Entre las dos iglesias

El desfile de las colectividades había cortado la calle Sarmiento a las diez y diez, y Armando Bouvier, setenta y seis años, ex mecánico de cosechadoras, traje azul prestado y una corbata que le apretaba como un torniquete, entendió que iba a llegar tarde a su propio casamiento.

—Quédese tranquilo, don Armando —le dijo el chico de tránsito, con el chaleco naranja y la libreta en la mano—. Es una cuadra y media. Pero por acá no pasa nadie hasta que termine la banda.

Del otro lado de la plaza se oía el bombo. Armando miró la hora en el reloj de bolsillo de su padre, que se había puesto porque Hilda decía que un novio sin reloj es un novio con apuro, y vio que faltaba cincuenta minutos. Alcanzaba. Si no se ponía nervioso, alcanzaba.

Se había criado del lado del este, donde el abuelo todavía hablaba francés con los vecinos y la misa era a las ocho. Hilda Reinhardt venía del oeste, de las casas de los alemanes, de los abuelos que cantaban en la otra iglesia y guardaban la Biblia en un cajón con paño bordado. Cuarenta y cinco años habían vivido a seis cuadras de distancia sin cruzarse más que en la panadería, el club y dos o tres velorios. Ella enviudó primero. Él, después. Un martes de lluvia se encontraron esperando el mismo turno en la cooperativa, y a Hilda se le cayó un paraguas y a Armando se le cayó la vergüenza.

Los hijos de él querían una ceremonia en el salón del club. Los de ella querían el registro civil, con diez invitados y un almuerzo en casa. Se pelearon dos meses por teléfono. Armando los dejó hablar y un domingo, tomando mate en el patio, Hilda le dijo:

—Yo me quiero casar en la plaza.

—¿En la plaza?

—Donde se casaron los primeros. Ya sé que no es la misma, ni el mismo árbol, ni los mismos tiempos. Pero me gusta pensar que está a la misma distancia de las dos iglesias. A mí no me importa de qué lado rezaste vos.

Habló con el encargado del Registro Civil, que consiguió un lugar, una mesa, un micrófono y un horario: sábado a las once, en la Plaza San Martín, justo antes de que empezara la parte del desfile con los discursos. El sábado de la Fiesta de la Agricultura. Armando se lo advirtió: iba a haber gente, ruido, tránsito cortado. Hilda dijo que mejor. Que a un casamiento le sobraba ser un poco público.

Ahora el bombo sonaba más cerca. Armando cruzó la calle Sarmiento a paso corto, sorteó a un grupo de nenas con polleras plisadas y trenzas rubias, esquivó a una señora con una bandeja de pastelitos de membrillo, y se metió por el lateral de la plaza. Ahí se frenó en seco. Una columna de gente con banderas suizas, alemanas y piamontesas ocupaba el camino de punta a punta, y detrás de la columna, la banda municipal tocaba algo que se parecía al himno de una provincia que no era la suya.

—¿Armando? ¡Armando Bouvier!

Era Teresa, la hermana de Hilda, con un ramo de flores del jardín en las manos y la cara colorada de tanto correr.

—Hilda te espera en el medio. Con el juez. Y los chicos están todos, los tuyos y los míos. Pero no se puede cruzar.

—Ya lo vi.

—¿Y qué vas a hacer?

Armando se pasó la mano por la corbata. Pensó en su abuelo, que decía que para atravesar un río había que esperar a que bajara o buscar el vado. Pensó que ese río tenía bombo y banderas.

Entonces vio a la abanderada de los suizos, una piba de dieciséis, con la cruz blanca sobre fondo rojo, y le hizo una seña. Ella lo miró con cara de no entender. Él levantó el reloj de bolsillo, lo señaló y se señaló a sí mismo. La piba miró la corbata, el traje, el ramito que le había prendido Teresa en la solapa, y sonrió. Dijo algo al oído del de atrás, el de atrás se lo pasó al siguiente, y la columna, sin dejar de caminar, abrió un hueco del tamaño de un hombre.

—Pase, señor —dijo la piba, y bajó un poco la bandera para no tocarlo.

Armando entró. Caminó con el desfile, un paso a la izquierda de los alemanes, uno a la derecha de los franceses, rozando una pollera, un acordeón, una gorra de lana. Una señora de la colectividad piamontesa le tiró un beso. Alguien empezó a aplaudir, no sabía quién, y después otro, y después todo el costado de la columna. Él caminaba con la cabeza baja y los ojos húmedos, convencido de que todo el pueblo se había puesto de acuerdo para hacerle un pasillo.

Al llegar al centro de la plaza, la banda cortó en seco. El juez, un hombre flaco con anteojos redondos, miró el reloj y levantó las cejas. Hilda estaba de pie junto a la mesa, con un vestido color crema, el pelo recogido, un broche de su madre en el cuello. No dijo nada. Lo miró entrar, arrugado y sudado y feliz, y ladeó la cabeza hacia las dos torres, una a cada lado, y le guiñó un ojo.

—Llegás justo —le dijo, bajito.

—Por la mitad de la plaza —contestó él.

El juez carraspeó, desplegó el papel y, en medio del silencio, preguntó si había alguien que tuviera algo que decir. Del desfile no se oyó ni un murmullo. Después, desde algún lugar entre las banderas, una voz de mujer gritó “¡Que vivan!”, y todas las colectividades, cada una en su idioma, repitieron lo mismo.

Armando le tomó la mano a Hilda. Estaba tibia, y tenía el tamaño exacto de la suya.

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