Dora Insaurralde armó la canasta a las cuatro de la tarde, como siempre: primero el mantel de cuadritos, después el chipá todavía tibio, después los mbejú envueltos en papel de diario. Pesaba lo mismo que en enero del año pasado y que en todos los eneros desde que Leoncio se murió. Lo único distinto era el sobre que llevaba en el bolsillo del delantal, con una entrada adentro.
Corrientes a esa hora era un horno de baldosas. Caminó las cuadras hasta Sarmiento y la avenida Patagonia con el termo bajo el brazo, tomando tereré a sorbitos para no desmayarse, y a las seis ya estaba en su lugar de siempre: la vereda de enfrente de la boletería del Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, bajo el lapacho que a esa altura del año no tenía flores sino vainas secas. Acomodó la canasta sobre un cajón de cerveza.
—¿A cuánto el chipá, doña? —preguntó el primero, un chico con una remera de la Fiesta del año pasado.
—Cinco por lo que le cueste uno en Buenos Aires —dijo ella, y el chico se rio y compró diez.
Las puertas abrían a las siete, el escenario arrancaba a las ocho. Desde las seis y media la fila le daba la vuelta a la manzana: familias con reposeras plegables, parejas de bailarines ya vestidos con la bombacha y el vestido de volados, abuelos con el sombrero de paja puesto desde casa. Todos pasaban por la canasta. Dora cobraba, daba el vuelto de memoria y miraba la puerta.
Cuarenta años mirando esa puerta. Primero con Leoncio adentro, en el palco de los músicos que esperaban su turno, porque tocaba el acordeón en un conjunto de Mburucuyá que nunca llegó al escenario grande pero que animaba cada bailanta de la zona. Después sin Leoncio, con el acordeón guardado en un estuche verde arriba del ropero. Ella escuchaba la Fiesta desde la vereda: el sonido llegaba cortado por el viento, a veces entero, a veces un pedazo de polca y después nada.
—¿Nunca entró, doña? —le había preguntado una vez una turista.
—Alguien tenía que vender —había contestado.
Lo cierto es que nunca había juntado para la entrada y la plata del día valía más que la música. Hasta este año. En diciembre, Anabela, la hija, apareció con un sobre y no quiso explicaciones. «Es para el sábado, mamá. Yo me quedo con la canasta.» Dora dijo que no. Dijo que no tres veces. A la cuarta se quedó callada, que en su casa era una forma de aceptar.
A las ocho menos diez llegó Anabela, sin aliento, con la camiseta pegada a la espalda.
—Dame eso —dijo, y le sacó la canasta de las manos como quien le quita el cuchillo a un chico—. Andá. La entrada hasta las nueve y media es la barata, pero igual no te quedes charlando.
—¿Y si me falta aire?
—Te falta aire cada vez que respirás fuerte y acá estás.
Dora se sacó el delantal, lo dobló en cuatro y se lo dio. Debajo tenía puesto el vestido celeste, el único bueno, con el que había ido al casamiento de la prima en el noventa y ocho. Se miró los zapatos. Se acomodó el pelo con las dos manos. Cruzó.
Adentro todo era más grande que el ruido que ella conocía. Las gradas subían como un anfiteatro de verdad, con el cielo todavía azul oscuro arriba y las luces ya prendidas en el escenario. Encontró un lugar en la cuarta fila, entre una familia que compartía un mate y un hombre solo con un termo. Se sentó. Le temblaban las rodillas y no era por el calor.
Cuando salió la primera pareja de baile, con las manos levantadas y los cuerpos pegados, se le fue el aire de golpe. Y cuando entró el acordeón, un acordeón de botones, el sonido le llegó entero. No cortado. No de a pedazos. Entero, redondo, desde el pecho del que tocaba hasta el último escalón.
Era la misma música. Pero estaba adentro, y adentro tenía otro peso.
—Linda, ¿no? —le dijo el hombre del termo, sin mirarla.
—Mi marido tocaba —contestó Dora—. En Mburucuyá. Nunca llegó acá.
—Ahora llegó.
No supo si el hombre lo había dicho por cortesía o porque sí. Pero le quedó la frase como una piedra tibia en la mano.
Pasaron los números, un conjunto, una cantante, una pareja que bailó una pieza que parecía caminar sobre el agua. Dora aplaudió hasta que se le enrojecieron las palmas. A las diez y diez, sin que nadie lo anunciara, el músico del acordeón alargó una nota, la sostuvo, la dejó flotar sobre las gradas.
Y desde algún lugar de la platea, alguien soltó un sapucay.
Ese grito largo y quebrado, que sube de la panza y se corta arriba, como un animal que se levanta. Dora lo había oído toda la vida: en los velorios, en las bailantas, en la cocina de su casa cuando Leoncio terminaba una chamarrita. Ella nunca lo había dado. Una mujer decente, decía su madre, no grita así. Después fue una mujer ocupada. Después una viuda con una canasta.
Se paró.
No supo bien cuándo. La familia de al lado la miró, el hombre del termo no. Dora respiró hondo, hasta donde le dejaba el pecho, juntó todo lo que traía de cuarenta años de vereda, de ese sonido cortado por el viento, del estuche verde arriba del ropero, y lo largó.
No le salió lindo. Se le quebró a la mitad y terminó en una tos. Pero salió, y se oyó, y alguien dos filas más abajo contestó con otro, y después otro más lejos, hasta que el anfiteatro entero fue un solo grito repartido.
Dora se sentó con las piernas flojas y los ojos mojados. Afuera, del otro lado de la pared, Anabela vendía chipá a los que llegaban tarde, y por primera vez escuchaba la música igual que su madre: entera, desde adentro de la fila.
El acordeonista bajó el fuelle. Dora se secó la cara con el dorso de la mano y se dio cuenta de que todavía sostenía la entrada, arrugada, como si alguien pudiera pedírsela de nuevo.
Leave a Reply