Ahora sí.

Al final de la tanda se quedaron quietas un segundo de más, como se hace cuando uno no quiere que termine. Don Evaristo, desde su mesa, levantó la copa de soda en el aire, sin decir nada. Brenda llevó a su abuela de vuelta hasta la silla, con el brazo por la cintura, y le acercó el bastón.

—El lunes —dijo Delia, sentándose despacio— me traés los zapatos al sanatorio. Los crema.

—¿Para qué?

—Para que se vayan acostumbrando a la cama.

Se los sacó, los puso uno al lado del otro debajo de la mesa, y los miró un rato largo. Después levantó la vista hacia su nieta y, con un movimiento muy chico del mentón, le pidió la próxima.

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